Esto ya no es lo que era
“Esto ya no es lo que era” es una frase que se oye cada vez más en la cola del supermercado o al estar en el transporte público. La pronuncia gente de todas las edades, y la verdad es que no siempre resulta fácil saber si es nostalgia o diagnóstico. Probablemente sea un poco de las dos cosas. Cada generación ha creído que la siguiente venía a estropearlo todo y, sin embargo, ahora se respira algo distinto. No se trata del fin de la civilización, sino de una erosión lenta, casi silenciosa, de aquello que permitía convivir sin necesidad de estar de acuerdo en todo. Lo primero que se ha resentido es la confianza en el entorno, en los servicios públicos, en los medios de comunicación o en la propia administración. Cada cual en su casa (quien la tenga), con su pantalla, mientras las calles se quedan cada vez más solas. Y una sociedad que desconfía de sí misma se vuelve más frágil, más irritable y bastante más fácil de manipular. La desconfianza, además, se contagia. Quien no cree en nada termina por no participar en nada, y ese vacío lo ocupa siempre alguien con menos escrúpulos.
A todo ello se suma el fenómeno del progresivo envejecimiento de la población. Conviene decirlo con cuidado, porque la edad no tiene culpa de nada y aporta experiencia, memoria y una serenidad que hace mucha falta. Pero una sociedad que envejece de forma sostenida también acumula cansancio, y ese cansancio colectivo se confunde con facilidad con la decadencia. Cuando pesan más los recuerdos que los proyectos, cualquier cambio se vive como una pérdida. Quizá parte de lo que se percibe como degradación no sea otra cosa que fatiga.
Y es que la tecnología, que prometía conectar, ha resultado ser un arma de doble filo. Nunca había existido tanta información al alcance de la mano y, paradójicamente, nunca había costado tanto distinguir un dato de un bulo. Las redes sociales premian el grito antes que el argumento, de modo que quien piensa distinto deja de ser alguien con quien discutir para convertirse en alguien a quien derrotar. Tampoco conviene culpar solo a los algoritmos, claro. Amplifican lo que hay, pero no lo inventan. La atención se ha convertido en una mercancía, y la serenidad, en un pequeño lujo.
El bolsillo también explica mucho. Durante décadas, el pacto implícito era sencillo, y quien estudiaba y trabajaba viviría mejor que la generación anterior. Ese ascensor social se ha atascado para buena parte de la juventud, que encadena contratos que retrasan su emancipación y ve a la vivienda como un horizonte que se aleja. Si el esfuerzo deja de garantizar un futuro, la frustración busca culpables, y no siempre los encuentra donde están. Y cuando una parte de la sociedad siente que el sistema ya no la protege, deja también de defenderlo. Por eso la desigualdad no es solo una cifra en un informe, sino un disolvente lento de la cohesión.
Ahora bien, sería injusto, y además falso, pintar un cuadro únicamente sombrío. Basta pasar por un banco de alimentos o por cualquier pueblo de las Islas después de una tragedia para comprobar que la solidaridad sigue viva, aunque haga mucho menos ruido que el odio. La degradación no es un destino escrito, sino la suma de pequeñas renuncias cotidianas, y por eso mismo puede revertirse con decisiones igual de cotidianas.
Recuperar la conversación sin insultos, exigir a quienes gobiernan, sean del color que sean, que dejen de alimentar la trinchera, recuperar también el valor de lo común, tender puentes entre generaciones en lugar de enfrentarlas, y, sobre todo, volver a mirarse a la cara es prioritario porque una sociedad no se degrada de golpe. Se va dejando, como una casa que nadie cuida. La buena noticia es que todavía hay tiempo de abrir las ventanas para que corra el aire.