Así fue el funeral reivindicativo del barrio de Guanarteme a ritmo de Jazz

Salida de la simbólica comitiva fúnebre del antiguo cine de Guanarteme

Christian Martínez

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Convocadas por la asociación Guanarteme se Mueve y la plataforma Derecho al Techo, a las 12 de la mañana de este domingo, se dieron cita unas 200 personas, vestidas de luto para la ocasión, en el antiguo cine de Guanarteme. Durante el recorrido, por el que fueron pastoreados por la policía, realizaron diez paradas en las que leyeron breves panegíricos para explicar cómo la gentrificación, la turistificación y la dejadez de las administraciones está condenado al emblemático barrio de Guanarteme a la “pérdida de su identidad y a la expulsión de sus vecinas”. 

Bajo la desconchada fachada verde de lo que un día fue el cine de Guanarteme, hoy clausurado con las puerta tapiadas, hay un enorme rótulo que reza “centro evangelístico”. Allí arrancaba el pasacalles con los primeros acordes a ritmo de Jazz, mezclando el duelo con la celebración de la vida. 

“Las calles del barrio vivían y compartían las historias de las películas que aquí se proyectaban. Ahora somos espectadores, pero no de la gran pantalla, sino del olvido y el abandono, que bajo falsas promesas, bajó la persiana. Hoy estamos aquí para despedir a nuestro hermano no nato, un espacio que nunca se va a dar, el funeral del centro cultural que nunca existió”, se escuchó decir por un megáfono que a ratos distorsionaba. “Después de la muerte siempre hay vida, de los escombros se puede construir, y este barrio está necesitado de grúas que en vez de destruir nuestras casas, construyan espacios de identidad, culturales y sociales donde los vecinos puedan volver a compartir sus historias”, decía una joven activista de la asociación Guanarteme Se Mueve. 

El cortejo estaba encabezado por una pancarta que decía “vuelven los buitres a Guanarteme. Aquí no hay quien viva”. Le seguían tres coronas de flores, y cuatro porteadoras con un ataúd a cuestas. Tras ellos caminaba el resto de la comitiva fúnebre que daba tímidos pasos de baile a ritmo de jazz. Les acompañaban dos músicos que tocaban en directo con una trompeta y un sousafón. 

Contaminación frente al Centro de Salud

Cuando llegaron a la calle Mario César frente al Centro de Salud, otra activista leyó: “En un espacio donde debe haber silencio y tranquilidad está siendo invadido por los ruidos constantes y los fuertes aullidos de coches y obras. Somos aquí testigos del sinsentido de embudo que se ha convertido esta calle. El punto de salida principal del barrio hacia la GC-1 y GC-2 aglomera al tráfico que recorre las calles de nuestro barrio haciendo un muro de ruido y contaminación. Hoy venimos a despedirnos de una atención médica digna, personal y cercada, que ha fallecido a manos de colapso poblacional”. 

Parada de la "comitiva fúnebre" frente al residencial Las Américas y el Barranco de la Ballena

Adiós al Barranco de la Ballena 

La siguiente parada fue por partida triple casi en el mismo lugar: en el Barranco de la Ballena, frente al esqueleto en construcción del Residencial las Américas al lado del Hotel Art. 

“Donde el sol alimentaba la plaza, el huerto y los talleres de los vecinos, ahora se levanta un muro que esconde el sol, que separa y divide el barrio. Con una arquitectura hostil para el entorno que desdibuja la identidad del barrio, que promueve un modelo de vida individualista, donde puedas tener de todo en un mismo complejo, sin interactuar con el barrio, conocer a los vecinos, ni sus costumbres. Habrá casi 500 viviendas, 500 nuevos coches, y 500 nuevos consumidores, pero nunca 500 nuevos vínculos”, leyeron activistas de la plataforma Derecho al Techo.  

En el mismo lugar giraron para que la comitiva viera el barranco y escucharan el siguiente mensaje: “La desaparición de nuestra identidad también incide en la desaparición de nuestros espacios, flora y fauna. Hoy más que nunca despedimos al Barranco de La Ballena y con ello todo lo que supone. Una barrera natural que nos protegía de inundaciones y de altas temperaturas entre otros, ha sido reemplazado por una tubería intermitente, sepultado por el cemento, provocando filtraciones, alterando el entorno, y rompiendo su ciclo natural. Hemos reemplazado una anatomía perfecta por una infraestructura artificial que lejos de beneficiarnos, nos perjudica y ahoga haciendo del barrio un cuerpo sin alma y sin vida, que no deja respirar y nos sume en un entorno hostil y desértico protagonizado por cárceles de cemento que con el tiempo se terminarán derrumbando por la misma naturaleza que sigue buscando su hueco en el barrio”. 

El “ARTentado”

A escasos metros, frente al hotel Art leyeron: “Estamos ante uno de los recordatorios físicos del momento en el que el barrio falló como tejido colectivo. Sin embargo, también cumplen hoy una función importante. La de advertir, educar y evitar que estos errores se repitan. El ”Art“ o como nos gustaría llamarlo, ”ARTentado“ , es precisamente eso, un atentado hacia nuestra identidad como barrio y tejido social. No es un hogar, no es un espacio compartido, ni siquiera es un espacio que respire con el barrio, sino una estructura ajena, casi indiferente, que se impone sobre lo que fuimos. Y sin embargo, permanece ahí, como una herida abierta que también enseña. Porque en su presencia hay una advertencia, una memoria y, quizás, una oportunidad de volver a pensarnos como vecinos, no como espectadores de nuestra propia desaparición”.

Vecinas y vecinos unidas por un hilo invisible

En la plazoleta de las Torres Canteras, sobre el barranco enterrado, las vecinas y vecinos pararon nuevamente para escuchar un nuevo elogio fúnebre. “Hay algo en el barrio que no se ve a simple vista, pero que lo atraviesa todo: una trama de vínculos, gestos y memorias compartidas que lo mantienen vivo. No se trata solo de calles o edificios, sino de las personas que los habitan y de cómo se reconocen entre sí. Ese hilo rojo se manifiesta en la cercanía cotidiana, en el saludo, en la conversación breve, en la confianza que se construye sin hacer ruido. El barrio tiene su propia forma de latir. Está ligado a su historia, a su relación con la costa, a su manera de transformarse sin perder del todo su esencia. Ese hilo también se hace visible en las fiestas populares, en las actividades organizadas por vecinas y vecinos, en las tradiciones que pasan de generación en generación casi sin darse cuenta. Son momentos donde el barrio se reconoce, donde ese vínculo invisible se fortalece y se celebra. El mayor patrimonio del barrio es su gente. Proteger el barrio es, en el fondo, cuidar de ese hilo invisible. Es mantener viva la identidad, las tradiciones, el apoyo mutuo. Es seguir tejiendo, entre todas y todos, un lugar donde no solo se vive, sino donde se pertenece”, manifestaron. 

Parada en C/ Castillejos 16, casa amenazada con ser expropiada

Decisiones urbanísticas que expropian vidas

Los pasos de las vecinas se animaban con la música y las palabras, y cuando algunas estaban casi a punto de bailar, los sentimientos de esperanza y ánimo, pasaron al enfado y la indignación. “Esta es mi casa”, dice una anciana frente a la casa de la calle Castillejos 16. Su hija asegura que “llevan años viviendo bajo la amenaza de ser expropiados”, pero por el momento prefieren no dar más explicaciones y seguir con el pasacalles. La casa que queda aislada entre dos solares, por donde pasa el barranco natural y el canalizado artificialmente.

“Hay decisiones urbanísticas que no solo modifican calles: modifican vidas. Porque expropiar no significa mover líneas sobre un plano, significa expulsar vecinas y vecinos de sus casas, arrancar recuerdos de sus paredes y romper vínculos construidos durante décadas. Allí donde algunos ven una operación urbana, otros ven desaparecer su hogar. 

La comitiva fúnebre se dirigió a la playa de las Canteras “el alma de la ciudad, el único espacio donde todavía se puede respirar entre tanto muro y humo”. Desde Guanarteme, el acceso a la playa es directo, “casi íntimo, como si el mar formara parte de la propia casa. No es solo paisaje: es rutina, es refugio”, mencionaban en este particular panegírico las activistas. Y añadían, “es un ecosistema único dentro de la ciudad que no pertenece a nadie, y al mismo tiempo, nos pertenece a todas y todos. Cuidarlo no es una opción. Es la única forma de no perder lo que todavía nos conecta con lo esencial”. 

Manifestación Funeral Jazz de Guanarteme se Mueve y Derecho al Techo

Casas terreras, calidad de vida 

“Las casas terreras han sido siempre la imagen viva del barrio. Además, hay una sabiduría silenciosa en esta arquitectura. Las casas terreras respiran mejor, acumulan menos calor, hacen las calles más frescas y habitables. Son, sin pretenderlo, una forma de sostenibilidad que nace de entender el lugar. Frente al hormigón que asfixia, ellas alivian”, aseguraban las activistas y añadían: “rehabilitar estas viviendas no es mirar al pasado con nostalgia, sino apostar por el futuro con sentido. Es una forma de avanzar sin olvidar. Potenciar las casas terreras y proteger el patrimonio no es solo conservar edificios. Es proteger la identidad del barrio. Es mejorar la calidad de vida”, concluían las activistas. 

Comercio local, memoria viva 

“Esas tiendas que llevan décadas abiertas, que han visto pasar generaciones, no son solo comercios: son memoria viva, patrimonio intangible hecho de historias, recetas, gestos y costumbres que dan forma a Guanarteme. En cada compra cercana hay algo más que un intercambio. Hay sostenibilidad en lo simple, en evitar trayectos innecesarios, en mantener la riqueza dentro del propio barrio”.  

Despedidas y celebración

El cortejo fúnebre continuó por el Paseo de las Canteras hasta la Plaza del Pilar, donde leyeron e último de los panegíricos al barrio de Guanarteme: “Lo que antes era la base de la vida, de árboles, huertos y matorrales, hoy se ha convertido en un simple techo que cubre coches. En una ciudad como Las Palmas de Gran Canaria, donde la sombra no es lujo, sino necesidad, esta ausencia se siente más que nunca. Las plazas dejan de ser refugio para convertirse en superficies duras, incómodas, vacías. Y cuando una plaza deja de ser agradable, también deja de ser encuentro. En barrios densos como Guanarteme, donde cada rincón de sombra y encuentro importa, convertir plazas en cubiertas de garajes significa perder algo más que suelo natural. Significa alejarse, una vez más, de la ciudad humana que todavía intentamos conservar”, concluyeron. 

Tras dos horas recorriendo estos lugares emblemáticos del barrio el funeral a ritmo de jazz terminó en el Huerto de la Ventana, un solar “único” de la ciudad, por ser un espacio comunitario autogestionado de encuentro colectivo, social, político y de disfrute, donde pudieron degustar maafé de verduras y papas con mojo de almendras. Así terminaron las vecinas que acudieron al funeral de Guanarteme, conociéndose más, comiendo, bebiendo, celebraron la vida. 

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