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Brooke, Nicole y Marcos (y Raquel). Haciendo trampa: una confesión en seis correctores y ningún detector

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En el instituto, mi inglés no era el que es hoy. Me eduqué pronto en esa lengua en Canadá, Estados Unidos, y el Reino Unido. En aquellos años hablaba sin problemas y entendía todo, pero escribir un ensayo de bachillerato en una lengua que todavía no había hecho del todo mía tenía sus costuras, y las costuras se notaban. Brooke, amiga y compañera de clase, se sentaba a mi lado y me corregía los trabajos. Frase a frase, lo que estaba mal escrito y lo que estaba bien escrito pero sonaba a extranjero. Yo entregaba, el profesor calificaba y nadie preguntó nunca cuántas manos habían pasado por aquellas páginas. ¿Hacía trampa?

En la universidad llegó Nicole, otra gran amiga, y con ella la tesis, sobre la expansión de la OTAN. Nicole me la corrigió prácticamente entera. Esa es la verdad. Y como una ayuda nunca viene sola, un profesor de Literatura —que de la OTAN sabía lo que yo de física cuántica— se la leyó por gusto. Luego se convirtió en amigo, y más tarde en mi profesor de Creación literaria. Me hizo propuestas, me señaló dónde flaqueaban ciertas secciones y no pidió nada a cambio. Mi nombre iba en la portada. El suyo, en ninguna parte. ¿Hacía trampa?

Años más tarde vino Marcos. Marcos es un gran amigo, un hombre respetuoso y muy ortodoxo en el uso de la lengua de Cervantes, con un ojo para recomendar cambios que habría hecho de él un gran editor literario si se dedicara a esto (no se dedica, y esa es la pérdida de algún sello). En el verano de 2023 le entregué el manuscrito de mi novela y Marcos le pasó una lija fina, fina, fina, de la primera página a la última. Quita esto, borra lo otro, esto lo puedes decir de esta otra manera mejor. Le metió mano, y además me hizo el favor grande de no cobrarme. Después de Marcos sí pagué, a una correctora ortotipográfica, para que resolviera la parte técnica del manuscrito, la que no perdona: comas, cursivas, convenciones, coherencia tipográfica, pequeños pecados que parecen invisibles hasta que alguien que sabe encuentra ciento cuarenta. Y después de ella, la editorial, donde una de sus editoras y yo mantuvimos el viejo intercambio que sostiene buena parte de la literatura publicada desde que alguien inventó el margen: esta frase sí, esta frase no, hasta que el libro quedó como quedó. Ella también le metió mano. ¿Hacía trampa?

Si la respuesta es que sí, entonces tendríamos que poner en duda la autoría de una parte considerable de los libros que conocemos, porque la literatura publicada lleva desde Gutenberg pasando por manos ajenas antes de llegar a las nuestras. Si la respuesta es que no —y es que no—, entonces conviene preguntarse por qué la misma ayuda deja de valer en el momento en que la presta una máquina.

Aquí es donde empieza la hipocresía, y es grande. A un estudiante se le suspende hoy con un informe de probabilidad que dice que su ensayo «parece» escrito por una inteligencia artificial, y nadie le pregunta, como habría hecho cualquier profesor de los de antes, si sabe de qué habla. Mientras tanto, aceptamos «escritores fantasma», editores, redactores de discursos y correctores como parte normal del oficio, y a la actriz que escribe en redes con faltas de ortografía le celebramos el superventas sin pedirle porcentajes; en cuanto la ayuda es algorítmica, exigimos pureza virginal. La ayuda humana ha sido invisible desde hace siglos y jamás se ha considerado fraude. La ayuda de una máquina se considera fraude porque, por primera vez, alguien vende un aparato que dice poder verla.

Y no puede. Lo comprobé este mismo mes, con más sorna que método. Cogí una columna mía de mayo de 2022, publicada medio año antes de que la inteligencia artificial generativa llegara a manos del consumidor, un texto que no tocó ninguna máquina entonces ni después, y lo pasé por dos detectores de esos que se anuncian como jueces. El primero dictaminó que era «100% generado por IA», cero por ciento humano. El segundo se quedó en un salomónico 50,9%. Condena con decimales. Después probé con otro texto, y cuatro detectores distintos me devolvieron cuatro veredictos entre el cero y el cien. Todos, eso sí, seguidos de la misma invitación a suscribirme para obtener «resultados avanzados». En algunos casos, un servicio de «humanización» de mis textos. La misma casa que me acusaba se ofrecía a absolverme, previo pago. Indulgencias, con la diferencia de que Roma al menos garantizaba el cielo.

Hay algo más en aquella columna de 2022 que ningún detector vio, ni el director de este periódico, a quien agradezco que lleve más de una década publicando mis piezas, ni ningún lector. Un párrafo entero, de principio a fin, lo reescribió Raquel, mi exmujer.

A la que, naturalmente, nunca le di crédito.

Para eso no hay detectores, ni los hubo nunca, ni los habrá: para la persona que lee por encima de tu hombro y te dice que así no, que mejor así. Que es, por cierto, la única ayuda que ha hecho buenos a los que escriben.

Nos hemos perdido, creo, en algún momento del camino, y lo que hemos perdido es el criterio de verdad sobre lo que significa ser autor de algo. La frontera moral no pasa entre la ayuda humana y la artificial, sino entre la asistencia y la sustitución, porque la autoría no exige soledad, exige responsabilidad. Las pruebas de autoría son mucho más viejas que cualquier detector: si una idea es tuya, puedes explicarla, defenderla, desmontarla y volver a construirla. Sienta al autor delante de ti y pregúntale por qué. Pídele que lo explique de otra manera. Que lo contradiga él mismo. Al impostor no lo caza un porcentaje; lo caza una conversación de diez minutos, y esa prueba, que es gratis, nadie la vende por suscripción.

Hay una trampa de verdad, y conviene nombrarla para que no se confunda con lo otro. Si mañana le digo a una máquina «escríbeme un artículo sobre el papel de las ranas en los ecosistemas acuáticos de no sé dónde» y lo firmo, eso es una impostura, una mentira y una farsa, porque no hay idea mía que defender ni criterio mío que se haya ejercido. La deuda con la realidad se pagará el día que alguien me pregunte por las ranas. Pero que alguien use un corrector ortográfico, un editor de carne y hueso o una herramienta que le ayude a estructurar mejor una idea que es suya, que ha escrito él y que puede mejorar, eso no es trampa. Eso es lo que han hecho todos los que han escrito algo que valía la pena leer, desde que hay alguien al lado con un lápiz.

Brooke me corrigió los ensayos del instituto. Nicole, la tesis. Marcos, la novela. Una correctora, las comas. Una editora, las frases que sobraban. Ninguno de ellos aparece en un detector, y todos aparecen donde deben, en los agradecimientos, que es el único descargo que la literatura ha necesitado nunca. Todos menos Raquel. Lo demás es un termómetro que marca fiebre al azar y un negocio que cobra por el diagnóstico y por la cura; lo mío, una deuda de un párrafo que pago aquí, tarde, por escrito y con su nombre.