Se nos fue Fernando Senante
Se nos fue Fernando Senante y se nos fue a todos un poco, porque formaba parte del tejido cultural de Canarias y fue un productor esencial en la organización de jornadas que, desde la transversalidad, profundizaba en la literatura, el arte o la música, desde puntos distantes como el paisaje y el proceso urbano.
Fernando no solo se ocupó de su obra, que para el poeta que es, fue breve, sino también de las de otros muchos autores de su tiempo. Siempre estuvo donde se le precisaba para colaborar con su experiencia y entusiasmo.
Nando era un ser culto; sabía mucho de literatura y lo había leído casi todo. Pero tenía una cualidad que pocos poseen: se preocupó y ocupó de nuestros maestros con una generosidad y entrega total, Luis Feria, Rafael Arozarena, Carlos Pinto o Isaac de Vega, eran importantes para él, que sabía que en esas narrativas y poesías estaba Canarias latiendo. Pero no se le acababa la extensión de su intelecto sen estos menesteres, porque en todos los suplementos literarios que principió y que coordinó, dejaba siempre un hueco abierto a quien le pedía atención.
Tenía múltiples recursos literarios, que manejaba según pidiera el verso. Su poesía directa, empática y poderosa, llegaba como un alisio y nos lamía el alma. Fue un excelente rapsoda y de sus labios salían palabras que parecía que estabas viendo el verso convertido en realidad.
Gustaba de pasear y era un excelente conversador, con un punto de ironía, que muchas veces convertía en anécdota. Tenía en Tenerife, en su historia cultural, política y social una de sus preferencias: amada isla, dijo.
Se me fue Nando y el vocabulario quedó mudo, las metáforas rehuían su aposento en la página y el adjetivo dejó de calificar y significar cosa alguna. Levemente fue tu partida, como alisio que derrama la fresca neblina que se adormece en Anaga. Te tengo cerca Nando, muy cerca, por eso no atino con las líneas que pergeño. Escribiste, maduraste, creciste como ser humano y yo recibí un tanto de tu cariño: es la amistad que prodigaste hasta decir basta, amistades que a veces dolían pero que eran amigos; amistades lejanas como peñas solitarias en un mar de espejos, pero amigos.
Así fue como el libro más importante y hermoso que empezaste a escribir despacio, pausado, con ternura y verso, en el que la primera letra es la “A” de Amaia y la “A” de amistad, se queda con el amor para tan entrañables seres. Sé que Amaia recogió lo que su padre le enseñó sobre cosa tan frágil como saber de tu próximo, y que la amistad es como un árbol que hay que regar con frecuencia para que enraíce y brote fuerte, que no se quiebre por nada.
No sé Nando qué decirte o cómo uno se despide así tan desconsolado, pero podría ser lo más normal: adiós. Y pensar que soy un brote de ese árbol que quizás regué con poca frecuencia y que a pesar de ello no se quebró nunca, y también quisiera pensar, sentir, que eres una minúscula partícula en el cosmos que brilla por siempre como una noche nos enseñó Ernesto Cardenal. Por eso estaré siempre contigo.