Adiós al guardián de la primera fosa del franquismo exhumada en Canarias
Francisco Javier Rodríguez Magdalena conocía el nombre de todas las hierbas salvajes. Distinguía todos los azules, verdes y marrones. Daba de beber las aguas frescas a los animales de tres en tres, porque conocía todos los secretos del campo. Era el sabio ganadero que podía pasar la tarde sentado en un saco de papas sin incomodar al silencio. Pertenecía a la raza de seres humanos en extinción que aprendieron a escuchar antes de hablar, llevando en la mirada la resignación labriega.
Conocía bien la vida, sus golpes y sus recompensas. Al hablar con él, uno tenía la sensación de estar con alguien que ya ha estado muchas veces aquí. Caminaba y hablaba sencillo, sin la impedimenta que nos disfraza al resto. No necesitaba adornos ni palabras difíciles para llegar a todo el mundo. Era a la vida lo que la piedra es a la escultura. Sabio sin saberlo, amable sin proponérselo y generoso sin llevar la cuenta.
Además, fue uno de los pocos hombres que participaron en el hallazgo de los restos de cinco personas asesinadas al comienzo de la Guerra Civil en Fuencaliente. Junto a su padre, su hermano y otros familiares, contribuyó a sacar de la tierra una historia que llevaba décadas esperando justicia y memoria.
Aquel descubrimiento cambió para siempre la historia de la memoria democrática en España, dio lugar a la apertura de la primera fosa común del franquismo descubierta en Canarias, a la primera exhumación judicial de víctimas del franquismo en España y a una investigación forense pionera para su tiempo. Durante décadas se convirtió en uno de los grandes guardianes silenciosos de aquella memoria.
Sin ser escritor, escribió. Lo hizo durante años en el pequeño teclado de su móvil mientras ahumaba el queso. Memorias que en una ocasión fueron milagrosamente rescatadas del fondo de un balde lleno de leche recién ordeñada. Sin buscar reconocimiento, documentó. Sin considerarse protagonista, sostuvo el relato de unos hechos que corrían el riesgo de volver a quedar sepultados por el tiempo. Conservó los recuerdos, reconstruyó los acontecimientos y contó una y otra vez lo que había sucedido.
Todo ello lo publicó en Los dos entierros y pico de Paco, editado por Ediciones Idea, un libro dedicado a su abuelo, mi bisabuelo, y a una historia familiar que terminó convirtiéndose también en parte de la memoria de Canarias. Su testimonio ha sido también fundamental para filmar Consuelo, 1994, el documental que reconstruye aquella historia y que lamentablemente él no pudo llegar a ver. “Ahora ya me puedo ir tranquilo”, dijo durante el rodaje, y cumplió su promesa. Tranquila y sigilosamente se marchó, dejándonos completamente huérfanos. Canarias tiene una deuda inmensa con él.
Mi tío, como generosamente me adoptó, era una de esas personas que terminan ocupando un lugar que no se puede sustituir. El hombre que mandaba audios interminables, que encontraba tiempo para hablar de cualquier cosa. Todavía tengo dos de sus audios sin escuchar. No me atrevo. Tardaré en hacerlo porque ya no habrá más. Los atesoro como el último plato caliente que alguien deja sobre la mesa antes de marcharse.
Es injusto que alguien que dedicó tantos años a recuperar la memoria de otros termine dejando tantas palabras pendientes, tantos abrazos aplazados y tantas conversaciones que ya no podrán suceder. Es muy injusto que no pueda disfrutar del estreno de su historia. Cuando Consuelo, 1994 llegue al público, su voz volverá a escucharse. Francisco vivirá siempre, no solamente en la película, sino en las páginas de su libro y en los recuerdos de quienes lo quisimos. Tiene un lugar reservado en la historia de Canarias que ayudó a escribir con sus propias manos.
*Javi Rodríguez es sobrino de Francisco Javier Rodríguez Magdalena, periodista y guionista del documental 'Consuelo, 1994'