La cómica y ácida voz interior de Meryem El Mehdati da el salto al teatro con Supersaurio
En lo que dura el trayecto en guagua desde la turística localidad de Puerto Rico hasta Las Palmas de Gran Canaria, Meryem habla consigo misma, frustrada por tener que pagar tanto tiempo y dinero por un billete de ida y otro de vuelta para hacer una entrevista para un trabajo en prácticas que no quiere, que no tiene nada que ver con lo que estudió y donde odiará a casi todos.
A partir de ese momento, su voz interior comienza a mutar y acaba por convertirse en un monólogo lleno de bromas ácidas y críticas al mercado laboral, el modelo económico y el día a día en las Islas Canarias, uno donde emerge “Supersaurio”, el supermercado que dará a la protagonista la oportunidad laboral de convertirse en todo aquello que detesta.
El Teatro Leal de La Laguna acogió el pasado viernes la obra que da vida a la historia creada por la escritora canaria Meryem El Mehdati (1991), quien escapa de las limitaciones de su propia experiencia y recopila las preocupaciones de sus amigos en la eterna lucha por buscar un futuro en el archipiélago a pesar de haber nacido en una de sus zonas más turísticas.
Durante esta aventura corporativa, que cobra vida gracias a la actuación de la cómica y actriz Delia Santana, la protagonista se ve envuelta en un escenario sencillo, rodeada de estanterías, cajas registradoras y productos de supermercado, donde existe una clara diferencia entre los que trabajan cara al público, casi todos canarios y precarios, y los que lo hacen en la oficina en la planta superior, casi todos peninsulares.
Y es ahí donde comienzan los problemas, con una compañera que le hace la vida imposible y a la que sueña con poder “plantarle la mosca”, mientras se ve arrastrada a salir a tomarse algo con sus compañeros en el “after work”, a pesar de que no bebe ni fuma ni quiere estar ahí porque la última guagua hasta Puerto Rico sale a las nueve de la noche.
Durante los meses que duran las prácticas, Meryem aprende que sus compañeros ya se han comprado varias casas y planean grandes vacaciones, mientras celebran que el recorte de plantilla que hará la empresa no les afecta a ellos, pero sí a los últimos de la cadena de mando, los mismos a los que les duelen las muñecas y las articulaciones después de cada jornada.
Poco a poco la rabia se va apoderando de ella, mientras describe cómo todos son incapaces de aprenderse su nombre o de entender por qué vive tan lejos, cuando podría alquilarse una casa en la capital para la que no gana suficiente dinero.
Una realidad que comienza a cambiar cuando conoce a otro empleado mayor que ella en las oficinas de Supersaurio, del que acaba por enamorarse y con el que comparte sus confidencias, hasta que un día llega su peor pesadilla: la oportunidad de ser contratada y convertirse en una trabajadora más del engranaje que durante meses juró destruir.
Entre debates internos y números musicales, Meryem choca de frente con sus contradicciones y acaba por aceptar el puesto cuando escucha el salario anual que recibirá, uno que le permitirá alquilar un apartamento en Las Palmas y restregarle a su tutora de las prácticas en la empresa su éxito.
Sin embargo, el precio a pagar cada vez es más alto cuando el compañero por el que siente algo abandona su puesto y cambia de trabajo, los días se van solapando entre sí y ya solo tiene tiempo para trabajar, cenar, limpiar y volver a trabajar.
Finalmente, la protagonista ve cómo “el sistema ha ganado”, cómo ella misma ha cambiado y su frustración se torna en “disciplina burguesa”, la que le permite después de tres años en el supermercado inventarse que tiene un catarro para no ir a la cena de empresa y elegir a la que será su becaria en los próximos meses, una chica más joven que ella a la que sabe que no le cae bien desde que la mira por primera vez.