La cebolla, el azúcar y el ron: cómo San Andrés y Sauces reinventó su economía tras el hundimiento de la cochinilla
A finales del siglo XIX, San Andrés y Sauces afrontó uno de los períodos más complejos de su historia económica. Sin embargo, la capacidad de adaptación de sus habitantes, el aprovechamiento de un recurso tan valioso como el agua y la perseverancia de generaciones de agricultores permitieron al municipio superar las dificultades.
Situado en el fértil nordeste de La Palma, San Andrés y Sauces ha sido históricamente uno de los territorios agrícolas más importantes de la isla. La riqueza de sus manantiales convirtió a este municipio en una auténtica excepción dentro de una isla donde el agua siempre fue un recurso escaso y preciado.
El auge y caída de la cochinilla
A mediados del siglo XIX, Canarias vivió un auténtico espejismo de prosperidad. La implantación del régimen de Puertos Francos en 1852 y la expansión del cultivo de las tuneras para la producción de cochinilla situaron al archipiélago en las primeras rutas comerciales internacionales.
En Los Sauces, las tuneras encontraron un entorno ideal y se extendieron por gran parte del municipio. La demanda europea del valioso colorante natural parecía garantizar un futuro prometedor. Sin embargo, aquella bonanza tuvo una vida corta. La aparición de tintes químicos sintéticos en los mercados europeos provocó el hundimiento de la cochinilla y dejó a numerosas familias sin su principal fuente de ingresos.
La gravedad de la situación quedó reflejada en el acta del pleno del 26 de agosto de 1883, donde se hace referencia a las “circunstancias críticas por la que atraviesan todos y cada uno de los habitantes de este pueblo”. La crisis afectó profundamente a la economía local y obligó a buscar nuevas alternativas productivas.
La cebolla: el cultivo que alimentó la esperanza
Ante la ausencia de sustituto inmediato para la cochinilla, San Andrés y Sauces encontró en la agricultura de regadío una salida viable. Gracias a la abundancia de agua el municipio se convirtió en una de las despensas de la isla.
Entre todos los cultivos destacó especialmente la cebolla. La escritora inglesa Olivia Stone, durante su visita a La Palma en la década de 1880, quedó sorprendida al contemplar extensiones de terreno “completamente cubiertas de cebolla”. No era una impresión exagerada: Los Sauces se había convertido en uno de los mayores productores de la isla.
La cebolla requería un aporte constante de agua, circunstancia que limitaba su cultivo en otras zonas. Esta ventaja permitió a los agricultores sauceros abastecer tanto al mercado insular como a destinos de ultramar. Desde Puerto Espíndola partían con frecuencia embarcaciones cargadas de cebolla con destino a Cuba.
Todavía en 1939, el municipio dedicaba hectáreas a este cultivo, una superficie que representaba más de la mitad de toda la extensión dedicada a cebolla en La Palma, prueba de la relevancia que mantuvo durante décadas.
El resurgimiento de la caña de azúcar
Mientras la cebolla se consolidaba como motor agrícola, la caña de azúcar volvió a ocupar un espacio relevante en la economía local. Aunque lejos del protagonismo alcanzado durante los siglos XVI y XVII, cuando el azúcar fue uno de los principales productos de exportación, el cultivo experimentó una notable recuperación a finales del siglo XIX.
Los datos de comienzos del siglo XX revelan la importancia que aún conservaba esta actividad. En 1905 existían cuatro trapiches en funcionamiento en el municipio - tres movidos por vapor y uno por fuerza animal - dedicados a la molienda de la caña y a la obtención de mieles y aguardientes. Aunque la producción no lograba cubrir toda la demanda local, sí mantenía viva una tradición agrícola e industrial profundamente arraigada en San Andrés y Sauces.
La llegada del Ron Aldea a Puerto Espíndola
La pervivencia de la caña de azúcar facilitó que, a mediados del siglo XX, una nueva etapa se abriera para la tradición ronera local. En la década de 1950, la familia Quevedo, fundadora del Ron Aldea en Gran Canaria en 1936 trasladó parte de su actividad a Puerto Espíndola, atraída por la existencia del cultivo de caña y por las instalaciones heredadas de la antigua industria azucarera del municipio.
La llegada de la empresa supuso la continuidad de una actividad que hundía sus raíces en siglos anteriores. Las antiguas dependencias dedicadas a la transformación de la caña encontraron una nueva vida bajo la gestión de la familia Quevedo, permitiendo mantener vivo un saber artesanal que corría el riesgo de desaparecer. De esta manera, San Andrés y Sauces se convirtió en el último gran refugio de la tradición cañera palmera y en el principal centro de producción de ron de la isla.
La mejor prueba de aquella perseverancia puede encontrarse hoy en Puerto Espíndola. Allí continúa funcionando un histórico trapiche que sigue extrayendo el jugo de la caña mediante procedimientos tradicionales, conservando una actividad que forma parte de la memoria económica y cultural del municipio. Más que una bebida, Ron Aldea constituye un símbolo de identidad y resistencia.
Fuentes documentales consultadas: José Antonio Batista Medina y Néstor Hernández López, ‘San Andrés y Sauces…una mirada a su pasado’; Archivo Municipal de San Andrés y Sauces; Fotografía de Puerto Espíndola, con producciones agrícolas para ser embarcadas. Año 1910. Restaurada y coloreada por Abraham T. Díaz Abreu.