CINE
‘La Grazia’, de Sorrentino: la obra de un esteta que se toma la vida en serio
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Comienzo con una contradicción inherente al hecho de escribir sobre una película diciendo que cada vez creo menos en la necesidad de explicar, o de explicarse a uno mismo, las películas a través de las palabras. El discurso organizado mediante ellas nunca logra comunicar de un modo absoluto la experiencia personal ante una obra. Y, aunque se acerque, ¿para qué hacerlo? Por una necesidad de comunicar, quizá; por una necesidad de autoafirmación, por querer formar parte de una comunidad; por tantas razones posibles. Hay películas más fáciles de analizar que otras, cuyas virtudes y defectos son más fácilmente reconocibles, disponga o no uno de la habilidad para comunicarlo con claridad. Pero hay películas que transitan por un terreno menos aprehensible mediante el lenguaje, películas hechas para ser experimentadas de un modo personal, que es lo que creo que ocurre con el cine de Sorrentino.
Creo que uno debe suspender parcialmente su juicio racional como espectador al contemplar una película como La Grazia, como ya ocurría con La gran belleza o con Parthenope, y lo digo con total convicción, por si se piensa al leerme que trato de esquivar un análisis en profundidad. Creo que en La Grazia el director ha emprendido un camino que, si bien parte de una estructura convencional, con un claro arco dramático y ubicada dentro de ese enorme paraguas que podríamos llamar el cine narrativo e industrial, se permite sin embargo el “capricho” de volar más allá de lo meramente dramático en términos narrativos, con el objetivo de generar una experiencia espiritual y estética que sólo el gran cine puede lograr. Y lo hace, además, con sentido del humor, sin arrogancia ni pretenciosidad. Véase la escena, por ejemplo, del presidente de Portugal: es puro cine, no deja de hablarnos del conflicto interno del protagonista y, a la vez, es una cosa independiente, una suerte de “capricho cinematográfico”, como mencioné antes, que hace las delicias de cualquiera que disfrute de un cine alejado del algoritmo.
Las películas de Sorrentino son hermosamente imperfectas, como sólo lo puede ser una obra con verdadera ambición. Las películas grandes no pueden ser el resultado de una fórmula matemática, no son una bella modelo generada por inteligencia artificial, sino más bien una que tiene un ligero defecto en términos de armonía que hace que el conjunto resulte más sexy o más bello. Son Kate Moss o Michelle Pfeiffer. Las grandes películas son casi perfectas, no el resultado de una fórmula algebraica.
La Grazia es una película que se abre poco a poco, que se desarrolla con un ritmo de otros tiempos, condicionada tan sólo por su propia naturaleza; libre, sin el yugo de la sobre-explicación narrativa que cada vez va a más en cada vez más subproductos de mercado que acabarán por anular la sensibilidad y el criterio de los espectadores del futuro y que probablemente ya lo estén logrando con algunos del presente. El aborregamiento, por hablar claro y en términos simples. Creo además que, sin dejar de ser fiel a sí mismo, Sorrentino recorre en esta película una tendencia hacia una poética visual más libre, más onírica y menos sujeta a lo racional, más ligada al cine de Tarkovski y un poco menos, como en el caso de Parthenope, al de Fellini (me hace pensar en esto las escenas en que evoca a su esposa caminando y las relacionadas con la ingravidez -como verán, qué complicado aludir a ellas sin hacer spoiler-).
La Grazia es la obra de un esteta que se toma la vida en serio lo justo como para generar una belleza sólo producible mediante lo cinematográfico, y esto (este tomársela en serio sólo lo justo) se revela en el leitmotiv que recorre toda la historia, la duda que corroe al protagonista durante toda la película y que concluye en una divertidísima escena final que es toda una declaración de intenciones. Un epílogo que, en mi opinión, afirma que debemos tomarnos la vida con más ligereza. La ligereza de la que se nos ha hablado durante toda la historia. Una ligereza que, por tanto, tiene peso dramático. Ahí es nada. Todo tiene sentido en la película y en la vida. Y, a la vez, nada lo tiene.