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Las mujeres que me hicieron

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Las madres tenemos algo de nuestras madres, de nuestras abuelas, de nuestras bisabuelas, de nuestras tatarabuelas.

Se dice que heredamos la información genética y el temperamento de nuestras abuelas maternas y estos valores se van trasmitiendo de generación en generación por el lado femenino. 

De pequeña veía a mi madre como una mujer imponente, la recuerdo con uñas muy largas y rojas, con melena fuerte y vaqueros. Una mujer siempre arreglada, con determinación y aplomo. 

Incansable, lo gestionaba todo sin aliento: la casa, los cuatro hijos y la empresa familiar. 

Botines betunados, uniforme del colegio planchado, libros plastificados y luego nos cortaba el pelo. Siempre estaba presente, sacando las uñas para defendernos si era necesario. 

Mujer justa, inteligente y con carácter, siempre nos dejó caminar según nuestros gustos e inquietudes. 

Es Juana, mi madre. Ahora, abuela de varios nietos y de una nieta, Valentina.

Mi abuela materna Antonia enviudó demasiado pronto y se quedó con muchos hijos a su cargo.

Era mujer de Gregorio, marinero. Ella a veces le acompañaba a pescar a las Islas Salvajes. En tierra, se quedaba al cuidado de los hijos, de la casa y del campo. Mi abuela hacía la ropa a sus hijos, remendaba y hacía rosetas. Me regaló su cojín de roseta que hoy, muy a mi pesar, no encuentro. 

Era campesina, artesana y marinera. Mujer de Mar y Tierra, de Órzola, pueblo marinero de Lanzarote.

La recuerdo fuerte, grande, imponente y de pocas palabras. Siempre con los suyos, que eran sus hijos y sus hijas. 

De pequeña me gustaba corretear por su casa y hacer ruido pasando las manos por el revestimiento que adornaba el pasillo.

Recuerdo jugar con una bola de cristal que tenía en una ventana. Le daba vueltas para ver caer los copos de nieve y ahí yo entraba en bucle, dándole vueltas, vueltas y más vueltas ante la mirada de mi abuela, que nunca me dijo “para de jugar con eso” o “para de corretear por el pasillo”. Ella tenía la paciencia, el tiempo y la dedicación para dejarme ser. 

El lugar con más encanto era la cocina. La recuerdo allí haciendo la masa de los rosquetes y nosotros, mis hermanos y yo, con nuestras pequeñas manos dándole forma a la masa. 

Mi abuela era hija de otra gran mujer, Rafaela, que salía de madrugada para trabajar las tierras. También cogía carnada para que su marido pescará viejas. Tuvo muchos chinijos. Mi madre cuenta que mi bisabuela materna controlaba mucho dinero, quizás era la que más tenía de todo el pueblo de Órzola. 

Mi madre aún la recuerda con su delantal, la falda hasta el tobillo y su pañuelo que hacía las veces también de cartera para llevar el dinero. 

Rafaela tuvo una cantina donde se hacían los bailes del pueblo. Tenía cabras, burras, gallinas y muchas tierras. En su casa nunca faltaba grano, carne, ni pescado. Mi madre me cuenta, mientras sonríe, que le parece verla sentada con su cuchillo gastado (nunca se tiraba nada) pelando papas para freírlas con unos huevos para cenar. 

Una vez al año, Rafaela mataba un cochino negro y hacía un gran puchero con verduras y grano para la familia y para la gente del pueblo. Lo cocinaba con leña sobre los teniques (piedras para sostener la olla) y lavaba las tripas en la marea, donde está ahora el varadero de Órzola, para hacer morcilla.

Rafaela fue una mujer que sufrió viendo ir a la guerra a algunos de sus hijos y que fue feliz ante su vuelta. 

En casa de Rafaela se daba clase a los niños y a la gente mayor que quería aprender a leer y a escribir en el pueblo. 

Mi tatarabuela Delfina era bajita, pero muy fuerte. A mi madre aún le parece verla sentada en el chaplón de su casa. Delfina, vivía detrás de Rafaela. Tenían casas muy grandes.

Al recordarlas, seguramente mi madre las estará viendo: a Delfina, a Rafaela, a Antonia. 

Yo me las imagino a todas juntas, sentadas en un chaplón, hablando, con la curiosidad de ver y conocer a las mujeres de esta familia, de saber de mí y de mi maternidad, asombradas por el tiempo sin tiempo de ahora, por el campo olvidado y por su pueblo, que dejó ser pueblo marinero.

Mi madre me ha regalado su historia y la mía. A estas mujeres les dedico estas palabras hiladas con respeto, cariño y admiración. Mujeres de Órzola, mujeres fuertes, madres. 

Delfina, madre de Rafaela. 

Rafaela, madre de Antonia. 

Antonia, madre de Juana.

Juana, madre de Mary.

Mary, madre.