Un adiós agradecido a Rafael Inglott
En febrero de este año, como otras veces antes, me llegó al Whatsapp un mensaje del psiquiatra Rafael Inglott con un artículo que elaboró a raíz de su lectura del libro Casa Winter Cofete. Un alemán, un lugar, una casa, escrito por Gustavo Winter acerca de su padre, el ingeniero alemán que construyó la famosa casa encaramada sobre las laderas de Cofete, en Fuerteventura, y que sirvió de escenario para mitos y leyendas sobre jerarcas nazis y submarinos que su hijo demonta. Leí el artículo en algún rato libre, pero no alcancé a debatirlo con Rafael -al que siempre conocí como Feluco-, pues uno a veces anhela un tiempo reposado que nunca llega para conversar, y evita respuestas rápidas.
Sí conversé otras veces con Feluco en su consulta, alguna en su casa, y unas cuantas por teléfono para hablar sobre cosas de la vida -más o menos dolorosas- de los seres humanos. Y creció en mí un enorme cariño por él que ya había desde hacía muchos años en mi familia, con la que compartió momentos de amistad y a la que ayudó siempre generosamente. También surgió una admiración por esa profundidad con la que hablaba, por ese conocimiento sobre las entrañas emocionales del ser humano y ese amor por la literatura, el pensamiento y la música que, inconscientemente, me evocaba ese mundo de grandes pensadores centroeuropeos, de Freud a Stefan Zweig, de Thomas Mann a Arthur Schnitzler.
Su muerte me deja muy entristecido, con la certeza de que se ha marchado un sabio, un humanista gigante, una persona excepcional. Lo sabemos los que lo conocimos. Como sabemos que la sanidad pública y la psiquiatría en Canarias son mejores gracias a él, que compartió su vocación, su conocimiento, su honestidad y su sentido del servicio público.
En ese último artículo que ahora releo, Feluco habla con admiración de la necesidad ética que sintió Winter de honrar al padre frente a bulos y mentiras. Ese sentido de la ética que no salva de errores ni de contradicciones, pero que consigue brillar en medio de las oscuridades. Descanse en paz, Rafael Inglott.