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“Este orden mundial ya no existe”

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El secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, pronunció el pasado fin de semana un discurso importantísimo, diría que histórico, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, una reunión que congregó a jefes de Estado, ministros, diplomáticos y expertos para abordar los principales desafíos globales de Seguridad. Se trata de un discurso que cualquiera que tenga curiosidad por el mundo que viene en los próximos años debería leer con el mayor interés posible.    

Es obvio que las decisiones que día a día toma Donald Trump en su agresiva política internacional han tensionado de manera inaudita la relación entre los Estados Unidos y la Unión Europea. Pero en esta conferencia de Múnich, el discurso de Marco Rubio, en un tono supuestamente conciliador con Europa, se convirtió en una especie de manifiesto norteamericano sobre el mundo que viene, sobre la reconfiguración total del orden global con el que sueña la administración presidida por el magnate norteamericano. 

Rubio partió de la siguiente premisa: Occidente se encuentra en un “declive organizado” y la única forma de frenarlo es mediante una “revitalización” civilizatoria basada en la herencia cristiana, el linaje compartido y un orgullo histórico que rechace cualquier tipo de “culpa por el pasado”.  

Ahí me voy a detener, porque estas palabras de Rubio han caído como un jarro de agua fría entre los países africanos: la única interpretación posible refiere que las naciones occidentales deben dejar de arrepentirse por el colonialismo o la esclavitud.  

Para la administración norteamericana, la desindustrialización de las sociedades norteamericana y europeas entregó las llaves de sus cadenas de suministro a los rivales estratégicos (en una clara alusión a China). Así que la solución propuesta por Rubio fue la de proponerle a Europa que se convierta en un socio capaz de cualquier cosa (habló directamente del uso del “poder duro”) para forjar “un nuevo siglo occidental” a través del control tecnológico y de los recursos. Planteó, pues, la creación de una cadena de suministros occidental para minerales clave “protegida de la extorsión de otras potencias” (léase China otra vez). 

En este nuevo mundo, donde instituciones como la ONU son “el viejo orden”, esta alianza occidental que planteaba Rubio deberá acabar con “las medidas energéticas creadas para apaciguar a una secta climática” y poner fin “a la ola, nunca antes vista, de inmigración masiva que pone en peligro la cohesión de nuestras sociedades y la continuidad de nuestra cultura”. Honestamente, no sé ni qué decir ante la pasmosa claridad con que se expresan estos dirigentes: desde el negacionismo climático al rechazo al consenso, a la justicia internacional y a los Derechos Humanos más básicos. 

Y permítanme vincular todo esto a África, porque en todo este discurso de Rubio, África y sus materias primas están en el centro de todo. Lo que nos estaba diciendo el dirigente norteamericano haciendo este llamamiento civilizatorio es que ahora toca ejercer el poder duro para asegurarnos los minerales africanos aún en manos de los chinos. Y avisaba de que, si Europa no está con ellos, lo harán igualmente solos. 

Ante estos mensajes y en la misma Conferencia de Múnich, el canciller de Alemania, Friedrich Merz, se llevó buena parte de los titulares al afirmar en su intervención que “este orden mundial ya no existe”. Un claro mensaje para los europeos de que, ante la deriva tomada por los Estados Unidos, Europa debe asumir mucha más responsabilidad en lo que se refiere a su seguridad. Es lo que llaman la autonomía estratégica: los norteamericanos ya lo dejaron claro en su documento sobre la política exterior, del que ya escribimos hace unas semanas, en el que abiertamente admitían su voluntad de favorecer en Europa el auge de los gobiernos que se ajustan a la línea de pensamiento adoptada por Trump. 

¿Y los africanos? Pues es llamativo el hecho de que mientras el mundo atendía a lo sucedido en Múnich, al mismo tiempo la Unión Africana, el pasado sábado, reunía a sus jefes de Estado en Adís Abeba, Etiopía, país donde se ubica su sede, para celebrar su reunión anual. Como ya es habitual, la trascendencia mediática de una cumbre de la Unión Africana ha sido escasa a nivel global.  

Es evidente que África ya está siendo el escenario de una feroz y agresiva competencia multipolar por sus minerales, una competencia no solo China-Estados Unidos, sino que implica a la Unión Europea, a Rusia o a potencias regionales como los Emiratos Árabes, Arabia Saudí o Turquía.  

En Etiopía, los líderes africanos abordaron el acceso al agua potable (un problema para 400 millones de personas en el continente) y el saneamiento básico. Se discutió la aceleración de la Zona de Libre Comercio Continental Africana (AfCFTA) como motor de transformación y se avanzó en la agenda de justicia histórica y reparaciones por el colonialismo y la esclavitud. Este pasado 2025, precisamente, fue el año que la Unión Africana bautizó como el de las Reparaciones Históricas.  

Es curioso, pues, que mientras Marco Rubio hablaba de rechazar la culpa y la vergüenza, la UA debata un estudio para valorar el procedimiento legal para conseguir que la colonización y la historia reciente de las potencias colonizadoras en África sean reconocidas como un crimen contra la humanidad y que ciertos actos de la época de la esclavitud se consideren como actos de genocidio contra los pueblos africanos.  

Esta pugna geopolítica está avanzando día a día, noticia a noticia. Casi en paralelo al discurso de Rubio, China anunciaba la supresión de los aranceles a 53 países africanos a partir de mayo de 2026. China, que controla el procesado de la mayor parte de los minerales críticos africanos, defendió a través de su ministro de Exteriores, Wang Yi, la existencia “de un sistema global basado en normas”. Prácticamente en el lado opuesto de los Estados Unidos, los chinos abogan ahora ante sus socios africanos por una estrategia de apertura comercial y pragmatismo político, apelando siempre al principio de ‘no injerencia’ en asuntos políticos nacionales, o lo que es lo mismo, sin preocupación por la calidad democrática de sus contrapartes africanas (CCC).  

Las palabras de Rubio, de hecho, han desatado reacciones obviamente muy contrariadas no solo entre jefes de Estado africanos, sino también entre destacados académicos, incluso entre organizaciones no gubernamentales. El presidente sudafricano, Ramaphosa, que ya ha tenido importantes disputas diplomáticas con los Estados Unidos, advirtió que África debe oponerse “a una nueva forma de colonialismo” donde las economías externas motiven toda la relación en el control de los minerales africanos.  

Es aquí donde, a ojos de los africanos, hace falta plantarse. El presidente sudafricano explicó que el continente debe evitar la exportación de “roca, suelo y polvo” y procurar que todos los minerales generen valor añadido, es decir, que sean procesados en suelo africano. Para ello, iniciativas como la AfCFTA, el gran mercado común africano, tienen más sentido que nunca, para protegerse ante esta jauría depredadora alrededor de los minerales.  

Es obvio que, ante el mundo que nos viene, los africanos también trabajan, y bien que hacen, en tratar de conseguir una posición de fuerza unitaria que les permita ser mucho más que un repositorio de minerales valiosos. Les queda mucho por hacer.  

Quisiera terminar este artículo remitiéndome a otra frase, esta que pronunció el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, ante los jefes de Estado africanos en Adís Abeba: “Estamos en 2026, no en 1946”. Con ella, el portugués aludía al hecho de que la arquitectura del poder mundial sigue anclada en la posguerra y excluyendo al continente de las cuestiones importantes. A día de hoy, por ejemplo, sigue sin haber presencia fija africana en el Consejo de Seguridad de la ONU. África sabe que el orden mundial ha cambiado, que ciertamente, como dice Merz, “ya no existe”, pero en el nuevo orden mundial quieren y pueden jugar un papel propio, de tú a tú, más allá de bloques y superpotencias.