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¿Jóvenes derechosos o izquierdas conservadoras?

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Durante la Revolución Francesa los partidarios del orden establecido y del Rey se sentaron a la derecha, y los revolucionarios y partidarios del cambio social, a la izquierda. De ahí proviene el uso que habitualmente suele dársele en política a estos términos. Décadas después, a partir de las ideas, entre otros, de pensadores como Hegel, Comte o Marx, se tendió a concebir la evolución histórica de las sociedades humanas en términos de progreso. Se pensaba que de la misma manera en que una fea oruga se desarrolla y se acaba convirtiendo en una linda mariposa, gracias a la evolución natural las sociedades se dirigen al progreso, es decir, hacia un futuro que se da por sentado que será mejor que el presente. Frente a estos pensadores progresistas, que entendían la historia de la humanidad como una historia de progreso, de un pasado malo a un futuro que siempre será mejor que el presente, los conservadores, que niegan la visión lineal y evolucionista del cambio social, no concebían la historia humana como desarrollo o progreso. Sus ideas, surgidas inicialmente de la percepción de que los cambios que habían traído la revolución y el paso del antiguo al nuevo régimen habían sido para mal, se basaban en la idea de que el futuro no necesariamente es mejor que el pasado, y que lo mejor que podemos hacer para organizar nuestras sociedades es mirar hacia el pasado y repetir fórmulas que han funcionado antes. Además de izquierda-derecha, progresismo y conservadurismo, otro debate que desde la segunda mitad del siglo XX ha ocupado el centro de la política es el establecido entre visiones socialdemócratas o estatistas y visiones liberales o neoliberales. Mientras que los primeros abogan por un Estado fuerte, que intervenga, recaude impuestos y garantice unos mínimos de bienestar, los segundos abogan por que sean los mercados (los individuos, dirían los anarco-libertarios) los que decidan cómo se ha de organizar la vida económica y social, siempre con la menor intervención estatal.

Aunque el sentido actual del término “liberal”, tal y como hoy en día se aplica en todo el mundo, surge inicialmente en España, en la época de Fernando VII, cuando los liberales eran los constitucionalistas que se oponían a la monarquía absoluta, en España apenas han tenido peso históricamente los partidos propiamente liberales. En la tradición política española del último siglo y medio se han juntado en la “derecha” corrientes conservadoras y liberales, lo que desde un punto de vista lógico sería poco menos que un pacto contra natura. Los liberales son progresistas, en la medida en que piensan que el libre desarrollo de las fuerzas del mercado traerá un futuro que se considera mejor que el presente. Los conservadores, por su parte, son estatistas, en la medida en que, si no quieren dejar que nuestra lengua, cultura y tradiciones se vean alteradas por el mercado, han de defender la intervención estatal. Ahora que se suele asociar a la derecha con las posturas anti inmigratorias esta contradicción se hace especialmente evidente: ¿cómo se puede decir que se defiende la libertad de las personas (liberalismo clásico) y la libertad de empresa (liberalismo económico, neoliberalismo) y a la vez argumentar en contra de que las personas elijan vivir donde les plazca y de que las empresas puedan elegir a quienes contratar, aunque no sean “de aquí”?

En la política actual, marcada por tendencias globales hacia la polarización, provocadas en gran medida por la manera en que funcionan las redes, lo que domina es el discurso del “y tú más”, la tendencia a gritar, a no escuchar, y a deshumanizar a quien no piensa como tú. Si te consideras de izquierdas llamas a tus oponentes “fachas”, y les culpabilizas de los millones de muertos del holocausto nazi. Y si te consideras de derechas los llamas “comunistas”, y los culpabilizas de los gulags y las hambrunas soviéticas. Y todo ello en un entorno en que la política se ha convertido en una cuestión emocional e identitaria, y mucha gente se considera de izquierdas o derechas sencillamente por identificarse con el look de los políticos profesionales que pretenden representar una u otra corriente. Ante este panorama que hemos creado los mayores, los jóvenes reaccionan de dos maneras. Por un lado, mostrando desafección y desinterés por la política. Y, por otro, y es algo que en los últimos tiempos está llamando la atención de muchos medios, encaminando el espíritu rebelde que tradicionalmente se ha asociado a la juventud a partidos generalmente denominados de ultraderecha.

¿Es cierto que los jóvenes de ahora son más conservadores que nunca? ¿O será sencillamente que los mayores hemos acabado creando una izquierda conservadora que no es capaz de atraer a la juventud? Buena parte de la izquierda tradicional se ha vuelto conservadora: les dice a los jóvenes que nosotros (los mayores) ya sabemos las soluciones a nuestros problemas, que la juventud, en vez de ponerse a pensar cómo quieren que sea el mundo en el que vivirán mañana, debe ceñirse a buscar su lugar en un mundo que los mayores hemos decidido cómo será: “No te preocupes, que con nuestras contrastadas políticas, desde la discriminación positiva a los ODS, pasando por la agenda verde, la economía circular o la Responsabilidad Social Corporativa, ya nos encargamos nosotros de arreglar el mundo. Tú céntrate en estudiar algo que te dé trabajo”. 

En la medida en que nos hemos convertido en meras academias de formación profesional avanzada las universidades hemos contribuido a atrofiar la capacidad crítica de la juventud. La capacidad crítica es la capacidad de entender que las soluciones que hoy damos a los problemas son contingentes, que podrían ser otras. Si los mayores nos dedicamos a decirle a la juventud que no miren al futuro con ilusión, que no vale la pena cambiar nada, que ya nosotros lo intentamos y no lo logramos, acaba pasando lo que pasa. Que la juventud mira al pasado, glorificándolo, buscando la ilusión que los mayores no dejamos que tengan hacia el futuro o el presente. Muchos mayores “izquierdosos” dicen que los jóvenes se han vuelto “fachas” porque éstos parecen no compartir las soluciones que la izquierda conservadora les ofrece. Más empatía y menos descalificación: seguramente los jóvenes son muy sensatos al pensar que muchas de las políticas que eran “de izquierdas” en la época de sus padres ya no tienen sentido. Quizá porque los problemas ya no son los mismos, quizá porque lo que antes funcionaba ya no tiene por qué hacerlo. Los conservadores no son los jóvenes. Los conservadores son los mayores que piensan que lo que funcionó y daba sentido a su mundo va a funcionar y da sentido al mundo de los jóvenes.