El ‘Laurel de Indias’ del Cruce de la Vinícola de Villa de Mazo

5 de septiembre de 2026 15:21 h (Hora canaria)

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Otro árbol que molesta,

y perturba el crecimiento,

que despierta sentimiento

y alimenta la protesta.

Para nadie es una fiesta

ver un árbol arrancar,

menos volverlo a plantar

sin garantizar su suerte,

ni adivinar si la muerte

lo termina de enterrar.

Jócamo, 4.IX.2026

Nota: Para cualquier persona sensible, ver talar o arrancar un árbol, tanto si se piensa trasplantar como si no, nunca es un plato de buen gusto. Sabemos que con muchas probabilidades supone su condena a muerte, ya que trasplantar un árbol adulto pocas veces es garantía de éxito, debido a los daños irreparables del sistema radical y la merma vital que supone mutilar la copa. Como biólogo, me gusta recordar que los árboles no son farolas ni esculturas inertes asentadas sobre un pedestal de asfalto o cemento. Dicho eso, es verdad que la resistencia a la poda, capacidad de rebrote y soporte al trasplante del laurel de Indias (Ficus microcarpa) es acreditada y bien conocida.

Otra cosa diferente es si semejante esfuerzo y coste económico merece la pena, a sabiendas que el árbol nunca volverá a ser el mismo. Con toda seguridad, en términos biológicos y paisajísticos resulta más práctico y recomendable replantar ejemplares “jóvenes” que pronto serán más vigorosos que los brotes del “muñón” trasplantado, condenado a ser más una escultura perecedera que el frondoso árbol que fue en el pasado.

Incluso esos nuevos ejemplares pueden ser clones del “árbol caído”, que perpetúen su memoria y raza genética. No debe de olvidarse que hasta hace poco todos los laureles de Indias plantados en Canarias eran hijos clónicos de los originales provenientes de Cuba a mediados del siglo XIX, ya que su reproducción sexual en el Archipiélago es un fenómeno reciente, después de la llegada a las Islas, a finales del siglo pasado de la diminuta avispa (Eupristina verticillata) que consuma la polinización. Ese es otro problema, que hoy no toca.

En conclusión, lamentamos la pérdida del árbol; apoyamos la necesidad de resolver la seguridad viaria del cruce; ignoramos si la alternativa elegida para resolver el problema fue la mejor o tuvo algo que ver con factores inherentes al “catastro”; y, por último, abogamos porque el tronco arrancado del “árbol caído” presida, si es posible, un pequeño jardín para el recuerdo.