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Izquierdas, derechas y moralinas: el regreso de la sociedad tradicional

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Creo que todo el mundo ha pensado alguna vez que ciertas personas están encantadas de conocerse a sí mismas. Hay quienes transmiten tanta seguridad en que son las mejores para hacer el trabajo que hacen, que están tan convencidas de que su forma de actuar y de pensar es la correcta, que uno no puede evitar pensar que, para ellas, el mundo estaría mejor si todo el mundo siguiera su ejemplo. Hay personas que piensan que el principal problema del mundo es que todo el mundo no es como ellas, que todo el mundo no se comporta como ellas, que no piensa como ellas. Que sea algo que cada vez pasa más a menudo no es sorprendente si tenemos en cuenta la historia reciente. En 1986, en California, y como resultado de las presiones del senador John Vasconcellos, empezó a funcionar un comité, financiado con dinero público, para fomentar la autoestima. Basándose en teorías psicológicas de la época que se presentaron como “evidencias científicas”, posteriormente desmentidas, se transmitía la idea de que lo mejor que podía hacer el Estado por los ciudadanos era fomentar la m autoestima. Si la gente se quiere lo bastante, cree en lo que hace, y se esfuerza al 100% en convertirse en la mejor versión de sí mismos, dado que impossible is nothing, todo el mundo puede conseguir sus sueños. Aunque estas ideas son más que discutibles, desde California se han difundido por todo el mundo, y han permeado la cultura contemporánea, de manera que ahora parece que lo de pensar que quizá tu manera de pensar no sea la única correcta, que tu manera de vivir la vida no sea la única correcta y, en definitiva, que otras personas también pueden tener razón, es visto como propio de personas con problemas psicológicos que no se creen lo bastante su trabajo y su empresa, o de vagos que buscan excusas para no esforzarse al 101% en ser la mejor versión de sí mismos(as). 

El debate político actual (o la falta de debate) creo que refleja muy bien esta manera de ver la vida que hemos importado en los últimos cuarenta años del Oeste americano, como tantas otras cosas. El empresario de derechas, que va a misa, lleva una banderita española, y se enorgullece de los toros y de comer mientras más carne mejor piensa que el problema es que se han perdido los valores, que los problemas del mundo se terminarían si no hubiera tanto perroflauta. Es decir, si todo el mundo pensara como él, viviera la vida como él. Pero es que la docente sindicalista de izquierdas, atea, que va a manifestaciones, lleva ropa alternativa, compra productos ecológicos y come vegano, también piensa que el mundo sería mejor si todo el mundo se apartara del consumismo, abrazara los valores feministas y ecologistas. Es decir, si todo el mundo pensara como ella, si todo el mundo viviera la vida como ella. Mientras que los latinos decían de gustibus non est disputandum, la polarización actual tiene que ver con que pensamos que quien no piensa como nosotros, quien no vive la vida como nosotros, quien no pertenece a nuestra tribu, está, completa y firmemente equivocado, y no tiene derecho a pertenecer a la tribu humana.  

Para intentar comprender los cambios drásticos que experimentaron las sociedades europeas a partir de finales del siglo XVIII, Durkheim, uno de los fundadores de la Sociología, acuñó los conceptos de solidaridad orgánica y solidaridad mecánica para explicar dos cuestiones que le obsesionaban: la cohesión social y la conciencia colectiva. Según Durkheim, en las sociedades tradicionales lo que nos mantiene unidos es que somos todos iguales. Piénsese, por ejemplo, en una aldea campesina de la Edad Media: todo el mundo tiene ocupaciones bastante similares; todo el mundo tiene las mismas creencias, y se presta devoción al santo o a la virgen local (solidaridad mecánica). Sin embargo, decía Durkheim, a medida que surge la industrialización y las sociedades se van complejizando, lo que nos mantiene unidos ya no es que seamos unos iguales a otros, sino que nos necesitamos unos a otros (solidaridad orgánica). Antes en el pueblo todos estábamos unidos porque en cada casa se hacía el pan con lo que se cultivaba, que en todo el pueblo era más o menos lo mismo. Ahora, en la ciudad, el panadero sabe que su oficio es muy distinto del de quien cultiva el cereal o de quien se encarga de que el agua llegue a su obrador. Pero también sabe que sin esas personas él (o ella) no sería nada. 

Existen diversos factores, desde lo que Sennett denominaba la emergencia de una nueva cultura del capitalismo al funcionamiento de los algoritmos, pasando por las ciudades segregadas que desde la California de los nuevos señores tecno-feudales se presentan ahora como el ideal a alcanzar, que ayudan a entender porqué cada vez somos menos conscientes de necesitarnos unos a otros. Pero cuando eso se combina con el culto papanatas a la autoestima, abonamos el terreno para que se desarrolle un ecosistema en que cada quien piensa que para acabar con los problemas del mundo hace falta que todo el mundo sea y piense como él (o ella). Conceptos como los de capitalismo de vigilancia y tecno feudalismo irían en la línea de señalar que estamos volviendo de las sociedades de solidaridad orgánica a las de solidaridad mecánica. Yo profesionalmente me dedico a impartir sociología, mayoritariamente a gente que no estudia sociología. Y los fines de semana raro es el que al menos no corra 20 kilómetros, aunque nunca he ganado nada. Vivo rodeado de personas que piensan distinto, que viven la vida de manera distinta. Es posible tener una autoestima sana, creer en lo que haces y, sin embargo, estar convencido de que el mundo no sería mejor si hubiera más gente como yo. Lo que no sé si es posible es que consigamos seguir conviviendo sanamente si nos dedicamos a estigmatizar moralmente a quienes no piensan como nosotros, a quienes no viven la vida como nosotros.