MV Hondius: la prueba ética de una sociedad
Hay imágenes que despiertan algo muy recóndito y no fácilmente admisible que alberga el ser humano.
Un barco detenido en mitad del océano cuyo rumbo en sus cartas de navegación se ha desdifibujado. Una enfermedad poco conocida al menos por la población general. Familias esperando noticias desde tierra firme. Autoridades debatiendo protocolos y ámbitos de competencia mientras a bordo la incertidumbre crece. Una población que teme. Y, al mismo tiempo, un pequeño grupo de personas que a pesar de no haberlas podido escuchar aún, sabemos que necesitan ayuda.
Quizá porque todavía no hemos terminado de salir emocionalmente de la pandemia, determinadas situaciones activan de inmediato recuerdos penosos. El COVID-19 dejó algo más que cifras, temores, restricciones… Tambien nos quedó una memoria emocional colectiva marcada por habernos lastimado una herida latente: la de la vulnerabilidad, de la sensación de pérdida de control y del pánico a lo invisible y perturbador. Ridley Scott lo expresó bien en Alien: el 8º pasajero: la imagen de la cara de aquella terrorífica amenaza del siniestro polizón, apenas apareció al final, pero cuyo aliento sí se nos la hacía sentir casi constantemente durante el metraje. Y es precisamente ahí donde residía gran parte del suspense. Aunque la vida haya continuado, puede persistir aún ese poso silencioso de angustia que reaparece cuando surge cualquier amenaza de poder ser contagiados por algún vector.
Por eso puede resultar comprensible que noticias relacionadas con posibles riesgos epidemiológicos despierten alta preocupación. El miedo puede parecernos desproporcionado o incluso irracional, pero sigue siendo una respuesta de aquella lejana raíz humana que aún forma parte de nosotros. Necesitamos sentir que el mundo tiene cierto orden, que alguien sabe siembre qué hacer, que existen límites controlados y garantías. Y cuando esa sensación se nos tambalea, se exacerban aquellos mecanismos primitivos de protección.
Ahí aparece algo también tan humano como potencialmente preocupante y tampoco tan evolucionado: la tendencia recurrente a dividir el mundo entre “nosotros” y “ellos”. Cuando sentimos amenazada nuestra seguridad y la de nuestro grupo, el otro puede convertirse fácilmente en alguien sospechoso que nos puede dañar.
Zygmunt Bauman hablaba precisamente de sociedades atrapadas en una cultura de la inseguridad permanente, en la que el miedo acaba condicionando la forma en que miramos y tratamos a nuestros semejantes .
Pero comprender el miedo no significa que tengamos que convertirlo en nuestra brújula moral.
Porque detrás de cualquier alarma sanitaria hay personas concretas, con sus biografías, sus anhelos, sus seres queridos. Hay rostros. Hay seres humanos asustados en alta mar, enfermos, muy posiblemente ya agotados física y emocionalmente, lejos de sus familias, temiendo a veces lo peor y preguntándose qué ocurrirá con ellos. Y aquí conviene recordar algo esencial: el sufrimiento humano no dejaría de merecer cuidado simplemente porque nos produzca temor.
Resulta paradójico que en una época en la que hablamos constantemente de empatía, salud mental, estigma, justicia y derechos humanos, reaccionemos a veces de manera desproporciondamente defensiva precisamenate frente a quien enferma o está atravesado por una situación trágica y por eso está en una posición más débil. Como si quien pierde la salud, o la perderá, dejara de pertenecer plenamente a nuestra comunidad moral, justo en el instante en que percibimos que puede alterar nuestra sensación de seguridad aparentemente plena.
Emmanuel Levinas decía que el rostro del otro nos interpela éticamente incluso antes de cualquier razonamiento político. Y quizá ahí reside el núcleo de esta cuestión. Antes que cifras, titulares o debates partidistas, deberíamos ocuparnos de vidas humanas, de dignidad, de derechos de vulnerabilidad.
Eso no implica ignorar la necesaria prudencia sanitaria. La salud pública existe precisamente para tratar de compatibilizar protección a la población y a la vez su asistencia. La medicina trabaja constantemente en escenarios donde el riesgo cero actúa como horizonte pero que en la práctica no se da. En realidad, el riesgo cero apenas existe en la vida, aunque siempre deseemos alcanzarlo. Lo que sí tenemos son protocolos basados en la evidencia, controles epidemiológicos, cuarentenas cuando y como son necesarias, coordinación institucional y responsabilidad colectiva.
Por eso sería deseable que las distintas administraciones evitaran alimentar dinámicas de alarma o discursos sostenidos únicamente sobre el pilar atávico del miedo. Una población asustada necesita serenidad, información, transparencia y cooperación institucional. Cuando las autoridades actúan conjuntamente y transmiten mensajes coordinados, la sociedad percibe algo fundamental: que quienes deben protegerla están trabajando al unísono, sin confrontaciones tan inconvenientes como inquietantes.
En cierto modo, los pueblos también necesitan sentir que sus “figuras parentales” , representadas por las instituciones, sean capaces de cooperar, y más si cabe, en momentos de amenaza colectiva . Igual que sucede en una familia psíquicamente sana, la seguridad emocional no nace para nada del conflicto permanente entre quienes tienen la responsabilidad de los cuidados, sino de la capacidad de actuar de forma eficaz y conjunta frente a los problemas.
Pude admitirse como lógico que existan tensiones entre administraciones locales, más preocupadas quizás por proteger de forma inmediata a su población y autoridades nacionales obligadas a su vez de garantizar el auxilio y la protección de vidas humanas conforme a principios sanitarios, jurídicos y humanitarios. Pero ambas dimensiones no tendrían por qué ser incompatibles ni contrariadas. Proteger y auxiliar no son conceptos opuestos en una democracia avanzada. En unos gestores responsables.
La tradición marítima siempre entendió algo básico: que quien está en peligro en el mar merece y nos exige toda ayuda posible. No solo por ley, sino por una conciencia humana muy antigua que reconoce que, frente al océano, todos somos frágiles. Cualquiera podría encontrarse algún día al otro lado del horizonte esperando que alguien responda.
Kant defendía que la dignidad humana posee un valor intrínseco máximo y que las personas nunca deben ser tratadas únicamente como medios, sino siempre como fines en sí mismas. También la bioética contemporánea insiste en principios como la beneficencia, la no maleficencia y el deber de no abandono. El bien común no consiste solo en proteger a los nuestros, sino también en impedir que el miedo erosione nuestra capacidad de cuidar a quien se encuentra en situaciónes extremas.
Tal vez convendría formularnos una pregunta, a la vez que sencilla ciertamente incómoda: si quienes estuvieran en ese barco fueran nuestros familiares, alejados en otros mares, ¿cómo desearíamos que reaccionara la comunidad que pudiera auxiliarlos?
Probablemente pediríamos prudencia. Pediríamos respeto, asistencia, apoyo y garantías sanitarias. Pero, sobre todo, pediríamos trato humanitario.
No podemos transmitir, como tantas veces hacemos continuamente a los jóvenes, discursos sobre empatía, derechos humanos, valores y solidaridad, para después reaccionar desde el rechazo cuando la realidad pone verdaderamente a prueba esos mismo principios. Porque entonces el mensaje que dejamos como adultos resulta profundamente contradictorio y no exento de perversidad no necesariamente consciente.
Las sociedades maduras no son aquellas que desestiman el miedo, sino aquellas capaces de impedir que el temor acabe con la compasión.
Debemos alejarnos de esa deriva emocional que convierte automáticamente al vulnerable en una amenaza y acercarnos, en cambio, a una cultura del cuidado responsable, de la serenidad institucional y de contribuir a la esperanza compartida.
Porque quizá en situaciones como esta el mayor daño posible no sea únicamente el biológico sino también según aquello que de humano demasiado humano, aquí podría suponer el repliegue hacia las zonas más oscuras e inconfesables de nuestros orígenes cuando sentimos alguna amenaza sobre nuestra seguridad.