Cine

'El ser querido' se deja querer

Empecemos por lo peor: pago más de ocho euros por una entrada y tardo como un tercio de película en poder entrar de verdad en la misma, gracias al espectador que me toca al lado, que decide apoyar sus dos brazos en los reposabrazos, lo cual me hace estar constreñido, incómodo. A los diez minutos, aproximadamente, decide salir de la sala. Bien. Esta es la mía: apoyo mi brazo en el reposabrazos. Cuando regresa, varios minutos después, cargado con un cartón de palomitas (cotufas, roscas), se pasa media película comiéndolas (¿qué tamaño compró?) haciendo un ruido insoportable. Por supuesto vuelve a apoyar el brazo sin importarle el roce con el mío. El tipo estima que no es suficiente con todo eso, que además también tiene que hablar con su pareja, bien alto. En algún momento pude encontrar la postura adecuada y en algún momento sus dedos rozaron el fondo del cartón vacío.

Sigamos con lo malo. Ahora sí, sobre la propia película. Es mejor empezar por lo malo para dejar una buena sensación al final, ¿no creen? Bueno, como no escucho respuesta, sigo. La escena inicial es un encuentro entre Javier Bardem y Victoria Luengo, entre padre e hija. Al parecer esta larga escena se rodó sin guion, con un método de improvisación basado en el trasfondo de los personajes. Parece que Sorogoyen suele practicar este método con los actores, pero aquí el reto era demasiado ambicioso: de resultas, una escena excesivamente larga al estar basada únicamente en ese principio. Y, quizá porque uno ya sabía que se basaba en la improvisación (o no), no termina de funcionar. A Bardem no se le nota cómodo y, aunque Luengo salva mucho mejor los muebles, tampoco se le puede pedir a una actriz que “escriba” un guion de veinte minutos sobre la marcha en directo. Es demasiado. La escena se resiente. Pero como Sorogoyen es un gran director que sabe cómo colocar la cámara y crear la atmósfera ideal y la tensión creada entre los personajes es tan latente, la escena se sigue con interés a pesar de su imperfección.

Otros dos pequeños males, a mi juicio (qué manía con poner estas justificaciones, obviamente es mi juicio): uno, no termino de entender el sentido de las escenas en blanco y negro. Es cierto que crean el clima adecuado. Y que ahondan en un determinado tono de penetración psicológica, pero no terminan de funcionar del todo, simplemente por el hecho de que no parecen responder a un criterio claro, pues no son recuerdos ni son una parcela de realidad independiente, parece más bien un capricho estético. No es un desastre, no es un error imperdonable, pero es una de esas cositas que hacen que una obra no sea redonda. Porque, maldito sea el cine que necesita de un sentido absoluto (o un sinsentido consciente, que sería otra forma de sentido). El último de los males es un poco más grave. Y éste no es un error, es simplemente (otra vez, a mi juicio) la pérdida de una gran oportunidad que habría hecho más grande a una película que ya de por sí es grande. Hablo de los espacios. El ser querido está rodada en Fuerteventura, ¿hace falta decir más? Sí: la película que está rodando el personaje de Bardem, que es un director de cine, se ambienta en el Sáhara. Vale. A esto le añadimos el conflicto central de la película que estamos viendo, el del padre y la hija. Bien, entonces, ¿por qué no aprovechar la inmensidad del paisaje majorero, esa magnífica invitación a la trascendencia que podría haberse integrado en el conflicto paterno-filial? Da la impresión, y aquí me voy a tirar un triple, de que el director – o el montador – advirtieron esta carencia a posteriori y decidieron incluir algunos planos de la isla desde el cielo, unos planos magníficos, sí, pero que están colocados de ese modo utilitario, un poco a lo colchón paisajístico de Telecinco. Con más calidad y mejor música.

Ahora vamos a lo bueno. Y lo bueno es muy muy bueno. Lo bueno es más bueno, que lo malo, malo. La película es una delicia. Sorogoyen es un maestro de las relaciones entre los personajes. Consigue crear en sus obras un clima de una veracidad tal, que conecta de un modo puro con el espectador. Porque es un cineasta que quiere sumergirse en la verdad, en las verdades que nos atormentan, sin querer revelar cuál es esa verdad, tan sólo nos coloca en el lugar del misterio que conduce a ella. Y todo mediante una poesía visual que sólo se consigue con el arte del cine y que, sin embargo, no está en las nubes del Olimpo: genera un clima poético a la par que absolutamente realista. Rueda la vida tal y como es pero desde el lugar exacto para convertir la misma en una experiencia poética. Vemos a personajes en restaurantes que reconocemos, se hablan y se comportan de un modo que reconocemos, es todo profundamente realista sin dejar de ser cinematográfico y conmovedor. Por poner un ejemplo, la que es seguramente la mejor escena de la película: el rodaje de la escena de la comida. Cuando la vean, sabrán de qué estoy hablando. Y para los que no hayan estado en un rodaje, créanme, así son los rodajes (condicionado éste, claro, por el carácter de los personajes). El director ha conseguido rodar un rodaje de un modo sorprendentemente auténtico. Al menos yo no recuerdo una película en la que se haya retratado un rodaje de un modo tan natural. Quizá me estoy dejando llevar por la emoción. Pero por algo será.

Así que hay que agradecerle a Sorogoyen por haber hecho una película preñada de verdad, comprometida con el cine y con la vida; un cine más Sidney Lumet (por el trabajo actoral y la puesta en escena) que Wim Wenders (por aquello del entorno), de acuerdo, pero no se puede ser perfecto. Quizá tampoco hace falta serlo, ¿no? Tampoco hay que obsesionarse con eso. En fin, que creo que es la mejor película del director, junto a su magnífico cortometraje Madre. Me cuesta imaginar cómo va a superar esto en el futuro. Quizá tampoco haga falta. Quizá sobreestimamos la perfección.