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Los días sin libros

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Declara no haber leído nunca un libro, y se queda tan ancho. Incluso ríe. Incluso tiene un título universitario. Me pasó solo en una ocasión. Perplejo. Acudí al jardín de infancia a buscar referentes: nadie. Cada 23 de abril, las mismas contradicciones. Aun así, una docena de rosas que reparto. Los libros pueden comprarlos, los y las obsequiadas. Una señora me miró escéptica y rechazó la flor con suspicacia. Para qué seguir.

Sánchez Ferlosio abusaba de las frases largas y quizás complejas. Qué decir de su amigo Juan Benet. Hoy no los lee casi nadie, y pocos hacemos memoria de ellos. La lista es larga, la de los olvidos, no recuerdos que dice una mentora del barrio barcelonés de Gràcia. Tampoco se recuerda que ese barrio fue una villa, en su día, como otros de Barcelona engullidos por el Eixample, por el plan Cerdá, del que tampoco casi nadie sabe decir nada. Si a este ingeniero le hubieran contado lo de los pisos turísticos…

Días de vino y rosas, y libros libres, y de desapariciones cruentas. Por eso la entrega del premio Cervantes siempre, casi siempre, es bella. Este año al mexicano Celorio, al que no he leído y pienso leer: me encantó su discurso. Escribía Juan Cruz en su crónica en El País, que al rey de España, al ciudadano Borbón, le gustan estos eventos. Será: no me interesan los anacronismos y la monarquía es una hipérbole de los mismos, dígalo Juan o su porquero. Las crónicas asociales de estos días, repletas de enaltecimientos hacia la heredera, la llamada princesa de Asturias, porque va a ir a estudiar a una universidad pública. Baratijas, a las que ni el ínclito Peñafiel, quizá por edad, presta atención. El ruido próximo es el fin de semana largo, primero de mayo, la independencia, el trabajo –los mártires de Chicago- y el día de las madres, según la ONCE y El Corte Inglés. Casi me llevan a galeras por olvidarlo la primera vez. Se enmendó.

Y decimos, escribimos, que llevamos toda la vida intentando imitar a Hemingway, su escritura, que no su estilo vital, y no desfallecemos en el empeño. Eso me vuelve a ocasionar un par de desprecios femeninos seguramente muy acertados. “En una semana de juicios muy importantes, y tú sigues con estas tonterías” me espeta la que me espeta. Ella sonreiría si estuviera por la labor, y ni con entradas de teatro para julio y Barcelona lo hace.

Hubo un manifiesto de desconexión con la actualidad que no quise firmar por imposibilidad en el cumplimiento de la tarea. Dichosos tiempos de los abajo firmantes, ¿cuántas veces? Pocas, cinco o seis. Una de ellas, contra la incorporación definitiva a la OTAN, en aquel glorioso 1986, y eso que la pregunta no se entendía. Muy edificante la anécdota de Juan Luis Cebrián sobre el intento de redacción de la pregunta entre él, Javier Pradera, Felipe González y Carmen Romero, que fue la única juiciosa: afirmativo o negativo, nada más. Pero no prosperó y eso que estuvieron hasta la madrugada. Salió lo que salió, aquella pregunta gongorina, se perdió o se ganó, según se mire, y ahora nos quieren echar, un imposible. Anacronismos.