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Godos que vienen de América

15 de julio de 2025 09:19 h

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Como tantos otros elementos de la prolífica familia de palabras a que pertenece, el gentilicio godo ha terminado desarrollando por metonimia, a partir de su sentido recto “español peninsular” (tan frecuente en América e, incluso, en el archipiélago canario, como se comprueba en los escritos de gente como Ignacio Aldecoa o Diego Catalán, por ejemplo), que procede a su vez, igualmente por metonimia, de su sentido originario “natural de un antiguo pueblo germánico, fundador de reinos en España, norte de Italia y sur de las Galias” (Diccionario de la lengua española), los sentidos calificativos de “español peninsular forastero prepotente o arrogante”, en primer lugar, e “hispano forastero prepotente o arrogante”, después.

Tres rasgos definen, por tanto, de forma inequívoca al pintoresco personaje que nos ocupa. Primero, el rasgo de “pertenecer a la misma estirpe que su víctima”, que, en el caso de Canarias, sólo puede ser el hispano; en particular, el de origen peninsular. Es lo que afirma la Academia Canaria de la Lengua en el Diccionario básico de canarismos, que lo define como “despectivamente, español peninsular”. De acuerdo con esto, los ingleses, los franceses o los italianos que vienen a descansar al archipiélago o a vivir en él, por ejemplo, no podrían ser nunca godos, por muy forasteros que sean y por muy insoportables que puedan llegar a ser en algunos casos. Ellos son chonis o guiris, no godos. Ni siquiera los alemanes que residen entre nosotros podrían encuadrarse en tan singular especie de primates, aunque su pueblo tenga el dudoso honor de haber sido la cuna de los godos primigenios.

En segundo lugar, para ser godo hay que ser forastero. Se es godo en tierra ajena, no en la propia. Por eso jode tanto. La gente espera que las visitas, si no agradecen la invitación a su casa, por lo menos no le escupan en el suelo o le meen en el rincón. Así, un peninsular no podría ser godo en la península, por muy prepotente o arrogante que sea con sus paisanos. Al fin y al cabo, en su casa se encuentra y en su casa cada cual es rey. Tampoco un canario podría ser godo en Canarias, aunque sí podría ejercer como tal (si tuviera cualidades para ello, que no las tiene) en otros lugares del mundo hispánico, sea en la península ibérica o en América. Por lo menos que yo sepa, nunca se han detectado ínfulas conquistadoras entre los miles de canarios que han viajado a la metrópoli a estudiar, trabajar o hacer el servicio militar o a América a ganarse el pan. Todo lo contrario. Como si el canario no hubiera nacido para conquistador. Y, en tercer lugar, se caracteriza el godo por una actitud moral deplorable, que es la prepotencia o arrogancia del conquistador, con dos grados de intensidad distintos: intensidad neutra, que se expresa con la forma godo a secas, e intensidad de alto voltaje, que se expresa bien con la metáfora escatológica godo (de) mierda, bien con la metáfora olfativa godo jediondo, que a lo que en realidad hacen alusión una y otra es a lo insoportable o desagradable que puede llegar a ser el personaje aludido. En Canarias, sólo los españoles peninsulares que cumplen esta condición, la condición de ser prepotentes o arrogantes, son godos; los demás, no. Por eso se ha distinguido siempre en ellas de forma tajante entre peninsulares, que son los españoles peninsulares normales y corrientes, y godos, que son los españoles peninsulares poseídos por la prepotencia o la arrogancia.

¿Es el godo un espécimen del mundo canario en exclusiva, como es habitual creer? No, lo encontramos también en otras partes del mundo hispánico. En concreto, fue especialmente pródigo en la América colonial, que tanto sufrió los abusos de funcionarios y comerciantes peninsulares prepotentes y arrogantes y que tan mal recuerdo han dejado en el pueblo americano más llano y en la literatura, sea esta en lengua española o extranjera. En este sentido, creo que nadie define mejor la clase de godo que nos ocupa que el don Fernando Ibarra, gobernador español de Buenos Aires, de la divertida novelita Candide ou l’Optimisme de Voltaire, del año 1759; un personaje que “erguida la frente y henchido de orgullo, hablaba a los demás con aristocrático desdén, alzando la voz con inflexión majestuosa y gesto soberbio”. Hasta tal punto ha sufrido América los estragos del godo peninsular, que fue allí donde se le dio nombre: el nombre de godo, que, como tantas otras cosas criollas buenas y malas, habría de volar a Canarias a finales del siglo XIX o principios del XX. E incluso (y esto es más sorprendente que lo anterior, pero no, por ello, menos verdad) encontramos godos en la misma península ibérica.

No otra cosa que esto es el indiano prepotente y arrogante que tan magistralmente representa Unamuno en el personaje Alejandro Gómez de su novela corta Nada menos que todo un hombre, del año 1916, que tanto disfruta alardeando de su infernal soberbia plebeya. Se trata de un caso de nuevo rico ostentoso (casa suntuosa, coche o haiga flamante, mujer despampanante, babosas relaciones con los poderosos y lujoso tren de vida para lucir sus millones), machista, charlatán, insensible a las penurias del paisano que se ha quedado en la tierra y que sigue lidiando con las miserias de siempre, explotador de sus mismos parientes y amigos mediante la adquisición de sus modestas propiedades (tierras, casas, ganados…) a precio de saldo, y, por encima de todo, enemigo acérrimo de la cultura. Para él no existe más objetivo en la vida que el dinero. Incluso el estudio, en caso de considerarse, sólo se concibe como instrumento para ganar dinero, no para entender el mundo y educar la sensibilidad. “Con dinero se va a todas partes” es su consigna.

Nos encontramos ante un godo muy particular, porque, si bien es verdad que procede de España, se ha hecho en América. Es decir, que este godo ya no es un godo de pura cepa, sino un godo americano. El oro de América ha convertido a muchos peninsulares humildes en godos. Ya había advertido el Arcipreste de Hita que “aun al hombre necio y rudo labrador / dineros le convierte en hidalgo doctor”. Digamos que la semántica de nuestra palabra ha experimentado aquí un cambio trascendental. Por una parte, se ha producido una ampliación del ámbito de procedencia del sujeto aludido: del sentido restringido de “individuo procedente de la España peninsular”, se ha pasado al sentido amplio de “individuo procedente del ámbito hispánico”. Por otra, se ha producido un cambio en la jerarquía de las ideas implicadas: la idea geográfica o étnica del término originario (“natural de la España peninsular” o “perteneciente o relativo a ella”), que era en principio lo básico, cede su puesto a la idea moral de “prepotencia” o “arrogancia conquistadora”, que había surgido por metonimia de la anterior. De esta manera, deja de ser el término godo adjetivo de relación (de relación gentilicia) exclusivamente, y se convierte en adjetivo calificativo, como ha sucedido con otros tantos gentilicios de la lengua española, como campechano, pequinés, judío, siamés, fenicio, gitano, beocio o lesbiana, por ejemplo.

¿Y el godo canario procederá siempre de la España peninsular, como sostiene la Academia Canaria de la Lengua y suele pensar el común de los mortales? Evidentemente, no. Por lo menos actualmente, en las islas, además de godos peninsulares, que son los más comunes, como hemos dicho ya, hay también godos hispanoamericanos, que son los americanos soberbios que se han asentado en las últimas décadas aquí y que miran a los insulares por encima del hombro, como si fueran seres inferiores o unos pobres diablos. También en relación con los hispanoamericanos, hay que distinguir, pues, en tierra insular entre hispanoamericanos normales, que son la inmensa mayoría de cubanos, venezolanos, colombianos, argentinos, ecuatorianos, peruanos, etc., que vienen a Canarias a ganarse la vida honestamente o a guarecerse de los inicuos sistemas políticos que rigen los destinos de sus respectivos países, e hispanoamericanos godos, que son aquellos, pocos, afortunadamente, que vienen a hacer de menos al isleño más ingenuo y tomarle el pelo. Y no sólo esto, sino que, rizando el rizo, asimismo nos encontramos en Canarias con otro tipo de godos no menos desdeñoso, soberbio y despectivo con la gente de la islas que los anteriores: el godo canario, que, como el indiano peninsular retratado por Unamuno en la novelita más arriba citada, es el indiano isleño fatuo y presuntuoso que regresa de América alardeando de billetes, profundos conocimientos del mundo, cultura y sabiduría política, aunque lo único que traiga en la mochila en muchos de los casos no sea otra cosa que dinero. Nos encontramos ante un canario agodado fuera de su tierra por efecto del empoderamiento que generaban los bolívares venezolanos o los pesos cubanos y la falta de tiempo para formarse y educar la sensibilidad para entender a derechas el mundo que lo rodea y a la gente que lo habita. Por lo general, a América viajaban los canarios a ganar dinero para matar el hambre, no a cultivar la inteligencia. De ahí el calificativo de “esclavitud blanca” con que los moteja una de las personas que mejor los conoce, que es el historiador de la Universidad de La Laguna Manuel de Paz. Ya decía Sebastián de Covarrubias en su célebre Tesoro lexicográfico que el único objetivo del indiano, de aquí y de allá, fue siempre “volver rico de América”. Y eso mismo es lo que pone de manifiesto el significado “enriquecerse en América” que posee la expresión hecha “hacer las Américas”, según indica el diccionario de la famosa Real Academia. También en este caso es, pues, necesario distinguir entre canarios a secas, que son los canarios normales, tanto los que se han quedado en su tierra capeando los temporales de la vida como buenamente han podido como los que han emigrado a otras partes del mundo a buscar sustento para su familia y que han vuelto a sus orígenes (cuando han vuelto) con mejor o peor fortuna, y canarios godos, que son los canarios o hijos o nietos de canarios prepotentes, arrogantes y avasalladores que se han hecho en América y que han vuelto a las Islas ricos, generalmente, de dinero, no de cultura. Ya había advertido el periodista canario en Cuba Manuel Linares Delgado a finales del siglo XIX que había emigrantes isleños que “iban a América burros y volvían caballos”.

En síntesis, que, a pesar de que, como todas las palabras del mundo, el gentilicio godo presenta una significación invariante única, la significación invariante “hispano forastero prepotente o arrogante”, su campo de usos, que abarca desde el godo peninsular clásico que se viene sufriendo en Canarias y América desde tiempos inmemoriales hasta el godo canario procedente de la emigración a América, pasando por el godo español procedente también de la emigración a América y el godo americano que viene a Canarias al rebufo de la importante y benéfica emigración de los países hispanoamericanos, es muy amplio y diverso. Nada nuevo bajo el sol, puesto que, como es de sobra sabido, las palabras son monosémicas en su significación interna pero polisémicas, poliédricas y dinámicas en su uso en la realidad externa del hablar.