Cincuenta años de la Hermandad Nuestra Señora de las Nieves de Cagua: cuando La Palma echó raíces en Venezuela

0

El pasado 5 de agosto, La Palma y Cagua volvieron a mirar hacia la misma advocación. En el Real Santuario, la imagen palmera lució el manto que recibió en Los Llanos de Aridane; en Cagua, su réplica salió en procesión con el vestido confeccionado para las bodas de oro. En ambas orillas, vestir a la Virgen es mucho más que adornarla: es una forma de ofrecer trabajo, belleza, gratitud y memoria. La conmemoración venezolana tuvo un tono inevitablemente sobrio. Tras los terremotos del 24 de junio, la Hermandad suspendió los actos festivos previstos en su programa anual e incorporó, de manera excepcional, un novenario. La misa y la procesión del día 5, en cambio, se mantuvieron. Quizá esa celebración contenida haya recordado mejor que ninguna otra qué ha sido la Virgen de las Nieves para aquella comunidad: compañía en la alegría y amparo en la dificultad.

La devoción a la Virgen de las Nieves en Venezuela no nació en el siglo XX: está documentada desde siglos atrás en territorios de la antigua Provincia de Caracas y se mantuvo también en los altares domésticos de familias canarias. En 2026 se cumplieron cincuenta años desde que esa devoción adquirió en Cagua una expresión pública y organizada. La imagen llegó a La Guaira el 22 de noviembre de 1975, de modo que el pasado otoño se cumplieron cincuenta años de su llegada a Venezuela. Debido a inconvenientes en la aduana de La Guaira, no llegó a Cagua hasta comienzos de 1976. La Hermandad se constituyó formalmente el 19 de junio de 1976 y el domingo 1 de agosto se celebraron los actos de entronización en la iglesia matriz de San José de Cagua. Aquel programa culminó el jueves 5 de agosto de 1976 con misa y procesión. En ese sentido, los cincuenta años de la Hermandad son también los cincuenta años de la Virgen de las Nieves de Cagua como centro de una amplia vida comunitaria.

El Tabloide, periódico local, conserva la escena de aquella jornada. Desde las seis de la mañana hubo repiques de campanas y fuegos artificiales; a las diez, la procesión partió del puente de entrada a Cagua y llegó a la plaza Sucre con más de mil canarios. La Rondalla Típica del Hogar Canario de Valencia ofreció música a la Virgen y después se celebró una misa solemne cantada por los Niños Cantores de Villa de Cura. El titular resumió la magnitud del acontecimiento: «Miles de canarios en fiesta religiosa».

De una estampa en el bolsillo a una imagen para todos

La historia de esa organización colectiva comienza mucho antes. Antonio Losanger Arenas Pérez salió de La Palma a bordo del Doramas. Su propio recuerdo fija las fechas: «Salimos de La Palma el 18 de julio de 1950. Llegamos a Venezuela, La Guaira, el 15 de septiembre». Llevaba una estampa de la Virgen de las Nieves en el bolsillo del pantalón y, durante aquella difícil travesía, otra representación de la Virgen permaneció en el mástil como protectora de los emigrantes. Al llegar a Venezuela, Arenas la rescató y la conservó.

Ya establecido en Cagua, su carpintería de la calle Páez con Independencia fue lugar de acogida para numerosos paisanos mientras encontraban sus propios caminos. Allí, cada 5 de agosto, fecha ajena al calendario festivo venezolano, se reunían para rezar, escuchar música, compartir comida y bebida y sentirse por unas horas más cerca de la isla. En torno a la carpintería y a la cercana calle Comercio, conocida por algunos como la «calle de los Isleños» debido a la presencia de numerosas familias canarias y de alguno que otro negocio regentado por paisanos, aquella devoción de larga historia comenzó a adquirir una nueva dimensión comunitaria.

Encendida aquella primera chispa, Andrés Pérez Rodríguez fue decisivo para convertir el anhelo en una gestión sostenida. Desde 1965 mantuvo comunicación con los rectores del Santuario de las Nieves de La Palma: primero con Andrés de las Casas Pérez, quien en 1966 autorizó la formación del Comité Pro Traída de la Imagen, integrado por Andrés Pérez, Agustín Expósito, Antonio Arenas, Nicolás Magdaleno y Sinforiano Pérez. A partir de 1970, las gestiones continuaron con Pedro Manuel Francisco de las Casas, quien culminó los trámites, bendijo la imagen el 12 de octubre de 1975 y supervisó su envío a Venezuela.

La talla fue realizada en La Orotava por el escultor y restaurador Ezequiel de León Domínguez, uno de los grandes imagineros canarios del siglo XX, y aderezada por los artistas palmeros Pedro Doramas Roque y Alberto José Fernández García. Tras su bendición en el Santuario de las Nieves de La Palma, se embarcó rumbo a La Guaira. Cuando el cajón llegó a la casa de la familia Arenas, la noticia corrió de boca en boca. A cualquier hora se acercaban personas de Cagua y de otros lugares para verla, rezarle y dejar flores, dinero o joyas. El sacerdote franciscano José Manuel Pan Lago, el recordado «Padre Pan», había sido párroco de San José de Cagua entre 1970 y 1975 y sería uno de los firmantes del acta constitutiva. Fue un colaborador esencial: ayudó a encauzar aquella devoción creciente y a trasladar la imagen a la iglesia matriz de San José, bajo la custodia de la comunidad canaria mientras se hacía posible el sueño de un templo propio.

Un santuario levantado kilómetro a kilómetro

El 10 de junio de 1976 los devotos se reunieron para constituir la Hermandad y su primera junta directiva, presidida por Antonio Arenas. Nueve días después formalizaron el acta constitutiva. El documento expresaba una visión mucho más amplia que la organización de una fiesta religiosa: establecía como objetivo principal «el culto y veneración a Nuestra Señora de las Nieves» y, al mismo tiempo, «fomentar la confraternidad de todos en torno a la institución para velar por el enaltecimiento de los valores religiosos, civiles, culturales, deportivos y sociales». La fe fue el punto de partida y la institución nació para atender la vida entera de la comunidad. La mayoría de los firmantes había nacido en La Palma y casi todos figuraban domiciliados en Cagua. Ejercían diversos oficios: había carpinteros, comerciantes, agricultores, contadores, carniceros y albañiles. Era una base social amplia, en la que estuvieron presentes desde el primer momento las mujeres, muchas de ellas amas de casa, cuya labor ha sido fundamental en el devenir de la Hermandad hasta nuestros días.

La donación de un terreno abrió la siguiente etapa. Quienes participaron en ella recuerdan una obra levantada bolívar a bolívar y kilómetro a kilómetro. Los paisanos recorrieron largas distancias para reunir fondos; organizaron rifas y tómbolas, vendieron comidas, prepararon bailes y encuentros musicales, buscaron materiales y ofrecieron jornadas de trabajo. Unos construían después de cumplir con sus oficios; otras cocinaban, cosían, vendían, llevaban las cuentas o cuidaban de la imagen. No se propusieron hacer historia: se propusieron resolver cada tarea concreta. Y fue así como la hicieron.

La secuencia de la obra puede seguirse en los documentos de la propia Hermandad y en la prensa de Cagua. Otro artículo de El Tabloide dejó constancia de la entrega de los documentos de propiedad: Inversiones Ferre C. A. donó a la Hermandad un terreno de 1.910 metros cuadrados en la urbanización Santa Rosalía para levantar el templo. Junto con la plaza de Las Nieves prevista y un parque adyacente, el entorno proyectado sumaba unos 4.000 metros cuadrados. En diciembre de 1983, el Boletín n.º 3 de la Hermandad mostró una misa celebrada en el santuario y el estado del edificio bajo una frase que condensaba el esfuerzo común: «Madre, ahí tienes tu casa, que también será la de tus hijos».

De aquel esfuerzo surgió un recinto de cerca de dos mil metros cuadrados que llegó a reunir iglesia, pérgola, escenario, cocina, vivienda para la camarera de la Virgen y oficinas. Nada apareció de una vez ni fue obra de una sola persona. Cada espacio conserva la huella de muchas manos y de muchas carreteras recorridas. En sus años de mayor convocatoria, miles de personas acudían el fin de semana cercano al 5 de agosto. Allí se abrazaban palmeros procedentes de distintos pueblos, canarios de otras islas y familias venezolanas; se preguntaban por parientes y lugares de origen, compartían la mesa, escuchaban música y volvían a reconocerse como comunidad. Cagua llegó a sentirse, por unos días, como el municipio número quince de La Palma.

La Hermandad extendió además una red de más de veinte delegaciones por Venezuela. Valencia fue la primera; después se incorporaron, entre otras, San Felipe, Nirgua, Bejuma, Coro, Punto Fijo, El Sombrero, Mérida, Quíbor, Acarigua-Araure, San Juan de los Morros y Altagracia de Orituco. Con ellas, la Virgen extendió su manto protector sobre el extenso territorio venezolano. Cada delegación movilizaba personas y recursos, mientras el santuario de Cagua seguía siendo el centro de reunión. Las cerca de dos mil fichas de miembros conservadas hasta 2018 muestran que aquel núcleo inicial, mayoritariamente palmero, supo integrar a canarios de otras islas, a cónyuges venezolanos y, con el tiempo, a nuevas generaciones nacidas en el país, muchas de ellas con un alto nivel educativo.

Durante mi trabajo de campo en Cagua comprendí que esta historia no se conserva solamente en las actas. Cuando los devotos evocan la Hermandad, rara vez empiezan por las fechas. Hablan de las comidas, de la tómbola, del bingo, de la música, de los autobuses y automóviles cargados de gente, de las horas de trabajo, de los bailes y de aquellos encuentros multitudinarios en los que se abrazaban y volvían a nombrar Garafía, Fuencaliente, El Paso, Los Llanos, Santa Cruz de La Palma, San Andrés y Sauces, Breña Alta, Mazo o Tazacorte. La Hermandad convirtió la devoción por la «morenita» en relación social y la memoria de la isla en un lugar concreto donde reunirse.

Un programa de las festividades de 2003 condensa el esquema que, con pocas variaciones, se repetía cada año: rosarios y misas; bienvenida a las delegaciones; procesiones; música, folclore canario y venezolano, lucha canaria y verbenas; comidas, dulces, tómbolas y juegos. Era un calendario religioso, festivo y comunitario.

Un aniversario sobrio, una devoción viva

Los últimos años han sido difíciles para la Hermandad. La situación venezolana, el retorno a Canarias de muchos de sus miembros y la emigración de numerosas familias redujeron la afluencia masiva de otros tiempos. Sin embargo, la continuidad no se ha roto. Devotos nacidos en Venezuela, hijos y nietos de aquellos emigrantes, junto con la población local, siguen participando en los actos anuales en torno al 5 de agosto. Este año, incluso bajo el impacto de la tragedia nacional, acudieron personas procedentes de distintos lugares, entre ellas integrantes de la delegación de Mérida. Tampoco faltaron los rosquetes, que hicieron su puntual aparición para agasajar a los presentes.

La programación religiosa del cincuentenario culminó el miércoles 5 con el rosario, la misa presidida por fray José Juan de Paz y cantada por el coro de la Hermandad, y la procesión por las principales calles de Santa Rosalía y Fundacagua. La imagen salió con un vestido de estreno elaborado con una tela enviada desde La Palma para la ocasión. Josefina Manotas, una de las dos camareras oficiales de la Virgen, se encargó de confeccionarlo. Ella y su hermana Julia Manotas, también camarera oficial, ambas originarias de Fuencaliente, contaron con la colaboración de Giovanni Pérez Conventi, nacido en Venezuela y nieto de Rosario Pérez Rodríguez, natural de Los Sauces y firmante del acta constitutiva, para engalanar a la imagen. También en este vestido puede leerse la historia de la Hermandad: materiales y memorias que cruzan el océano, manos palmeras y venezolanas, y una generación que entrega a la siguiente lo que recibió.

Nombrar es también agradecer

Una conmemoración de este carácter debe recordar a quienes dieron forma legal a la obra. Firmaron el acta constitutiva Antonio Losanger Arenas Pérez, José Pan Lago, Andrés Pérez Rodríguez, Luis Pérez Hernández, José Carballo Santos, Esteban Acosta Carballo, Hernán Hernández Hernández, Miguel Matos Matos, Esteban Rodríguez Lorenzo, Juan Fernández Penichet, Onofre Díaz Bethencourt, Ramón Acosta Ventura, Juan Pérez Rodríguez, Antonio Cecilio Mesa Méndez, Víctor Díaz García, Arturo Enrique Pérez Hernández, Teodosio Manuel González Rodríguez, Tomás Díaz García, Manuel Rodríguez Martín, Pedro Lorenzo Rodríguez, Nicolás Acosta, Manuel Guillén, Antonio Rodríguez Riverol, Manuel Martínez Rodríguez, Antonio Martín Pérez, Antonio Manotas Pérez, Antonio González, Agustín Expósito, Petra Inés Espinoza de Arenas, Graciela de Rodríguez, Marlene Rodríguez, Irma Lorenzo Martín, María Nola Torres de Hernández, Rosario Pérez Rodríguez, Jóvita González de Matos, Josefina de González, Victoria Franco de Mesa, Silvia Remigia Yepes de Díaz, Edith Amelia Pérez de Pérez, Julia de Lorenzo y Oneida Rodríguez de Pérez. Son cuarenta y un nombres que devuelven el relato colectivo a sus protagonistas concretos.

A lo largo de estas cinco décadas, asumieron la presidencia Antonio Losanger Arenas Pérez, Miguel Matos, Gerardo Hernández, Martín Pérez Hernández, Armando García, Gloria Pérez de Ferreira, María Elena Díaz Concepción, Marino Álvarez Hernández, Abel Pérez, Roberto Capote y José Luis Álvarez. A ellos, a las distintas juntas directivas y a quienes sostuvieron el trabajo diario corresponde agradecer la continuidad de las tradiciones canarias en Cagua y, de manera especial, el culto a la Virgen de las Nieves.

Algunos protagonistas de aquellos años continúan en Venezuela; otros han fallecido y otros retornaron a La Palma llevando consigo la memoria de lo construido. En sus recuerdos regresan las cocinas llenas, las mesas compartidas, el cansancio de los preparativos y la emoción de ver reunida a tanta gente. Recordarlos no es entregarse a una nostalgia inmóvil, sino reconocer una parte de la historia palmera que sucedió fuera de la isla y que también pertenece a La Palma.

La Virgen de Cagua no quedó reducida a una simple reproducción de la que permaneció en La Palma. Alrededor de ella nació una nueva comunidad y otra manera de seguir siendo palmeros en Venezuela. Estas bodas de oro pertenecen a Antonio Arenas y a Andrés Pérez, a los cuarenta y un firmantes, a quienes presidieron la institución, a quienes recorrieron kilómetros para reunir fondos, a quienes cocinaron, cosieron, levantaron paredes, vendieron boletos, tocaron música o abrieron las puertas del santuario. Pertenecen también a los retornados y a las generaciones que hoy continúan. Entre todos convirtieron la distancia en encuentro, la querencia en obra y la memoria en un lugar al que siempre se podía volver.

*Carmen Luisa Ferris Ochoa es antropóloga y doctoranda por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Este artículo se basa en su trabajo de campo en Cagua y en fuentes documentales procedentes de la Hermandad de Nuestra Señora de las Nieves de Cagua y de archivos personales y familiars facilitados por colaboradores de la investigación