Cine
La luz que revela a los monstruos
En tiempos como los actuales, en los que el consumo de obras audiovisuales es principalmente el de piezas muy cortas, dinámicas, donde predomina el montaje efectista y todo lo que puede hacer la post-producción, no parece una necedad opinar que el cine, el verdadero cine, es otra cosa. Son dos mundos diferentes aunque compartan herramientas, como la cámara, con la que ambos cuentan historias. Para ilustrar la diferencia -diría que generacional-, que hay entre unos hacedores y otros, déjenme contar que hace poco un joven muy talentoso con la técnica, diestro en la fotografía y la edición instagrameables, me dijo que él no puede perder el tiempo viendo películas. Perder el tiempo. No lo juzgo. Cada uno hace con su vida lo que quiera, pero eso significa que su dominio de las lentes y los software de edición no lo convertirán en un cineasta. Quizá no le importe y en tal caso, hace bien. Cada uno a lo suyo.
Fernando Franco, que ha dirigido la película La luz, no tiene un especial interés en hacer ningún juego que nos deslumbre con la cámara, simplemente la pone al servicio de la historia y de los personajes, eliminando así todo el ruido superfluo que puede alejarnos del centro neurálgico de lo que nos quiere transmitir.
Su mayor virtud en esta película es, en mi opinión, la dirección de actores, que es una de las funciones del cineasta que fácilmente olvidamos y que más difícilmente valorable es, dado que uno, al ver una película, nunca puede asegurar si el trabajo de un actor es el resultado de su propia intuición o si ha habido una guía marcada por el director en la que ha colaborado el intérprete. Una pista sobre las virtudes como director de actores de un cineasta es el hecho de que todos los intérpretes de una película estén a un gran nivel y que desprendan autenticidad; eso hace sospechar que el director no sólo está pendiente de la cámara.
El personaje de Monsalve, el cura que interpreta Alberto San Juan, es un personaje complejo que requería de una interpretación que transmitiera su mundo interior. Sus sombras, su hipocresía, su lucha interna y, a partir de un determinado momento de la historia, su luz. Puede que sea el trabajo más difícil al que se haya enfrentado San Juan y lo ha sacado con nota. Todos los actores, en una película eminentemente de personajes, están fantásticos pero cabría destacar, a mi juicio, el trabajo de otro titán de la interpretación, Luis Callejo, que hace de un periodista que investiga casos de pederastia en el seno de la iglesia. No es ninguna novedad que Callejo lo haga bien, porque Callejo siempre lo hace bien. Callejo no hace de. Callejo es el personaje. Consigue, como sólo lo pueden conseguir los grandes, que te olvides del actor, del artificio. Y eso no es sólo fruto del trabajo ni del talento. Es la consecuencia del amor por el oficio.
Si algo echo de menos en esta película de Fernando Franco es una dimensión más mística. Cuando se trata sobre temas religiosos o espirituales o cuando éstos forman parte inherente del personaje central, espero que el asunto espiritual se manifieste de un modo más transversal y menos puntual, como es éste el caso. Pero es sólo un anhelo personal, el de alguien que esperaba ver un toque a lo Bergman o a lo Malick, o a lo Scorsese en Silencio, por poner algunos ejemplos. Franco decidió prescindir de esa dimensión de un modo general y ubicarla sólo donde consideró que la historia lo necesitaba. Es una elección, una decisión que pulía la película, la austerizaba, pero qué quieren, yo había visto el tráiler con esa canción del Niño de Elche que le aportaba hondura espiritual, misterio, un magnetismo místico que envolvía las imágenes y nos conducía a un terreno más elevado. Lamentablemente para mí, la canción El prefacio a la malagueña de El Mellizo sólo se escucha durante los créditos finales. Supongo que es sólo una cuestión de expectativas.
Porque Franco sabía la película que estaba haciendo, no pretendía ser Bergman. Era yo el que quería que lo fuese, el que deseaba percibir un misterio propio de las alturas. Él se quería centrar en la tierra, aquí, en el suelo, donde los curas abyectos abusan de los niños. Pero, como buen cineasta, lo hizo sin condenar a su personaje, dándole la posibilidad de redención. La posibilidad. Porque finalmente, parece decirnos el director, y no quiero hacer espóiler, cuidado con condenar a quien es evidente que ha pecado, porque puede que tú también te conviertas en un monstruo. Quizá La luz no sea una película mística pero quizá, sólo quizá, sea más cristiana de lo que parece. Y no quiero hacer espóiler.