Carla Antonelli. La importancia de un nombre

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Carla Antonelli. La mujer volcán. Ese es el título de unas memorias que he leído y luego presentado en la Feria del libro de Santa Cruz de La Palma el pasado 27 de abril. Lo he vuelto a leer con más calma y con una buena dosis de frialdad para ser lo suficientemente objetiva y he llegado a las mismas conclusiones a las que llegué cuando lo leí por primera vez: es un gran libro; una forma diferente de contar las cosas, de hacértelas llegar de una manera transparente y rotunda. Habla Carla Antonelli y habla Marcos Dosantos en estas memorias; una perfecta concordia entre lo sucedido y lo contado. Los acontecimientos que ambos describen traspasan el papel y se clavan en tu alma; cada capítulo de este libro es por sí solo un largo poema de vida. Digo poema y digo bien porque no hay más que ver los títulos que anuncian lo que vamos a saber a través de las palabras para entender de qué va cada uno de ellos: “El camino de los parques”, “Una casa que huele a mar”, “Me bautizó la intemperie”, “Ascuas en el pecho”, etc., etc. Y así, capítulo a capítulo, nos llega una crónica de superación, de lucha constante y de supervivencia escrita con sinceridad y maestría literaria.

No solamente es una historia porque cuenta cosas, aporta datos, momentos y situaciones, sino que esas historias están envueltas en la magia de la literatura. Dice por ejemplo “…y en ese deambular con mis pupilas secas, vi un patio interior y una vivienda en alquiler… pequeña, con grietas en las tejas, sin muebles, sin calefacción, pero suficientemente barata para poder mudarme sola. Me instalé que ese verbo sirve para describir aquella basura: dormir sobre el suelo y mi bolsa de plástico con mis cuatro prendas dentro de una caja de cartón sin tapa … ese era mi panorama cuando llegué a Madrid: hambre, frío y desprecio sin ángulo alguno para romantizar la memoria”. Es importante señalar este pequeño párrafo para entender la negación de Carla Antonelli a romantizar las situaciones. Las cosas fueron como fueron, pasaron como pasaron, y en este libro se describe todo eso que pasó, que le pasó a ella, una mujer llena de fortaleza a la que muy pocas cosas le harían dar marcha atrás en su decisión de ser quien quiso ser desde siempre.

Hay en estas memorias un apartado importante y es su relación con Canarias, con su familia, con su pueblo y sus gentes; una relación que ella misma describe como “meseta agridulce”. Una relación sin grandes sobresaltos, sin avances destacables ni expectativas, características que se van poniendo de relieve a medida que avanzamos en la lectura y descubrimos que esa parte de su vida es una herida que no acaba de cerrarse. Y cada momento de esa herida está señalada en un calendario donde existen, además, otras fechas que establecen relaciones, batallas, avances y conquistas. En Carla son importantes las fechas: el golpe de Estado un 23 de febrero de 1981; el 1 de marzo de 2007 cuando España aprueba la Ley de Identidad de Género; el siete del siete del 2007 cuando la citan para recoger su documento nacional de identidad, “Carla Delgado Gómez. Mujer”; el trece de julio de dos mil veintitrés al cumplir sesenta y cuatro años y convertirse en senadora…

Son importantes en este libro las fechas, la necesidad de las fechas en el desarrollo de su personalidad y de su vida. Hay referencias a momentos de la política española resumidas de una manera magnífica: “España entera contenía el aliento. Durante unas horas se difuminaron los nombres, las voces, las pieles. Nos unió el horror, la mirada fúnebre de Adolfo Suárez, la sensación de que todo lo poco estaba a punto de desprenderse. Y entonces salió el rey Juan Carlos y dio el discurso de su vida llamando a filas. La democracia parecía resistir. Pausa dramática y una peli de piratas en color. Una mala noche la tiene cualquiera”. Ese tono ligero y poco melodramático en un momento como el narrado y otros igualmente trágicos, le da al libro un aire de levedad que hace que su lectura nos inunde poco a poco y podamos vivir su relato con la misma intensidad que si fuera la nuestra. Esa manera de verse a sí misma, de ver el mundo tanto en los momentos trágicos que sólo a ella corresponden, como en los que históricamente vivimos todos, instantes terribles algunos (los suyos y los nuestros), descritos con un tono íntimo, de conversación entre amigos, distendida y preocupada al mismo tiempo, hace que el lector agradezca esa manera de escribir, esa forma de entregarse, de desnudarse ante nosotros contando momentos, hechos duros, perturbadores incluso, que nos llegan de una manera que parece que estemos sentadas las dos en la cocina y me los esté refiriendo como si describiera la vida de alguien que ya no es ella. Las ofensas, las humillaciones y toda esa ristra de recuerdos que la hieren todavía contados sin grandes aspavientos, sin amargura, sin ningún asomo de resentimiento. Así sucede cuando narra la muerte de su padre y no pudo acudir al entierro; las conversaciones a escondidas con la madre; la vuelta a casa y tener que ocultarse para verla hasta acabar relatando la escena en que la oye decir su nombre por primera vez: “Carla, Carlota”. “Me quedé quieta. Cuarenta años después de mi exilio sin retorno. De gritos y silencios. De hijos ausentes y malabares con los pronombres. De cartas dolorosas y síndromes de Ulises. Por fin lo dijo. Por fin lo escuché de sus labios…. Mamá me había llamado por mi nombre”.

Al acabar la lectura de estas memorias de Carla Antonelli, me llegan las preguntas y las reflexiones, el deseo de nuevo de sentarme con ella en esa cocina imaginaria y bombardearla a preguntas. Una serie de preguntas que a mí me gustaría hacerle. ¿Por qué esa imagen de los lagartos que repite al principio, en medio, y al final? “Lo sabe el mar. Lo saben los lagartos”. “Los pájaros fueron lagartos antes que pájaros”. Imágenes que aparecen cuando comienza a describir su vida en el capítulo “una casa que huele a mar” en una escena donde de nuevo aparece el lagarto, incluso el capítulo comienza diciendo: “Los lagartos de Güímar me miraban con desconfianza”. En esa infancia triste llena de sufrimiento, de piedras, de insultos y de agresiones, ella serpentea. No sé si se da cuenta de que lo que está utilizando es una imagen alegórica porque es ella la que está deslizándose a lo largo de su propio testimonio como esos lagartos que miraba en la infancia; de la misma manera que es ella la que acabará emprendiendo el vuelo hacia la libertad con las alas que soñó un día.

Y seguiría preguntando: ¿Cree de verdad en la libertad de elección? ¿Cree en el ser humano y en su capacidad de integración social? Y me llega su respuesta a una pregunta crucial y la pregunta es, sencillamente, sí morirá siendo socialista, a lo que ella contesta: “Yo no voy a morir, pero siempre seré socialista y antifascista. También la hija de doña Tomasa”. Cuando le vuelven a preguntar si lo ha contado todo dice: “Claro que no, no soy una estúpida como para hacer algo así”. Y al querer saber cuáles son sus últimas palabras en estas memorias con un final abierto, añade: “Sí. Que todo mereció la pena. Y que mis cenizas regresen para siempre a las playas de Chimisay”. Esas son las respuestas que yo esperaba, y esa la verdad de Carla Antonelli: el retorno a una playa donde aprendió a reptar y a ser la niña que siempre quiso ser con un nombre propio como respuesta a sus melancolías, como final de una larga batalla por conseguirlo. Y la necesidad de escucharlo en boca de quienes aprecia, de quienes admira, de quienes ama.

Elsa López. 7 de mayo de 2024