Más libros, menos pantallas
Es sábado o domingo. El día ha amanecido con calor y algo de calima. Decido salir a pasear. Mi gato se postula como acompañante y se dirige hacia la puerta. Le tengo que explicar que sí, que es mi mascota, pero no puede venirse conmigo. Me mira con la misma indiferencia de siempre y se echa en el suelo. Creo que en este momento odia un poquito más a Tana, la perrita de la vecina.
Bajo el último peldaño y comienzo a sentir algo extraño en el ambiente. No sé lo que es, pero me agrada. Al llegar a la parada de guaguas, me fijo en unos muchachos que conversan animadamente y me dan los buenos días. La guagua no tarda mucho. Subo y observo al resto de viajeros que leen, hablan o miran ensimismados, a través de los ventanales, el paisaje lejano como si de un diorama se tratara.
“¿Qué está pasando?”, me pregunto y no doy con la respuesta. Desciendo al alcanzar la avenida principal y sigo sin ser capaz de darme cuenta de lo que realmente ocurre a mi alrededor. Me quedo inmóvil. Veo alejarse el transporte y consigo leer, con mis gafas de sol graduadas, un cartel pegado en la parte de atrás: Manos libres de móviles.
Sorprendida, me dirijo a mi cafetería habitual y me tropiezo con una pizarra gigante donde alguien ha escrito con tiza blanca y buena letra: En este espacio es obligatorio que las amistades conversen. Los parroquianos pueden charlar con los camareros. Los niños disponen de juegos de mesa. No se aceptan dispositivos digitales ni tarjetas de crédito.
Me siento en mi butaca preferida y pido un barraquito sin licor. Los clientes hablan y sonríen. Los pequeños juegan al parchís o al ajedrez. El camarero me da conversación.
Al volver a casa, encuentro a mi hijo Pablo y a sus amigos de la infancia alegando en el portal. Vienen del Parque de las Mantecas y traen un balón de fútbol y las camisetas sudadas. Subimos juntos en el ascensor y caminamos los pocos metros que lo separan de la puerta. Saco la llave del bolso y la introduzco con suavidad. Los chicos entran corriendo y se tumban en el pequeño sofá desvencijado. Descubro tres móviles que reposan en la mesita del teléfono junto a una nota: Menos pantallas, más juegos tradicionales.
¿Es posible un mundo sin pantallas? La respuesta es que no, pero es perentorio reducir su uso en edades tempranas. Y podemos hacerlo. Primero en casa y después, en la escuela. Los más pequeños necesitan aprender a leer y a escribir con libros y lápices. Cambiemos un videojuego por un libro o una tableta por un cuaderno.
Las clases sin dispositivos digitales crean mejores condiciones para que los estudiantes se concentren y desarrollen sus competencias lingüísticas. Se habla, desde hace años, del fracaso escolar, de las pruebas PISA, de los malos resultados en las evaluaciones de diagnóstico de 2º ESO y de los suspensos en la PAU. Quizás, podamos revertir este proceso defendiendo un nuevo enfoque del sistema educativo. Ya muchos países lo están haciendo.
No podemos vivir de espaldas a la tecnología, pero el alumnado necesita adquirir aprendizajes efectivos, y está demostrado que leer en físico, subrayar y hacer esquemas mejoran la concentración y la comprensión.
Las pantallas aumentan la distracción y dificultan el proceso de almacenaje de la información relevante. La rapidez con la que un escolar corta y pega textos es incompatible con asimilar, de forma significativa, los contenidos curriculares. Y no hablemos de la inteligencia artificial.
Volvamos a los cuadernos, a los libros, a los lápices y bolígrafos físicos en las aulas.
Volvamos a revalorizar la cultura del esfuerzo, de la disciplina y del estudio.
Volvamos a realzar la buena caligrafía, la ortografía y la importancia de la correcta sintaxis.
Tal vez, podamos disminuir las dificultades de nuestros estudiantes en la comprensión lectora y en la expresión escrita.
Estoy segura de que mi hijo de 12 años me rebatiría estos argumentos, pero con los 22 y medio que tiene ahora me respalda(ría).
¡Cuánto echo de menos tu conversación, Pablo! ¡Cuánto echo de menos tu opinión siempre acertada! ¡Cuánto te echo de menos!
Ana Francisco Abreu