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Antes del Nuevo Mundo: el laboratorio franciscano de derechos humanos en Canarias

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En 2026 celebramos en todo el mundo el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís. Pero ¿por qué hablar de él en relación con las Islas Canarias, un archipiélago que dista miles de kilómetros de la Umbría donde nació?

La vida de Francisco no fue un hecho aislado, sino el inicio de una transformación en la forma en que Occidente mira al “otro”.

El legado del Poverello convirtió a Canarias en un verdadero laboratorio de la modernidad: desde el primer diálogo interreligioso hasta la primera gran batalla por los derechos humanos contra la esclavitud.

A lo largo del siglo XIII, la Orden de los Frailes Menores desplazó su horizonte desde el eremitismo contemplativo hacia una misión global. Cumpliendo el mandato de Francisco (vadant per mundum), los franciscanos reinterpretaron el mar: el Atlántico dejó de ser una frontera infranqueable (limes) para convertirse en un puente de conexión. Formados en centros de vanguardia en ciencias y artes —bajo el influjo de mentes como Roger Bacon—, los frailes embarcados no solo ofrecían asistencia espiritual o médica, sino conocimientos astronómicos y matemáticos esenciales para calcular la latitud mediante astrolabios y tablas astronómicas.

La penetración atlántica unió los intereses de la República de Génova y la Iglesia. Ya en 1291, la expedición de los hermanos Vivaldi llevó a bordo a dos Frailes Menores, fijando un nuevo paradigma: el mercader y el fraile unidos en un mismo viaje.

En este contexto emerge la familia guelfa de los Malocello, con lazos de sangre con los papas Inocencio IV y Adriano V. Documentos ingleses de la época nos muestran a Anthony Malocelli moviendo enormes capitales para financiar catedrales y obras piadosas. Esta solidez financiera explica cómo Lanzarotto Malocello pudo transformar, hacia 1312, un viaje marítimo en un asentamiento duradero en Lanzarote.

El historiador Tomás Arias Marín de Cubas nos revela que Malocello operaba bajo el amparo de la corona angevina de Nápoles. Su permanencia de más de veinte años se basó en la tríada jurídica de paz, trato y comercio. No impuso un dominio colonial violento: construyó un castillo defensivo, pero apostó por un puesto comercial basado en la confianza mutua con los nativos, creando un espacio seguro para una evangelización discreta.

Su éxito quedó plasmado en el célebre mapa de Angelino Dulcert de 1339, que dibuja por primera vez la Insula de Lanzarotus Marocellus con la bandera de Génova. El topónimo sobrevivió intacto a todas las conquistas posteriores, demostrando el impacto moral de un encuentro pacífico. Este clima de respeto dejó huellas proféticas en la memoria indígena, como los mitos de Jone en El Hierro o Eiunche en La Gomera, que anticipaban la llegada de hombres del mar con un mensaje sobre un Dios celestial.

Sin embargo, en 1341 el equilibrio se rompió. La expedición portuguesa de Corbizzi y Niccoloso da Recco —recogida por Boccaccio en De Canaria— desveló a Europa las riquezas del archipiélago. A partir de las incursiones mallorquinas de 1342, la lógica del comercio fue sustituida por la depredación esclavista. Ante la rebelión de los nativos y el martirio de los frailes que permanecieron como garantía de paz, la Iglesia de Aviñón decidió intervenir.

En 1344, Clemente VI creó el Obispado de la Fortuna y, poco después, en 1351, se puso en marcha el experimento de Telde en Gran Canaria. Liderados por Joan Doria, los religiosos vivieron casi cuarenta años entre los guanches, aprendiendo su lengua y proponiendo —nunca imponiendo— el Evangelio. Aunque las incursiones de traficantes de esclavos terminaron provocando la trágica reacción de los nativos contra la misión, Telde demostró que una vía basada en la fraternidad universal era posible.

¿Sobre qué bases intelectuales se apoyaba este diálogo? Para entenderlo debemos recurrir al genio de Raimundo Lulio.

En una Europa que a menudo consideraba a los indígenas criaturas inferiores, los franciscanos lulianos proclamaron que los guanches eran Veri Homines: seres humanos dotados de razón y alma. Si el otro posee razón, no se le somete con la espada, sino que se le convence con la lógica.

Para ello utilizaron el Ars Magna de Lulio: una suerte de “ordenador de papel” compuesto por diagramas y discos giratorios para combinar las Dignidades Divinas (Bondad, Grandeza, Eternidad). Dado que casi todas las culturas reconocen que Dios es supremo y bueno, los frailes partían de esos puntos comunes para razonar pacíficamente sobre la fe.

Asimismo, comprendieron que no se puede llegar al alma de un pueblo sin su idioma. Misioneros como Joan Doria y Bonant de Porto redactaron los primeros vocabularios de la lengua indígena. Gracias a teóricos como Thomas Le Myésier y su obra Electorium, los frailes combinaron la teología con la medicina y la observación natural, analizando la dieta, la sociedad y las costumbres guanches con una precisión sin precedentes.

Con la llegada del siglo XV y la conquista señorial de Jean de Béthencourt en 1402, el clima cambió drásticamente. El paisaje se desgarró entre la Cruz y la Espada.

Al ver a familias enteras ser capturadas y vendidas en Sevilla y Lisboa, los franciscanos no eligieron el silencio. Enviaron informes clandestinos a la Curia Papal denunciando que los nativos eran pacíficos, que la “guerra justa” era una mentira y que la violencia traicionaba el Evangelio.

Esta presión logró un hito histórico. Entre 1434 y 1435, el Papa Eugenio IV promulgó la bula Sicut Dudum, considerada el acta de nacimiento de la sensibilidad moderna por los derechos humanos:

a) declaró oficialmente a los nativos canarios como seres humanos dotados de razón.

b) ordenó, bajo pena de excomunión, la liberación inmediata de todos los esclavos en un plazo de quince días.

c) estableció que la libertad era un derecho incondicional de todos, estuvieran o no bautizados.

Aunque la codicia de los mercaderes intentó frenar el decreto, el precedente jurídico y moral quedó sentado. Sin la batalla franciscana en Canarias, no habríamos tenido la posterior defensa de los indígenas americanos por parte de Bartolomé de las Casas.

Con la rendición de Gran Canaria en 1483 y la creación de la Diócesis de Las Palmas, la era de los pioneros dio paso a una estructura estable. Los franciscanos multiplicaron sus conventos en Lanzarote, Fuerteventura, Tenerife y La Palma, convirtiéndolos en centros de integración social donde europeos y nativos convivían, así como en hospitales, escuelas y custodios de la memoria histórica.

El balance de esta presencia es claro: En lo etnográfico: Desmitificaron al indígena, transformándolo de un “salvaje” a un interlocutor racional. En los derechos humanos: Establecieron que la verdadera misión jamás se pone al servicio del poder, sino que actúa como escudo de los vulnerables.

Cuando en 1492 las naves de Cristóbal Colón hicieron escala en Canarias antes de cruzar el océano, no solo llevaron provisiones, sino todo un modelo de evangelización, aprendizaje lingüístico y defensa jurídica que se aplicaría en el Nuevo Mundo. Canarias fue el banco de pruebas donde se forjó el concepto de humanidad universal.

San Francisco de Asís, a través de sus frailes en el Atlántico, nos demostró que la verdadera grandeza de una civilización no se mide por el alcance de sus conquistas ni por el valor de sus mercados, sino por su valentía para desarmar la mirada y reconocer en el otro a un hermano.