Indianos: canarios de vuelta
Según el Diccionario Básico de Canarismos la palabra “indiano” hace referencia al emigrante canario que vuelve de América. No se hace alusión a que haya retornado rico a su tierra tal como se festeja en La Palma el lunes de Carnaval y como aparece definido en otras fuentes. Sí, muchos regresaron con cajas de tea, baúles y maletas llenas. Otros, simplemente volvieron con algo en los bolsillos. Canarias siempre ha sido tierra de migrantes. Al principio del siglo XX, a Cuba; a mediados, a Venezuela. También a otros lugares, pero menos.
Un tío abuelo de mi madre, Cándido Piñero, emigró a Cuba y pudo regresar y levantar la casa en la que yo misma nací y fue mi hogar durante más de veinte años. Mi abuelo, Juan Abreu, también se fue a La Habana y allí se quedaron algunos de sus hermanos. Mi otro abuelo Anastasio Francisco y cuatro de sus hijos, incluido mi padre, Isidro Francisco, emigraron a Venezuela en los años sesenta. Mi abuelo y mi padre regresaron pronto y con poco. Los otros tíos se quedaron y tuvieron suerte desigual. De pequeña, cuando escuchaba que teníamos familia en el otro continente, imaginaba que algún día regresarían cargados de regalos y ataviados con guayaberas blancas los señores, y faldas de volantes, encajes y sombreros, las señoras. Y que iríamos todos, muy contentos, a recibirlos al muelle de Santa Cruz de La Palma y desde allí, saldríamos en un desfile de coches hacia el norte de la isla, pero esto nunca ocurrió. Los que volvieron lo hicieron sin ruido y con escaso equipaje.
Y cuando leí los cuatro primeros versos de “La maleta” de Pedro Lezcano, entendí que la historia de mi familia es la historia de casi todos los canarios.
Ya tengo la maleta,
una maleta grande, de madera:
la que mi abuelo se llevó a La Habana,
mi padre a Venezuela.
En este primer tercio del siglo XXI la realidad es bien distinta. Estamos asistiendo a un escenario mundial muy convulso. Hay conflictos bélicos enconados que casi se olvidan y ya no nos quitan el sueño. Hay líderes que ejercen su poder por la fuerza. Hay pueblos que desconocen cuál será el ancla que los arraigue. Hay venezolanos que sueñan con volver a su país después de los últimos acontecimientos.
En nuestras islas, la situación es la misma desde hace décadas y tal vez el panorama actual no cambie la tendencia. Aquí son otros los migrantes. Cubanos y venezolanos vienen a nuestras islas huyendo de la incertidumbre política y del hambre. Algunos, tienen orígenes españoles, otros no. ¿No son los mismos motivos que llevaron a los nuestros a emigrar hace décadas? ¿Por qué lo vemos de diferente manera?
Y están también los africanos. ¿Por qué acogemos con tantas reticencias a esos niños que llegan a nuestras costas jugándose la vida? Sí, es cierto. La emigración en patera es diferente y mucho más compleja, pero son personas como nosotros.
En mi instituto, doy apoyo idiomático a un grupo de migrantes entre 13 y 16 años. Se me encoge el corazón cada vez que me hablan de su familia, de lo que hacían en su país, de los días (entre 7 y 9) que estuvieron en los cayucos, de sus expectativas de futuro. Y cuando veo sus ojos llorosos, pienso en mi hijo Pablo. Recuerdo su bondad y su capacidad para entender que todos somos iguales vengamos de donde vengamos. Y da igual el color de nuestra piel. Tal vez su visión de la vida se forjó en su colegio, donde convivían alumnos de distintas culturas y nacionalidades, y en casa. Le gustaba investigar sobre sus antepasados. Su abuelo paterno, Saturnino Paz, también emigró a Venezuela y él escuchaba atento sus historias. Pablo entendía lo que suponía emigrar para lograr una mejor vida. Nadie abandona su tierra por gusto. A la pregunta de qué quería ser de mayor decía: “Aventurero”. Soñaba con viajar por el mundo buscando aventuras y cultivando aprendizajes. Ya de adolescente, deseaba hacer un Erasmus en alguna ciudad europea. “Y quizás, me quede a vivir allí. Muchos profesionales están buscando trabajo fuera de España”, me decía.
Todos somos hijos de migrantes. Todos somos indianos buscándonos la vida.
Se viaja por placer, pero se emigra por necesidad.
Respetemos el derecho que todo ser humano tiene de encontrar su lugar en el mundo.