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CINE

‘El amor que permanece’, cine para mancharse

21 de agosto de 2026 12:36 h (Hora canaria)

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Cada vez que leo o escucho que un proyecto de película destaca su propuesta sensorial, me entra urticaria. Me suena a no-tengo-nada-que-contar-pero-confíen-en-mí-porque-tengo-una-visión-personal-muy-poderosa-y-ésta-va-a-ser-una-gran-experiencia-emocional-para-ustedes. Me suena a humo y a vacuidad. No digo que las películas no puedan trascender de lo meramente narrativo, de hecho espero que lo trasciendan, eso es lo que hace grandes a las grandes películas; el problema está en vender la experiencia a priori: resulta pretencioso. El cineasta ha de hacer su trabajo, sin más ínfulas. El cineasta no es un vendedor de perfumes. Es el espectador el que debe decirse a sí mismo qué ha percibido en función de su experiencia. Dicho lo cual, las películas cuyo único propósito es articular una trama entretenida, emocionante e intensa, están destinadas a morir en la memoria, por muchos valores técnicos, narrativos o artesanales que tengan. Así que sí, experiencias sensoriales y emocionales sean bienvenidas, siempre que no me avises de ello. Porque si me avisas, sospecharé.

Ástin sem eftir er o, en español, El amor que permanece (todo hay que traducirlo, si es que no sabéis ni islandés, así no se puede) podría ser un buen ejemplo de película que apela a la experiencia sensorial de un modo muy auténtico, pues nos coloca en un lugar donde casi podemos tocar la hierba, sentir el gélido invierno a la intemperie, palpar el mullido cuerpo de las setas, mancharnos las manos de arándanos y embarrarnos de tierra removida por gallos y gallinas. Y sin necesidad de tres-d ni de ser visionada en uno de esos cines con trucos sensoriales. No se explaya en largos planos con violines de banda sonora ni usa esos relamidos primeros planos de manos tocando hojas de plantas con desenfoque del fondo, tan propios de videoclips presuntuosos. Consigue de un modo auténtico que nos coloquemos en el lugar de lo terrenal, de lo primitivo, porque es una película auténtica. Y lo auténtico, lo honesto, se consigue plasmar si se parte de una actitud auténtica, sin trucos de prestidigitador barato.

El director y guionista, Hlynur Pálmason, no sólo parece querer plasmar el origen, la raíz, lo primigenio, sino que para lograrlo decide captarlo mediante métodos primigenios, rodando en 35 milímetros y en formato 4/3 (cuatro tercios), ocupándose él mismo de la cámara como también director de fotografía (este formato ocupa el centro de la pantalla, pero vemos todo lo que rodó, no nos roba película, sólo nos sobra pantalla, no como los directores que les roban película a aquellos que no puedan acceder a una sala IMAX, pero en fin, sigamos con lo que estábamos por fuera de este paréntesis).

El amor que permanece, ¿es sólo una película sensorial, que nos conduce a un viaje a la tierra de donde venimos y de la que nos hemos despegado? No. La película tiene trama. Tiene personajes complejos y fascinantes. Tiene diálogos muy divertidos. Nos habla de nuestras complejas relaciones como adultos y nuestras relaciones con los niños y con los adolescentes. Personajes perdidos, un poco fracasados, nada brillantes, que hacen lo que pueden del mejor modo que conocen. Sin poner el acento en el tono, la película es una tragicomedia (¿puede haber un género mejor?) y no un melodrama (¿puede haber un género más complicado de ejecutar con dignidad?) con elementos surrealistas u oníricos (si es que éstos no son en esencia lo mismo) que dan lugar a una película genuina, divertida, profunda y libre.

Una película que transmite la esencia de la vida: que el drama y la comedia van de la mano, que son dos caras de la misma moneda y que forman una unidad indisoluble, que una no puede existir sin la otra. Esto me lo sugiere la escena de la conversación en el coche entre hija y padre acerca de lo que le ocurrió a uno de los gallos de la familia. Una escena que es pura tragicomedia y que podría servir, a juicio del que esto escribe, para resumir la esencia de esta estupenda película que les recomiendo vivamente.