La tapada con ‘manto y saya’

Los Llanos de Aridane —

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La supervivencia de antiguas y cotidianas indumentarias es uno de los legados culturales que configuran hoy el patrimonio etnográfico y antropológico de diferentes pueblos.

La Palma conservó más que cualquier otra isla de Canarias la indumentaria de la tapada y la variante del manto y saya como vestido cotidiano y usual de la mujer hasta mediados del siglo XIX. A finales de esta centuria, las corrientes románticas de la época fueron recogiéndola y describiéndola como un hecho diferenciador, costumbrista e identificativo de diferentes lugares, quedando relegado el uso cotidiano. Hoy forma parte destacada de la vestimenta tradicional de La Palma.

La costumbre de esta peculiar y coqueta prenda de la mujer española del siglo XVI se extendió por el Imperio de los Austrias, llegando incluso a América. Que sepamos, en España se conserva, en su estado más ancestral y puro, en el municipio Vejer de la Frontera (Cádiz) y en Los Llanos de Aridane.

Esta indumentaria de la mujer, reconocida también por los nombres de tapadas de un ojo, cobijado o encubiertas, fue un atuendo prohibido en el Quinientos y en el Seiscientos durante la dinastía de los Austrias y en el Setecientos por los Borbones a través de las pragmáticas de los años 1590, 1600, 1633 y 1770. Estas continuadas leyes represoras, con amenazas de cuantiosas multas y en nombre de la moralidad, propiciaron la publicación, por Antonio de León Pinelo, Relator del Consejo Real de Indias, de un detallado trabajo titulado Velos en los rostros de la mujer: sus consecuencias y daños (Madrid, 1641).

Como ha ocurrido con otras tantas disposiciones regias, éstas no debieron calar muy hondo en La Palma, según dejan entrever la implantación y uso cotidiano del llamado manto y saya a través de la documentación que nos ha llegado hasta mediados del siglo xix. Es muy posible que la lejanía de la metrópoli, la inexistencia de conflictos y la aceptación social local fueran las razones fundamentales que expliquen el hecho de que su empleo se conservara en la isla.

La tapada consiste en utilizar el manto para envolver cabeza, pecho y rostro de la mujer. Es decir, es una acción voluntaria para esconder y ocultar la identidad personal bajo el anonimato, en la mayoría de los casos, no falto de coquetería y embrujo ante el varón. La diferencia entre la tapada y el manto y saya consiste básicamente en que en el primer caso es necesario un gesto, una acción de ocultar el rostro —tanto saya como manto de color negro— sin sombrero; en el segundo caso, el rostro va descubierto, se emplean diferentes colores en manto y saya, el manto se coloca sobre los hombros o la cabeza y en ambas versiones no se prescinde del sombrero. Claramente, esta última es una variante tardía de la primera y debieron convivir conjuntamente en el siglo XIX.

Hay dos modos de utilizar el manto:

1 | Se concibe como una pieza separada, ajustada a la cintura por una cinta.

2 | Consiste en utilizar unas de las tres sayas (hoy, falda) a modo de manto, elevándolo sobre la cabeza. Ya aparece descrito perfectamente y de igual manera en El Quijote, como tendremos ocasión de ver.      

Son muchos los autores contemporáneos que señalan un origen musulmán en esta prenda de vestir. Por el contrario, Carmen Bernis (1918-2001), en su obra El traje y los tipos sociales en El Quijote (2001), discrepa rotundamente, aclarando que esta opinión, tantas veces expresada, es absolutamente errónea. Continúa diciendo que cuando las españolas empezaron a taparse la cara hacía ya medio siglo que no había musulmanes en España, y había pasado el tiempo, que lo hubo, en que cristianos e hispano-musulmanes intercambiaban modas y prendas de sus respectivos vestuarios. Las mujeres musulmanas se tapaban la cara por un imperativo social, para no ser vistas por los hombres, y dejaban al descubierto los dos ojos. Las mujeres españolas de los siglos xvi y xvii se tapaban para gozar de libertad, saliendo a la calle sin ser conocidas; no por imperativos de la sociedad, sino en total rebeldía contra lo exigido por las buenas costumbres y por las leyes. Taparse para ellas no era un signo de pudor, sino de provocativa coquetería.

En opinión de Isabel Cruz de Amenábar, la práctica del tapado constituye una variación de una costumbre ancestral. El manto fue una herencia de la España mora, donde su uso —directamente ligado al velamiento del rostro y del cuerpo— corría parejo con la condición de reclusa impuesta a la mujer por esa cultura. Desde el siglo xvi, sin embargo, el manto se transformó en España y posteriormente en América, en un instrumento de seducción y coquetería. El velo, que apenas permitía adivinar la cara, o que sólo dejaba un ojo a la vista, añadía picardía al atractivo de una bonita mirada.

La tapada y el manto y saya en La Palma

En La Palma se conoce por manto y saya un estilo de vestimenta compuesto por tres primeras enaguas —la tercera es la blanca o interior— de igual o distinto color y similares a las que se utilizan en los trajes de gala, donde una de ellas se coloca en los hombros o sobre la cabeza. Por el contrario, como ya hemos dicho, la acción de ocultar el rostro con el manto configura la denominada tapada.

Sólo existe una muestra en la que no se utiliza la «doble falda» —el manto es pieza separada y con corte diferente a la saya—, nos referimos al manto y saya de Los Llanos de Aridane.

De este peculiar vestir tradicional palmero existen numerosas referencias documentales. La más antigua en relación a las tapadas la encontramos en el trabajo «La joyería indiana en el siglo XVI. Pinjantes de cadena y viriles de capilla» (2005) del profesor Jesús Pérez Morera. El autor pone de manifiesto que en el inventario de bienes del Santuario de Nuestra Señora de las Nieves del año 1642 se incluye vna poma de oro de filigrana con tres calabacitas pendientes; no se saue quien la dio porque la dio vna tapada a un clérigo que la diese. Queda claro que esta tapada debió ser una mujer que ocultaba su rostro con el manto y que su deseo era que la donación al Santuario fuera anónima. Esta temprana fecha del Seiscientos apunta una evidente implantación en La Palma de esta peculiar indumentaria, que posiblemente ya se encontraba en el siglo anterior.

En el Valle de Aridane, el manto y saya configuraba objeto de dote y herencia entre las familias. Conocemos dos testamentos en los que se dice que María Martín, mujer de Bartolomé Pérez, vecina de Tazacorte, legó en 1719 a su sobrina —que ha cuidado—, hija de Magdalena de la Cruz, dos cajas de tea, y su ropa de vestir manto y saya, camisas.

Al año siguiente, María del Rosario, vecina del lugar de Los Llanos, dejó a María, mujer de Domingo de Mérida, un manto y una saya. Las referencias documentales continúan. En 1797 otorgó testamento Josefa de la Concepción, quien lega a Antonio Mesa, sirviente de mi casa un manto y una saya de mi uso.

Otra referencia curiosa la encontramos en la descripción de la Bajada de la Virgen del año 1765, cuando se dice que Salieron del principio de la Ciudad una tropa de hombres vestidos de mugeres, con mantos y sayas los más viejos que se hallaron, con fuzil al ombro y con ruecas por espadas. Por esos años, la Bajada Lustral de la Virgen de las Nieves se celebraba en el mes de febrero y parece esta manifestación corresponder más al Carnaval que a la programación de los actos religiosos quinquenales.

Documentalmente, manto y saya pueden distinguirse de tapadas. En dotes y testamentos aparece la referencia a las dos piezas que forma esta indumentaria como manto y saya. Por el contrario, cuando se usa y luce por una mujer figura la referencia de tapada. Esta última voz aparece recogida en el artículo «El pleito de esponsales de don Pedro y doña Tomasa de Sotomayor» —del Cronista Oficial de Santa Cruz de La Palma Jaime Pérez García—, litigio sonado que tuvo lugar en la capital palmera entre 1764 y 1781:

Maria Nieves Sánchez, moza de doña Beatriz Pinto, dijo que el pasado día 2, estando en uno de los locutorios del convento, el inmediato a la puerta reglar, vio llegar a dos mujeres tapadas a dicha puerta, de las cuales una entró y la otra se retiró; que después se enteró que la que había entrado había sido doña Tomasa y que no vio a ninguna otra persona, hombre o mujer.

Tomasa de Sotomayor pertenecía a una las más acaudaladas familias de La Palma y una de las primeras del archipiélago por esos años. Para el tema que nos ocupa, el documento viene a aportar un rasgo importante. Si de esas dos tapadas una era doña Tomasa de Sotomayor y Sotomayor, queda claro que las clases altas de la sociedad palmera usaban el manto y saya para ocultar su personalidad y rostro, convirtiéndose así en la popularmente denominada tapada.

Con estos ejemplos se corrobora que durante los siglos XVII y XVIII —y con probabilidad en el XVI— el manto y saya y el manto para «tapar el rostro» eran usuales y cotidianos en La Palma entre las mujeres de diferentes capas sociales.

En el siglo XIX volvemos a documentarse el manto y saya. El 20 de febrero de 1834, Josefa Álvarez, vecina de Santa Cruz de La Palma —hija del matrimonio formado por Antonio Álvarez y María Martín Herrera, naturales del lugar de Tijarafe y vecinos que fueron del de Los Llanos—, legó a María de los Dolores cuatro sábanas de lienzo casero, el manto y la saya y demás ropas de mi uso. Se desprende de estas escrituras que la indumentaria de manto y saya ocupaba un lugar destacado dentro del ajuar de la mujer palmera, distinguiéndose por su nombre, como pieza fundamental además del resto de ropas.

El palmero Antonio Lemos Smalley, en su trabajo Usos y costumbres de los aldeanos de esta isla de La Palma, escrito en torno a 1846, en el apartado titulado «Sus amores y sus casamientos», describe los preparativos, la ceremonia y la vestimenta de los invitados de una boda. En él se hace referencia a la indumentaria de manto y saya diciendo: Las mujeres van asimismo con ropas antiguas que piden prestada y muy prendadas. Llegadas a la Iglesia, se ponen sobre las dichas ropas sus mantas y sayas y sus sombreros. Es la primera vez que se recoge una cita documental del sombrero, al aparecer, como completo del manto y saya. También encontramos el sombrero en una lámina de Alfred Diston. En un manuscrito fechado en 1824 que se conserva en Berlín, aparecen dos tipos de La Palma: mujer y hombre de Punta de Norte. Ella porta manto y saya: el manto sobre la cabeza, la falda negra o azul marina, con manto azul forrado de amarillo y un sombrero de copa baja y amplia ala, rematado con una hebilla circular. Luce camisa de manga baja, corpiño rojo y gasa que envuelve el rostro. Esta misma interpretación de Diston (con gasa y corpiño) la recoge Juan Baustista Fierro en torno a 1860, aunque en este caso el manto va sobre los hombros y no sobre la cabeza.

Posteriores documentos fotográficos como la conocida colección de las llamadas magas del Rey, instantáneas obtenidas en la visita de Alfonso xiii a La Palma, se repite la interpretación de Fierro: se coloca el manto sobre los hombros, en ningún caso sobre la cabeza. De igual forma en una colección de fotografías postales de finales de una de las dos primeras décadas del siglo XX, los ejemplos de manto y saya que figuran (San Andrés y Sauces y Mazo) visten el manto sobre los hombros.

Hoy el manto y saya se viste con un tardío sombrero de copa, a excepción del de Los Llanos de Aridane, y el gesto de ocultar el rostro, tapadas, ha pasado a los anales del patrimonio social y etnográfico de La Palma.

*María Victoria Hernández es cronista oficial de la ciudad de Los Llanos de Aridane (2002), miembro de la Academia Canaria de la Lengua (2009) y de la Real Academia Canaria de Bellas Artes San Miguel Arcángel (2009)