Las ratas de Clavijo. Cuando el miedo se convierte en política también deja heridas
¿Se acuerdan de las ratas?
Durante unos días ocuparon titulares, tertulias, redes sociales y declaraciones políticas. Se convirtieron en el símbolo de una polémica que llevó a Canarias a las portadas nacionales e internacionales.
Y quizá convenga volver atrás.
No para hablar de ratas. Para hablar de miedo y de memoria.
Porque hubo un momento en el que desde Canarias se lanzaron mensajes que hicieron que muchos ciudadanos miráramos aquel barco de otra manera. Un barco que, de repente, parecía representar una amenaza para nuestras costas, nuestra población y nuestra seguridad.
El presidente de Canarias, Fernando Clavijo, fue uno de los principales protagonistas de aquella posición.
Y tenía derecho a estar preocupado. Por supuesto que sí. Un presidente tiene la obligación de preocuparse por la seguridad de sus ciudadanos, pero también tiene una responsabilidad extraordinariamente importante: medir sus palabras, porque cuando un ciudadano expresa miedo, expresa miedo. Cuando lo hace el presidente de una comunidad autónoma, sus palabras pueden convertirse en alarma.
Y ahí está, a mi juicio, el verdadero problema.
Durante aquellos días se habló de ratas que podían llegar a la costa y de riesgos que terminaron siendo descartados por los informes sanitarios. El Gobierno de España llegó incluso a ordenar la acogida del buque en Granadilla después de la oposición de Clavijo al fondeo.
El miedo encontró un altavoz institucional.
¿Cuántos tuvimos miedo? ¿Cuántos miramos aquel barco de otra manera? ¿Cuántos pensamos que estábamos ante una amenaza mayor de la que finalmente fue?
Y, sobre todo, ¿cuántos dejamos que aquel miedo cambiara nuestra manera de mirar a quienes viajaban en él?
Porque detrás de aquel barco había personas de 23 nacionalidades que no habían elegido enfermar ni convertirse en protagonistas involuntarias de una batalla política.
Conviene decirlo con claridad: el brote fue real y fue grave. La OMS registró 13 casos y tres fallecimientos. Precisamente por eso la respuesta debía estar en manos de quienes saben de salud pública.
España activó los protocolos. Las autoridades sanitarias coordinaron el operativo. Se realizó el seguimiento de pasajeros y contactos. La crisis fue gestionada.
Pero hay algo que me parece todavía más importante: después, la Organización Mundial de la Salud reconoció esa respuesta.
Su director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus, destacó la profesionalidad y serenidad de los sanitarios, la coordinación de las autoridades españolas y la solidaridad de la población canaria. También calificó la decisión española de acoger el barco como un acto de solidaridad y deber moral.
Eso también fue Canarias.
Mientras la polémica llenaba titulares, hubo profesionales trabajando en silencio, instituciones coordinándose y ciudadanos demostrando solidaridad.
Y eso debería formar parte de nuestra memoria, porque quizá una de las cosas más inquietantes del miedo político es su capacidad para instalarse rápidamente y desaparecer después.
Primero llega la alarma. Después otra noticia. Y aquello que dijimos desaparece. Pero las palabras no desaparecen tan fácilmente para quien las escuchó cuando tenía miedo.
Por eso debemos recordar. No para alimentar nuevamente la alarma, sino para comparar, preguntarnos qué ocurrió realmente y aprender.
Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿Quién pidió perdón?
El 12 de mayo, el ministro Ángel Víctor Torres pidió públicamente a Fernando Clavijo que reconociera sus errores y se disculpara por sus acusaciones. Pero, hasta donde consta públicamente, aquella disculpa no llegó.
No creo que un político tenga que acertar siempre. Los políticos son seres humanos y también se equivocan. Lo que sí deberíamos exigirles es algo mucho más sencillo: que sepan reconocerlo.
Pedir perdón no debilita a un político. Lo engrandece. Reconocer un error no es perder autoridad. Es demostrar que se tiene.
Fernando Clavijo es el presidente de todos los canarios: de quienes le votaron y de quienes no; de quienes estuvieron de acuerdo con sus palabras y de quienes las cuestionaron. Y precisamente por eso sus palabras tienen un peso que va mucho más allá de una declaración política.
Mientras escribo estas líneas, Ceuta vuelve a ocupar los titulares. Un informe policial conocido estos días apunta a que la entrada masiva de migrantes de finales de julio fue planificada y señala una actuación permisiva e incluso un posible guiado por parte de agentes marroquíes. Pero la propia información conocida hasta ahora no permite convertir todas esas conclusiones en una verdad definitiva ni atribuir la operación al Gobierno de Marruecos como Estado. La investigación judicial sigue abierta y existen también discrepancias sobre qué información previa recibió el Ejecutivo.
Y ahí está la lección.
Cuidado con lo que escuchamos. Cuidado con lo que compartimos. Cuidado con lo que damos por cierto simplemente porque lo repiten muchas veces.
Porque entre una información, una interpretación y una verdad existe una distancia que, cuando hay miedo, podemos recorrer demasiado deprisa.
Lo vimos con las ratas.
Y quizá volvamos a verlo mañana con otra historia, con otro barco, con otra frontera o con otro miedo.
Canarias debería recordar su propia historia. Sabemos lo que significa marcharse, hacer una maleta, cruzar un océano y llegar a un lugar donde nadie te conoce.
Durante generaciones, miles de canarios emigraron a Venezuela, Cuba, Argentina, Uruguay, México y tantos otros lugares. Muchos de nuestros abuelos y bisabuelos fueron los extranjeros: los que llegaron desde fuera, tuvieron que empezar de nuevo y necesitaron que alguien les abriera una puerta.
Por eso las fronteras pueden separar territorios, pero no deberían separar dignidades.
Proteger a nuestra población es una obligación. Proteger no significa deshumanizar. Tener miedo no nos da permiso para convertir al otro en una amenaza antes de conocerlo. Por eso, cuando pienso hoy en aquellas ratas, no pienso solamente en los roedores.
Pienso en la facilidad con la que una crisis puede convertir a personas en titulares. En la facilidad con la que el miedo puede convertirse en una herramienta política.
¿Qué sentimos aquel día? ¿Qué creímos? ¿Qué dijimos? ¿Qué compartimos? ¿Cuánto tardamos en olvidar?
Las emergencias sanitarias deben gestionarlas los sanitarios. Las decisiones deben tomarse con ciencia. Los gobiernos deben coordinarse. Y los políticos deberían pensar dos veces antes de convertir una emergencia en una batalla política.
Porque el miedo es demasiado poderoso para utilizarlo alegremente. Y una sociedad asustada es una sociedad vulnerable.
Hoy las ratas ya no ocupan nuestros titulares. El barco se fue. El brote terminó. Los pasajeros siguieron sus vidas. Nosotros seguimos con las nuestras.
Pero yo no quiero olvidar.
No quiero olvidar el miedo que se generó. No quiero olvidar las palabras que escuchamos. No quiero olvidar que hubo una respuesta sanitaria reconocida por la Organización Mundial de la Salud.
Y tampoco quiero olvidar que, cuando un político se equivoca, existe una palabra que debería formar parte de su vocabulario tanto como “responsabilidad”: perdón
Porque las ratas se fueron. El barco también. Los titulares cambiaron.
Pero la memoria debería quedarse.
Y la próxima vez que el miedo vuelva a llamar a nuestra puerta, quizá deberíamos recordar aquella historia antes de abrirle.
Porque un presidente puede equivocarse. Lo que no debería hacer nunca es pedirle a su pueblo que olvide que tuvo miedo.