La cultura en La Palma: abandono, indignación y hartazgo
Hay un momento en el que la paciencia se agota, la decepción se convierte en indignación y el silencio deja de ser una opción. Y creo que muchos de los que nos dedicamos profesionalmente a la cultura en una isla no capitalina como La Palma estamos llegando, si no hemos llegado ya, a ese punto de no retorno.
No es la primera vez que escribo sobre este asunto. Y, desgraciadamente, creo que tampoco será la última. Porque, desgraciadamente, seguimos arrastrando los mismos problemas, las mismas promesas, los mismos incumplimientos y esa desesperante sensación de que quienes deberían respaldar nuestro trabajo no terminan de comprender lo que significa levantar, consolidar y mantener vivo un proyecto cultural.
Soy de las que opina que la cultura no se sostiene con buenas palabras, fotografías institucionales ni palmaditas en la espalda. La cultura necesita compromiso, financiación, planificación, respeto y, sobre todo, que se cumpla la palabra dada.
En La Palma tenemos profesionales extraordinarios. Gestores culturales, artistas, creadores, productores, técnicos, escritores, músicos y un largo etcétera de personas que llevan años trabajando para que esta isla tenga una programación cultural digna, diversa y de calidad. Personas que han conseguido traer hasta aquí a grandes personalidades del panorama artístico y cultural de Canarias y del resto del territorio nacional. Profesionales que han construido proyectos desde cero, que han invertido tiempo, dinero, esfuerzo y hasta su propia salud para convertir una idea en una realidad consolidada.
¿Y qué reciben a cambio?
En demasiadas ocasiones, incertidumbre, dificultades administrativas, retrasos en los pagos y una preocupante falta de reconocimiento.
Así que, ¿de qué sirve consolidar un proyecto si después no se valora su trayectoria?
Resulta especialmente frustrante comprobar cómo, mientras determinados proyectos culturales con años de trayectoria tienen que justificar una y otra vez su existencia, su repercusión y su necesidad de financiación para seguir creciendo, aparecen nuevas propuestas que parecen encontrar puertas abiertas con una facilidad sorprendente.
Y quiero dejar algo muy claro: no estoy en contra de los proyectos nuevos. Todo lo contrario. La cultura necesita renovación, nuevas miradas, otros enfoques, talento emergente y oportunidades para quienes empiezan. Porque “todos” hemos comenzado alguna vez desde cero.
Pero una cosa es fomentar la creación y otra muy distinta es olvidar, relegar o desatender proyectos que ya han demostrado su capacidad organizativa, su impacto cultural, su relevancia artística y su contribución a la proyección exterior de nuestra isla.
¿Se está evaluando realmente la calidad de las propuestas? ¿Se está teniendo en cuenta su trayectoria, su repercusión, su viabilidad económica y su retorno social? ¿Existen criterios suficientemente transparentes para determinar qué proyectos reciben apoyo y cuáles quedan relegados?
Son preguntas legítimas que merecen respuestas igualmente claras.
Porque financiar cultura no debería consistir en repartir oportunidades según afinidades personales, simpatías o intereses ajenos a los méritos de cada iniciativa. La financiación pública exige criterios objetivos, transparencia y responsabilidad.
Y mucho menos en una isla donde los recursos son limitados y cada euro destinado a este sector debería contribuir a fortalecer un tejido cultural que bastante esfuerzo realiza ya para sobrevivir.
Hay otra cuestión que me indigna especialmente y que parece no terminar de entenderse desde determinados despachos.
Los gestores culturales no vivimos del aire. Las pequeñas empresas culturales también tenemos facturas que pagar y Hacienda no espera a que una institución pública tenga a bien abonar una factura.
Entonces, ¿por qué se nos exige cumplir escrupulosamente con nuestras obligaciones mientras quienes deben cumplir sus compromisos económicos pueden demorarlos durante meses?
¿Quién asume los perjuicios financieros que generan esos retrasos? ¿Quién responde por las dificultades de tesorería de una pequeña empresa que ha adelantado dinero para sacar adelante un proyecto cultural? ¿Quién compensa el desgaste profesional y personal que supone tener que reclamar una y otra vez algo que ya debería estar abonado?
Porque aquí parece que siempre somos los mismos quienes tenemos que demostrar responsabilidad. Y eso, sencillamente, no es justo.
No podemos seguir normalizando que una empresa cultural tenga que convertirse en una entidad financiera improvisada, adelantando recursos que muchas veces ni siquiera tiene, para garantizar que los compromisos institucionales se traduzcan en actividades culturales.
No somos bancos. No somos organizaciones benéficas. Somos profesionales que trabajamos y que tenemos derecho a cobrar en tiempo y forma.
Y hay algo todavía más doloroso en toda esta situación: la pérdida de oportunidades.
La Palma es una isla extraordinaria, con un patrimonio cultural, artístico y humano inmenso. Pero también es un territorio con limitaciones evidentes para quienes pretendemos desarrollar una carrera profesional vinculada a la cultura.
Y precisamente por eso, las políticas culturales deberían prestar una atención especial a quienes decidimos quedarnos.
Porque muchos podríamos marcharnos. Buscar oportunidades en otras islas, en la Península o incluso fuera de España. Algunos ya lo hacen y otros empiezan a planteárselo seriamente.
Pero ¿qué ocurre con quienes queremos seguir aquí?
Con quienes creemos que La Palma merece festivales de calidad, encuentros literarios, producciones audiovisuales, propuestas artísticas innovadoras y acontecimientos capaces de atraer talento y proyectar nuestra identidad más allá del océano.
¿Tenemos que abandonar nuestra isla para que se reconozca nuestro trabajo? ¿Tenemos que recibir premios y reconocimientos fuera para que aquí se empiece a valorar nuestra trayectoria?
Personalmente, después de más de veinte años vinculada al ámbito cultural, artístico y de la comunicación, y tras haber recibido recientemente un reconocimiento internacional por mi trayectoria profesional, sigo encontrándome con obstáculos que me hacen cuestionar seriamente cómo estamos gestionando y valorando la cultura en nuestra propia isla.
Y no lo digo desde la vanidad ni desde la necesidad de reconocimiento personal. Lo digo desde la experiencia, desde el conocimiento del sector y desde la frustración de comprobar que el esfuerzo, la profesionalidad y los resultados no siempre se traducen en un respaldo proporcional.
Desde mi posición, no quiero privilegios, quiero respeto y oportunidades reales, y esta sensación, les seguro que la compartimos muchos profesionales que desarrollamos nuestra actividad en este lugar en que hemos decidido quedarnos. Porque La Palma, lo crean o no, tiene potencial, pero lamentablemente, la gestión no está siendo la adecuada.
Lo que no podemos aceptar es que la cultura se gestione desde la improvisación, la falta de planificación o la ausencia de compromisos claros.
Necesitamos convocatorias transparentes, calendarios de financiación previsibles, resoluciones ágiles, compromisos económicos por escrito y mecanismos que garanticen que las pequeñas empresas no tengan que soportar retrasos que comprometan su supervivencia. Necesitamos políticas culturales que entiendan que detrás de cada proyecto hay personas.
No nos olvidemos que la cultura también es economía, es industria y también es empleo. Y, sobre todo, es un derecho colectivo que merece ser protegido.
Y lo confieso, estoy cansada. Estoy indignada. Porque existe un enorme esfuerzo detrás de cada proyecto, porque estoy cansada de justificar constantemente la importancia de nuestro trabajo, de las mismas reivindicaciones pero, sobre todo estoy hartísima de las promesas que no se materializan, de los compromisos que se diluyen y de la sensación de que la cultura sigue ocupando un lugar secundario en determinadas prioridades institucionales.
Resulta profundamente decepcionante que quienes trabajamos para enriquecer la vida cultural de nuestra isla tengamos que dedicar tantas energías a reclamar cuestiones que deberían estar garantizadas desde el principio.
Tal vez, haya llegado el momento de dejar de expresar este malestar únicamente a través de artículos, reuniones o conversaciones privadas.
Quizá haya llegado el momento de organizarnos, de unirnos y de plantear movilizaciones públicas y pacíficas para exigir que nuestras reivindicaciones sean escuchadas. Porque les aseguro que este problema no es individual. Es colectivo.
Y mientras sigamos afrontándolo cada uno por nuestra cuenta, difícilmente conseguiremos transformar una realidad que afecta al conjunto del sector.
Porque, señores, respaldar la cultura no consiste únicamente en aparecer en un cartel como entidad colaboradora. Consiste en asumir responsabilidades y cumplir compromisos. No podemos continuar trabajando desde esta incertidumbre permanente.
La cultura no se mendiga. Se trabaja, se respeta y se paga. Y ya va siendo hora de que algunos lo entiendan.