Las palabras que nos identifican
Aunque no carezcamos de alguna que otra palabrita de cosecha propia, como lapero (‘paleta para arrancar lapas de las rocas’), millero (‘especie de pájaro granívoro’), malpaís (‘terreno cubierto de lava’) o letime (‘orilla de un precipicio’), por ejemplo (construidas generalmente, eso sí, sobre la base de las que nos donaron otros (lapero, sobre el castellano lapa, millero, sobre el portugués milho, malpaís, sobre el francés mouvais pais, y letime, sobre el guanche time), la mayor parte del vocabulario que utilizamos los canarios para significar y organizar el mundo que nos rodea ha sido creado por gentes de fuera de las Islas, que, en muchos casos, ni siquiera las conocían.
En primer lugar, la inmensa mayoría de las voces que empleamos para designar a las personas, los animales, las cosas, las cualidades, los sentimientos, las emociones, los deseos, las virtudes, los vicios, los pensamientos y las acciones más frecuentes de nuestro vivir cotidiano y que nos ubica en las coordenadas del mundo occidental fueron creadas por los castellanos. Es el caso de formas tan comunes como mano, corazón, cabeza, comer, venir, saltar, romper, seguir, sueños, conducir, negro, bueno, malo, ilusión, alto, bajo, ir, esperar, mesa o montaña, que cultivaron y enriquecieron con su talento y arte autores como Alfonso X el Sabio, el Arcipreste de Hita, Juan Manuel, Fernando de Rojas, San Juan, Santa Teresa, Cervantes, Góngora, Quevedo, Bécquer, Unamuno, Juan Ramón Jiménez o Lorca, y que proceden, a su vez, de la lengua latina, cuyos autores (Plauto, Horacio, Cicerón, Tácito, Tito Livio, César, Virgilio, los padres de la Iglesia) cultivaron y enriquecieron a su vez con su propia inventiva.
En segundo lugar, algunas de las palabras con que designamos ciertos elementos de nuestro mundo material y espiritual, fueron creadas por el antiguo pueblo griego. Es el caso de formas como orégano, jibia, baño, cámara, bodega, ampolla, ánfora, cuerda, jalma, ancla, zampoña, ángel, evangelio, demonio o cítara, que cultivaron y enriquecieron autores como Homero, Platón, Aristóteles, Sócrates, Demóstenes, Esquilo, Sófocles o Aristófanes.
En tercer lugar, determinadas expresiones que nos sirven para designar cosas relacionadas con la guerra, objetos de uso diario y comportamientos diversos fueron creadas por los pueblos germánicos que invadieron la península ibérica entre los siglos VI y VII de nuestra era. Es el caso de formas tan comunes como guerra, heraldo, bando, rapar, brotar, hato, albergue, espuela, guarecerse, tregua, bramar, ropa, espía o guardián, que andando el tiempo cultivaron y enriquecieron autores como Goethe, Tomas Mann, Rilke, Heine, etc.
En cuarto lugar, muchas de las palabras con que nombramos infinidad de productos agrícolas, ropa, cargos administrativos, comida, las matemáticas, la alquimia, determinados objetos domésticos, etcétera, fueron creadas por los árabes. Es el caso de formas tan comunes en nuestra vida diaria como alubia, zanahoria, alfalfa, azafrán, algodón, aceituna, naranja, arroz, acelga, taza, jarra, alfiler, alfombra, arancel, atalaya, tambor, alférez, jinete, acequia, aljibe, alberca, aduana, almacén, quintal fanega, alcoba, azotea, albañil, tabique, azulejo, alcantarilla, albóndiga, albornoz, babucha, laúd, ajedrez, alcalde, alguacil, cero, cifra, álgebra o alcohol, que cultivaron y enriquecieron pensadores, médicos y escritores antiguos como Averroes, Avicena, Avempace, Mahmud, Muqqadam, Ben Quzmán Rashi, Yehudah Halevi o Najmanides.
En quinto lugar, ciertas palabras que usamos para designar la gastronomía, el ejército, los accidentes del terreno, etc., fueron creadas por los franceses. Es el caso de formas tan comunes como jardín, mareta, malpaís, sargento, capó, cabaré, carné, chalé, chófer, complot, debut, masacre, restaurante, tour, menú, garaje o filete, que cultivaron y enriquecieron autores antiguos como Villón, Rabelais, Descartes o Moliere y, más recientemente, Balzac, Víctor Hugo, Mallarmé, Flaubert o Stendhal.
En sexto lugar, no pocas de las voces con que designamos los vestidos, la técnica, el comercio y el deporte fueron creadas por los ingleses. Es el caso de formas tan comunes como jersey, suéter, váter, powerpoint, fútbol, gol, máster, bar, chat, confort, gol, jeans, lunch, parking, poster, sándwich, short, show, stop o güiqui, que cultivaron y enriquecieron autores como Chaucer, Shakespeare, Stern, Defoe, Bernard Shaw, Dickens, Byron, etc.
En séptimo lugar, una porción considerable de las palabras con que designamos los canarios determinados elementos de la vida doméstica, la pesca, la agricultura, la artesanía, la gastronomía, las enfermedades, etcétera, fueron creadas por los portugueses. Es el caso de formas tan comunes como potala, jeito, mojo, millo, caldera, magua, maresía, guincho, andoriña, enchumbarse, fechillo o cherne, que cultivaron y enriquecieron autores de la talla de un Camõens, un Antero de Quental, un Pessoa, un Raul Brandão, o un Saramago.
Y, en octavo lugar, algunas palabras que usamos los canarios para designar determinados elementos de la flora, la fauna, la vida pastoril y el mundo doméstico fueron creadas por los bereberes que habitaban las Islas al tiempo de la conquista. Es el caso de formas tan comunes como goro, beletén, tafeña, tabaiba, tajinaste, perinquén, guirre, tajorase, gambuesa, taferte, taro, tafor, chagüiguo, eres, tajaraste, gofio, etc., que también fueron cultivadas y enriquecidas por sus humildes poetas populares, que, con toda seguridad, como todo pueblo del mundo, poseía la sociedad canaria prehispánica.
Todas estas voces, sin excepción alguna, definen a los canarios, porque son las que les permiten ver el mundo que los rodea y comunicarse con sus semejantes. Por eso puede decirse que tan canarias como las voces regionales gofio, guagua, guirre, perinquén, papas arrugás, alongarse o mojo son las voces generales mano, corazón, cabeza, comer, dormir, bueno, malo o alto, que compartimos con el resto del mundo hispánico. Y no sé si más, porque tanto su frecuencia como su campo de usos son mucho más amplios que los de aquellas. Somos continuación de nuestros antepasados, que echaron nuestras raíces. Por eso, no es ningún disparate decir que los viejos indoeuropeos, los romanos, los griegos, los castellanos, los árabes, los franceses, los portugueses, los ingleses y los bereberes prosiguen oscuramente en nuestra sangre y en nuestras mentes; principalmente en nuestras mentes, a través de sus palabras y su cultura. Llevamos dentro de nosotros de forma imperceptible a Platón, Horacio, Averroes, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Flaubert, Antero de Quental. Vivimos de las palabras y las cosas que ellos forjaron con su sensibilidad e inteligencia y que nos transfirieron con el correr del tiempo. A ellos debemos el bastón, la moneda, el reloj, la columna, el techo, el llavero, la cuchara, el cuchillo, la cerradura de las casas, los libros, las barajas, el atlas, las copas, los clavos, el vino, la cerveza, el güisqui, etc. Ninguna de estas palabras y cosas tan importantes para la vida material y espiritual del pueblo canario, en particular, y para el resto de la gente del mundo, en general, surgieron por generación espontánea en la naturaleza ni fueron creadas por él en su soledad insular, sino que fueron inventadas por el ingenio y trabajo de la gente que acabamos de citar. Con tales palabras llevamos la historia de Europa y de España en nuestras mentes y en nuestros corazones, desde la rueda hasta las nuevas tecnologías, pasando por las guerras púnicas, los Escipiones que conquistaron la península ibérica, la reconquista, los Reyes Católicos, los Austrias, los Borbones, el descubrimiento, la conquista y la colonización de América, la Revolución francesa, las dictaduras militares que hemos tenido que sufrir, la transición democrática del 78, etc. No olvidemos que, como dice Borges, “un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos”. No somos sólo memoria, como es habitual creer. Somos mucho más que eso. Somos también las intuiciones de las cosas que tenemos ligadas a nuestras palabras, aunque se trate de entes inconscientes.
En realidad, lo que hemos hecho los canarios es dar un barniz particular a las voces y las cosas que hemos recibido de otros, dejar nuestra impronta en su significación y en su pronunciación, en función de nuestra propia realidad, circunstancias históricas, anhelos e ilusiones. Las palabras mar, bodega, mojo, botar, virar, piedra, agua, pan, mañana, ensenada, zanja, aire o rezón, por ejemplo, tienen en Canarias una pronunciación y un sentido particulares, dentro de su identidad general, una pronunciación y un sentido que no tienen sus correspondientes en Castilla, Grecia o Portugal. El mar, las bodegas, las montañas, las llanuras, etc., de Canarias son distintos del mar, las bodegas, las montañas y las llanuras de Castilla o del resto del mundo porque distintos son sus referentes y el sentimiento que el insular tiene de ellos. ¿Dónde hay un puerto como el de Santa Cruz? ¿Dónde unas montañas como las del Fuego o la de Tindaya? ¿Dónde un mar con el de Las Calmas? ¿Dónde unos roques como El Nublo o Garajonay? ¿Dónde una caldera como la de Taburiente? El nombre rezón tiene en nuestra tierra una pronunciación particular, la pronunciación rozón, que no encontramos en el resto de las variedades del idioma. El bote de pesca o barquillo de los canarios tiene el matadero protegido por una especie de media caña u otro material (lasca la llaman los pescadores), que no existe en el bote de pesca de Andalucía o Portugal, de donde procede el insular. En las voces comer, alto, barranco y mar, por ejemplo, de los canarios hay experiencias que no hay en las voces comer, alto, barranco y mar de los castellanos, andaluces o americanos. Todas las voces que se emplean en las Islas, sean de origen castellano o no, están impregnadas de la experiencia particular de nuestras gentes, de su entorno y de su sensibilidad. Las lisas, las salemas, los meros, los sargos de Canarias no son las lisas, las salemas, los meros, los sargos de Andalucía, Castilla o Cuba, sino lisas, salemas, meros, y sargos particulares. Por eso, a pesar de su carácter general, los nombres lisa, salema, mero y sargo son tan canarios como los nombres gofio, guagua o tajinaste.
En muchas ocasiones, el cambio afecta a la forma general que se elige para significar la experiencia. Así, mientras que la gente de la península suele significar las referencias ‘canuto de fuego de artificio que vuela’, ‘ir de un lugar a otro dando pasos’, ‘sujetar con ligaduras o nudos’, ‘varilla de cera, madera o cartón con cabeza de fósforo que se enciente al frotarlo’, bola pequeña que usan los niños para jugar’, ‘cambiar de dirección’, ‘echar fuera a alguien o algo’ y ‘hacer fuerza para atraer hacia sí’, por ejemplo, con las voces generales cohete, caminar, atar, cerilla, canica, girar, expulsar y tirar, respectivamente, la gente de Canarias suele preferir las expresiones también generales volador, andar, amarrar, fósforo, boliche, virar, botar y jalar, que las significan de forma sustancialmente distintas.
Esta es la aportación que hemos hecho los canarios a la construcción de la civilización occidental: dar un sentimiento distinto a las palabras de todos o simplemente ampliar su ámbito de referencia; una aportación que no se explica sin tener en cuenta lo heredado, porque no otra cosa que aplicación o desarrollo de ello es. El sentido ‘hacer cambiar a uno de idea o pensamiento’ con que empleamos los canarios el verbo virar no puede explicarse sin la significación invariante de ‘inversión puntual de la orientación’ que esta voz implica constante e invariablemente, porque no otra cosa que un matiz contextual de ella es; el sentido de ‘pasado con repercusiones en el presente’ que damos a la perífrasis verbal he-participio no puede explicarse sin tener en cuenta la significación invariante ‘tengo en mí acabada la acción designada por el participio’ que la misma implica constante e invariablemente, porque no otra cosa que una orientación de sentido de ella es. Acaso la aportación más grande de Canarias a la historia de la humanidad se encuentre en su propia gente, gente de alma viajera como andoriñas, que se regó por el mundo desde muy temprano, llevando con ella su sangre, sus palabras y su cultura a pueblos nuevos y no tan nuevos. Ahí están Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, Venezuela, Uruguay, Argentina, Luisiana, Madeira, el Sahara, etc., para demostrarlo.
Sí, los canarios de hoy tenemos que reconocer que no somos otra cosa que una extensión de los pueblos indoeuropeos y una concreción más de la especie humana. Incluso cosas que se consideran tan peculiares de Canarias como el silbo gomero, el gofio o la guagua las comparten los isleños con otros pueblos del planeta. El lenguaje silbado, con los bereberes del norte de África, los griegos de Eubea, los turcos del Kusköy y los tepehuas de México. La harina de granos tostados que llamamos gofio, con los argentinos, los chilenos, los mejicanos, los bolivianos, los peruanos, los ecuatorianos, los venezolanos, los colombinos y los tibetanos, que la designan con los nombres de ñaco, pinole, máchica, fororo, chancarina y tsampa, respectivamente. La voz guagua, con los cubanos, los puertorriqueños, los dominicanos y los ecuatoguineanos. Lo que aporta cada pueblo a la cultura del mundo es siempre muy poco; generalmente, pequeñas modificaciones de lo que ha heredado de los otros. En realidad, no somos nada sin ellos. Y este “no somos nada sin ellos” hay que entenderlo tanto hacia el futuro como hacia el pasado. No es sólo que no podamos hacer nada importante sin la colaboración del resto de la humanidad. Por eso, sería absurdo cerrarse al mundo. Es que tampoco podemos explicar nuestro pasado sin él, porque fueron los otros los que echaron nuestras raíces, desarrollaron nuestro tronco y nos dieron cabeza para pensar; sobre todo, nos dieron cabeza para pensar. El ser humano sólo existe dentro de la tradición.
El pueblo canario no nació en el siglo XV, con la conquista y colonización de las Islas, como es habitual creer, sino que empezó a forjarse desde por lo menos el siglo X antes de Cristo, en las estepas de la Europa oriental, para luego enriquecerse con la aportación de romanos, griegos, árabes, germanos, franceses, ingleses, portugueses o bereberes insulares. Pueblo de cultura y lengua mestizas, por tanto, como el resto de los pueblos del planeta. No nacimos el otro día. Somos hijos de una tradición milenaria. La forja de lo que somos empezó mucho antes de que nos llamáramos canarios. Por eso, sin estudiar las palabras y las cosas de todos los pueblos citados (los pueblos indoeuropeos (griegos, latino, neolatinos, germánicos), el pueblo árabe, el pueblo bereber, etc.), no podemos explicarnos ni entendemos las gentes de las Islas. Si queremos tomar conciencia verdadera de lo que somos, tenemos que ir más allá de lo que llamamos “palabras y expresiones nuestras” y estudiar las palabras de todos, esas palabras que vienen rodando desde la noche de los tiempos hasta los albores de nuestros días y que son las que dan luz al mundo en que vivimos.
Y, si la inmensa mayoría de las voces con que significamos y organizamos el mundo nos rodea nos han llegado desde más allá de nuestras fronteras físicas, si quienes nos han modelado han sido las cabezas de los pueblos indoeuropeos más antiguos y sus creadores, del pueblo griego y sus creadores, del pueblo romano y sus creadores, del pueblo árabe y sus creadores, del pueblo bereber insular y sus creadores, del pueblo portugués y sus creadores, del pueblo inglés y sus creadores y del pueblo francés y sus creadores, entonces ¿por qué consideran ciertos canarios que su pueblo es una suerte de pueblo venusino, un pueblo surgido de las espumas del Atlántico? ¿Por qué hay canarios que piensan que no deben nada a los demás? No hay ninguna razón para sentirnos especiales, porque no somos otra cosa que una minúscula parte del género humano. Esos pujos de originalidad absoluta tan habituales en el mundo actual están más determinados por razones económicas o políticas o por temor a que el otro ignore lo poco que hemos aportado al mundo de todos que por razones históricas objetivas. Reivindicamos lo que hemos aportado al patrimonio de todos para sentir que somos algo.