Nos molesta la pluma o quizá el armario que todavía llevamos dentro
Todavía hay personas que bajan la voz cuando hablan de un hijo gay.
Todavía hay quienes se preguntan si es el momento adecuado para presentar a su pareja en una comida familiar.
Todavía hay quienes calculan cuánto de sí mismos pueden mostrar según el lugar donde estén, las personas que tengan delante o la reacción que esperan recibir.
No porque tengan miedo a la ley.
No porque teman una sanción.
Simplemente porque, en algún rincón de su conciencia, siguen sintiendo que hay algo que debe decirse con cautela, casi en privado.
Y quizá ahí se encuentre una de las razones por las que el Día del Orgullo sigue siendo necesario.
Hay generaciones enteras que nunca han conocido una España donde amar pudiera convertirse en un problema.
Han crecido en un país donde el matrimonio igualitario forma parte de la normalidad, donde las parejas del mismo sexo son visibles y donde muchas libertades que hoy consideramos evidentes forman parte del paisaje cotidiano.
Y eso es una magnífica noticia.
Porque significa que hemos.
Pero precisamente ahí aparece una paradoja que merece la pena analizar cada vez que llega el 28 de junio.
Cuanto más consolidado está un derecho, más fácil resulta olvidar cómo llegó hasta nosotros.
Las nuevas generaciones han heredado libertades que para otras personas fueron motivo de lucha, rechazo, incomprensión y, en demasiadas ocasiones, sufrimiento.
Hubo un tiempo en que muchas personas ocultaban quiénes eran por miedo. Miedo a perder su empleo. Miedo al rechazo familiar. Miedo a las burlas. Miedo a ser señaladas simplemente por amar a alguien de su mismo sexo.
No ocurrió hace siglos.
Ocurrió en nuestro país.
Y no hace tanto tiempo.
La historia demuestra que los derechos nunca aparecen por generación espontánea.
Nacen porque alguien se atreve a desafiar lo establecido.
Porque alguien decide dejar de esconderse.
Porque alguien soporta críticas, rechazo o incomprensión para que quienes vienen detrás puedan vivir con más libertad.
Por eso conviene recordar.
Porque las leyes pueden cambiar en una legislatura.
La mentalidad de una sociedad tarda generaciones.
Y quizá ahí se encuentre una de las razones por las que el Día del Orgullo sigue siendo necesario.
No únicamente como celebración.
No únicamente como reivindicación.
También como ejercicio de memoria.
Porque resulta difícil valorar aquello cuyo coste hemos olvidado.
En los últimos años hemos visto reaparecer discursos que muchos consideraban superados. Discursos que presentan la diversidad como una amenaza, que ridiculizan la inclusión o que convierten los derechos de determinados colectivos en objeto de discusión permanente.
Pero hay algo que me preocupa incluso más que esos discursos.
La comodidad.
La idea de que basta con repetir determinadas palabras para considerarnos libres de prejuicios.
Porque los prejuicios no desaparecen al mismo ritmo que cambian las leyes.
A veces simplemente aprenden a disfrazarse.
Se vuelven más discretos.
Más elegantes.
Más socialmente aceptables.
Y, precisamente por eso, más difíciles de reconocer.
Quizá por eso el Orgullo trasciende a quienes forman parte del colectivo LGTBI.
Porque, en el fondo, todos conocemos alguna forma de armario.
El armario de quien oculta una discapacidad para evitar prejuicios.
El armario de quien esconde una enfermedad.
El armario de quien calla una situación económica complicada.
El armario de quien disimula una parte de sí mismo para ser aceptado.
Cambian las circunstancias.
Cambian las historias.
Pero el mecanismo siempre es el mismo:
el miedo a no encajar.
Y quizá por eso el verdadero desafío no consiste en preguntarnos qué opinamos públicamente sobre el colectivo LGTBI.
Quizá consiste en preguntarnos qué sentimos realmente.
Sin discursos preparados.
Sin consignas.
Sin necesidad de quedar bien.
Sin miedo a ser juzgados.
Mirándonos al espejo.
Y respondiendo con honestidad.
¿Nos resulta realmente indiferente que dos hombres se besen en una plaza?
¿Nos parece normal que dos mujeres formen una familia?
¿Pensaríamos exactamente igual si se tratara de un hijo, una hija o un hermano?
¿Nos molesta la pluma o nos molesta que alguien se niegue a esconder quién es?
¿Nos incomoda la diversidad o nos incomoda que la diversidad sea visible?
¿Pensamos lo mismo que decimos?
¿Y decimos lo mismo que hacemos?
Tal vez el verdadero progreso no consista en repetir que todos somos iguales.
Tal vez consista en ser capaces de responder honestamente a esas preguntas.
Porque los derechos no se ponen a prueba cuando resultan cómodos.
Se ponen a prueba cuando afectan a nuestra forma de mirar a los demás.
Y quizá el Orgullo siga siendo necesario precisamente por eso.
No porque no hayamos avanzado.
No porque la ley haya fallado.
Sino porque la libertad no consiste únicamente en reconocer derechos sobre el papel.
Consiste también en aceptar, sin reservas ni condiciones, que cada persona tiene derecho a vivir su vida sin esconder quién es.
Tal vez por eso, cada 28 de junio, la pregunta más importante no sea qué pensamos del Orgullo.
Tal vez la pregunta más importante sea qué pensamos realmente.