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Crónica

Un eclipse entre telescopios, mesas de camping, nociones de expertos y el Teide de mudo pero implacable testigo

Álvaro Morales

12 de agosto de 2026 21:25 h (Hora canaria)

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Lejos de lo que se advertía en la convocatoria a los medios, subir a Las Cañadas del Teide en la tarde de ayer, al menos entre las 16.00 y 17.00 horas y desde La Orotava, resultó mucho más cómodo que otros muchos días de agosto, y más con la noche de estrellas fugaces (perseidas) que suelen atraer a tanta gente. Quizás porque se avisó de accesos restringidos o porque la gente optó por las zonas costeras del área metropolitana o el Sur de Tenerife, lo cierto es que a esas horas no había casi tráfico ni subiendo ni bajando, aunque sí ejemplares de esa plaga que llaman safaris de quads y otros jeeps que se han ido haciendo poco a poco con el Parque Nacional.

El Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) había invitado a los medios para seguir el histórico eclipse, por mucho que fuese sólo del 70%, en el observatorio de Izaña y, por supuesto, numerosos periodistas, cámaras y demás se apuntaron a la oportunidad. Se avisó, eso sí, de rigurosos controles, pero estos brillaron por su ausencia (al menos hasta las 17:00 horas), aunque el personal del Parque Nacional de Las Cañadas sí se apostó desde ese momento en el enlace que lleva a los numerosos telescopios y al resto de instalaciones del IAC. Un poco más tarde, sobre las 17:40, la Policía Canaria ya controlaba uno de los accesos con barrera desde La Esperanza.

Subir poco antes desde el Valle de La Orotava mezclaba las sensaciones: la depresión de la omnipresente Panza Burro, con unas densas y oscuras nubes más altas de lo habitual, y la brillante esperanza de saber que, al poco, en unos metros más arriba, se abriría el inmenso azul.

Los pinceles de colores con las nubes disipadas se multiplicaron a la altura del nuevo mirador de La Palma, donde el montebajo plantado por el Cabildo comienza a reemplazar al pino insigne del franquismo quemado en 2023 (incendio sin precedentes en La Orotava). Desde la rosa de piedra y El Caminero, el placentero y potente sol driblaba las sombras de los pinos canarios que, ya en su tercer año de resurrección, visten el negro dejado por las llamas en sus inmortales troncos de un verde esperanza potente, intenso y aliviador.

Por supuesto, en los claros se impone al fondo el Teide, como siempre: majestuoso, imponente, aplacador de palabras, pero el ascenso parecía el de cualquier otro día. Es más, el de una jornada floja, sin nieve, en la que no se sabe si habrá seguro de sol (esa canción tan casposa como mentirosa, al menos respecto al Norte de Tenerife). Un día sin acontecimientos, y mucho menos unas perseidas siempre deseadas o, ni mucho menos, un eclipse por el que esperar otros varios decenios.

Unos con crema solar y otros, a cuero vivo

Nadie; en los laterales no paraba casi nadie a esa hora, salvo algún guiri atrevido que saltaba la valla de la carretera hacia el monte-abismo, alguna guagua turística que bajaba al Valle, o coches que querían dar la vuelta. Ni siquiera en El Portillo había ambiente especial de día distinto: ni un control, ni aglomeraciones… Nada. Sólo en los miradores de la carretera que lleva al IAC y La Esperanza ya se veían a algunos curiosos aparcados y preparando sus pertrechos para la tarde y la noche: alguna furgoneta camperizada, pero muchos más vehículos normales con, eso sí, sus ocupantes sentaditos en sillas de camping, con su correspondiente mesita y algo de comer y beber.

Evidentemente, estas personas llevaban gafas especiales para el eclipse, algunas cámaras fotográficas potentes o preparadas para el ratito estelar, parasoles y hasta crema solar, pues el sol rascaba considerablemente, aunque otros lo desafiaban y hasta verbalizaban su hazaña. Había muchos grupos de jóvenes entre los coches aparcados y otros con familias casi completas, desde la abuela a niños inquietos y muy expectantes, más bien nerviosos.

Ya en el IAC, los periodistas fueron creciendo en número mientras se acercaba la hora esperada y se conocían noticias como que se desaconseja el baño en parte de Playa Jardín tras el gesto Palomares de hace una semana del alcalde y el primer teniente de alcalde, lo que fue comentado por algunos con el Teide al fondo, con naturaleza bastante limpia en este caso, por supuesto. Nada que ver; gran contraste.

Algunos periodistas tenían contactos en Holanda, donde vivieron el éxtasis mucho antes y les pasaban fotos en modo spoiler. El IAC entregó dípticos en forma de eclipse con nociones básicas sobre lo que se iba a contemplar al poco, con los primeros besos de la Luna al Sol, el momento de máxima simbiosis, el declive del roce y la separación, entre la tristeza de la pérdida y la luz completa recuperada. Eso sí, en esta privilegiada ocasión, con el Teide de testigo… Y qué testigo…

Aunque uno no se hallaba precisamente solo, sino junto a compañeros de labores y enormes moles blancas cuan gigantes quijotescos mirando al Cielo, el inigualable marco ensimismaba; imponía, te transportaba al infinito y hasta te invadía el existencialismo prosaico, pero es que ese infinito mar de nubes que invita a saltar, volar y dormirse en él; esas montañas que se pliegan en reverencia a Echeyde, ese silencio, ese azul diáfano, el pinar de mil vidas y la selección cromática de marrones, grises y negros volcánicos aplacan, achican, te hacen rendirte. Te hacen sentirte casi nada.

Sí, lo de la temperatura del Sol y la Luna, lo de la visibilidad, los campos magnéticos, el viento y corona solar o los tonos del Cielo que exponía el folleto era ultra interesante, así como algún comentario en alto de gente que sabía, pero disfrutar de este ratito en este escenario no tiene precio y te lleva a pensar qué hacían los guanches si, sin poder predecir nada ni entender qué ocurría y por qué, les tocaba algo así pastoreando junto a un Echeyde apocado o en cualquier otro sitio de aquellas islas vírgenes. Qué envidia, al menos en eso.

De la gastada metáfora del beso a lo más profundo del Nietzsche de la tragedia

Y llegó el momento: sobre las 19:01 se volvieron a rozar el astro rey y el satélite terrestre. Así dicho, suena hasta torpe y plano, pero la belleza del instante se perpetúa en la memoria. Los segundos y minutos posteriores, con ese oscuro ganado a Apolo nos devuelve a lo profundo, a Dyonisos, al Nietzsche primigenio, al de la tragedia, al de la noche y los instintos… por más que al lado las sensaciones, comentarios y explicaciones difieran por completo.

Por instantes, el sol parecía el comecocos absorbiendo lo negro. Al poco, la mente se invertía y era la oscuridad la vencedora, la que penetraba en aquel queso amarillo, atemperado y difuminado por las siempre imprescindibles gafas para la ocasión. Su avance era lento. A las 19:12, el juego de claroscuros parecía no tener vencedor. Aunque el sol imperaba, esa intrusa Luna mordía implacable de derecha a izquierda, aunque sigilosa, tranquila, a su ritmo… Sí, la metáfora gastada del beso ya se atragantaba; era el rato de la posesión hasta el culmen, hasta ese 70% máximo que se vería desde estas cacarrutas del Atlántico junto a la enorme África. Eso sí, en qué lugar, con qué pico observándolo todo: sin duda, el más experimentado de los presentes, el que más eclipses ha vivido con su lava durmiente en lo profundo (quizás no tan durmiente, dados los últimos suspiros).

A las 19:20, el eclipse ya era digno de foto a perpetuar y así se comentó en el IAC. La mayoría de periodistas, divididos en dos grupos, permanecían inmóviles escribiendo o preparando entrevistas, mientras otros iban y volvían o cambiaban de ubicación para captar imágenes diversas, si bien gran parte usaban trípodes. Sobre las 19:37, el Sol parecía Luna arábiga y algunos en el IAC hablaban como ya acostumbrados al espectáculo, mientras otros conectaban en directo y muchos seguían extasiándose, realmente eclipsados por tamaña belleza.

La conversión de la estrella en satélite menguante por unos momentos, como si iluminase los desiertos de África bajo las banderas árabes, dio paso a ese momento culmen del 70%, sobre las 19:55, cuando lo negro lunar pareció que bajaba la cumbre, que había coronado el puerto y tocaba ahora el peligroso descenso de cualquier carrera ciclista. Carrera, por supuesto, con un puerto más que especial en este escenario.

Desde entonces, el espectáculo siguió igual, pero con luces decrecientes, con una Luna que parecía ya montarse sobre el sol, como sentada, balanceándose, descansando en su caída. La silueta arábiga cambiaba de poniente, pero lucía tan impactante y poética como antes. Incluso más. Un ocaso esplendoroso, hasta con comentarios jocosos, como el que aludió al plátano de Canarias, oscurecido antes por el chascarrillo fascistoide del que prefería posar Cara al Sol. En fin… Una Luna y un Sol (según los tiempos) hechos plátanos y el fascismo rampante (e iliberal, por otros comentarios…) que parece que últimamente ya no falta. Esto daba para casi todo…

A las 19.57 ya se notaba más frío, y no sólo por el efecto oscuro del momento histórico, sino porque la noche de las perseidas se preparaba tras el telón. Y qué telón… Ya saben: el Teide marcador. Como en un balancín, la Luna se recostaba y comenzaba su desapego. Su separación fue igual de lenta, serena, como experimentada. Las sensaciones, igual de múltiples. Y así hasta la independencia total. A las 20:21, parecía escaparse por la ventana superior izquierda, pero aún quedaba. El sol se liberaba o ya la echaba casi de menos. A las 20:45, y cuando se acercaba la puesta solar en el mar de nubes, dejaba definitivamente la casa solar (el sol volvía a ser completo y Naciente, como inmortalizaron The Animals, aunque la canción anónima data de 1933). Seguía así su perpetua ruta, su vida en elipse, su vuelta y revuelta sobre la vieja Tierra hasta un nuevo reencuentro con la estrella de las estrellas en esta galaxia perdida, hasta volver a los medios de comunicación por ratitos como éste, aunque si es al lado del Teide, en este paisaje y esta tranquilidad, mejor que mejor. Es más, mejor imposible, con permiso de Nicholson.