Naufragio del 'Domenech de Varó'
Medio siglo después del naufragio en el que murió su padre, José Manuel encuentra su cuerpo en un nicho sin nombre de Lanzarote
La viuda de Julio Pose nunca pudo rezar su cuerpo ni llevarle flores. Vivió creyendo que el cadáver de su marido se había hundido para siempre en el mar después del siniestro del 6 de febrero de 1973, cuando el pesquero gaditano Domenech de Varó naufragó en la escarpada costa de Mala (Lanzarote) y dejó diez muertos y dos supervivientes. Ella, que murió hace ya 18 años, nunca supo que en realidad, el cuerpo de Julio yacía enterrado en un nicho sin nombre en un cementerio a casi 2.000 kilómetros de Cádiz, en la ciudad de Arrecife.
Este viernes, 15 de mayo de 2026, el habitual viento de Lanzarote agitaba los árboles del camposanto de San Román. A primera hora de la mañana, resguardándose de la lluvia en uno de los pasillos, esperaba inquieto José Manuel Pose (Cádiz, 71 años). En apenas unos minutos, después de 53 años creyendo que a su padre se lo había tragado la marea, recuperaría sus restos para llevarlos a su ciudad y enterrarlos junto a su madre. En su mano, con la que sostiene decenas de documentos judiciales que avalan la exhumación, lleva la alianza de su padre, que pudo recuperar cuando abrieron su tumba para practicarle las pruebas de ADN.
Pocos minutos después de las nueve, dos hombres abrieron tres nichos: el 68, donde yacía Julio Pose Canto; el 69, de Jaime Roselló Zaragoza; y el 70, de Antonio Rodríguez Rivero. ''Ya tienes a tu padre contigo'', decía Ana Rodríguez, hermana de uno de los fallecidos, a José Manuel. Su turno fue el último. ''Por fin, 50 años después…'', celebraba ella nerviosa y con los ojos vidriosos sin dejar de mirar el hueco número 70, de donde sacaron una pequeña caja de madera que pertenecía a su hermano mayor.
Con esta última exhumación termina un periplo de tres años que nació de un homenaje. En 2023, cuando se cumplía medio siglo de la tragedia, los hijos de los marineros se reunieron para conmemorar la memoria de sus padres y hermanos. Movidos por la curiosidad, se desplazaron hasta Lanzarote para investigar las causas del naufragio.
El Domenech de Varó se dirigía al norte de África a faenar cuando, después de repostar en Ceuta, sufrió una avería en el motor que le obligó a hacer escala en el puerto de Arrecife. Ya en la isla, una tormenta y la falta de visibilidad provocaron el trágico desenlace. Pero esto no fue lo único que descubrieron en Lanzarote.
''Cada vez que tirábamos del hilo se nos ponía la piel de gallina'', cuenta José Manuel en una entrevista concedida a este periódico. Después de bucear en decenas de archivos y noticias de prensa, averiguaron que el mar fue escupiendo cuerpos los días posteriores a la catástrofe y que en esas fechas habían sido enterrados en la isla cuerpos sin identificar.
Fue entonces cuando los familiares constituyeron una asociación para poder financiar todos los engorrosos trámites a los que debían hacer frente para localizar, desenterrar y recuperar a sus seres queridos. Elaboraron un dossier de 225 páginas con pruebas y argumentos que presentaron ante la Justicia, que autorizó la apertura de cinco nichos sin nombre del cementerio de Arrecife. ''Empezamos a ver que hubo fallos en los enterramientos'', cuenta José Manuel.
Antonio, el más joven del barco
Ana Rodríguez, que se ha desplazado hasta Lanzarote desde Huelva, es una de las afectadas por estos errores. Tras el siniestro fueron identificados tan solo tres cadáveres. Entre ellos estaba, supuestamente, el de su hermano Antonio. ''Un primo de mi padre, que estaba en otro barco, lo identificó'', explica. Antonio Rodríguez era el más joven del barco. Tenía solo 19 años cuando se incorporó a la tripulación del Domenech de Varó. El de febrero de 1973 era su primer viaje, y también fue el último.
Ana tenía 16 años cuando le informaron del naufragio, una noticia que cayó sobre su familia como un jarro de agua fría. ''Él era muy alegre, estábamos siempre juntos'', dice. Aunque ella y sus padres siempre creyeron que Antonio había podido ser identificado, hace unos meses recibió una llamada de José Manuel Pose, presidente de la asociación de familiares afectados por la tragedia. El cuerpo que descansaba en el nicho de su hermano no era de él, sino de otro marinero.
''Cuando exhumaron los cadáveres para hacer las pruebas de ADN, encontramos que entre los restos que supuestamente eran de su hermano había una alianza, pero él era soltero'', cuenta el portavoz de los afectados. El anillo estaba grabado con una fecha y unas iniciales que se correspondían con los nombres de los padres de otro miembro de la asociación y con el día en el que se casaron. Por suerte, el cuerpo del hermano de Ana fue hallado en otro de los nichos, y una prueba de ADN ha corroborado que se trataba del joven marinero del Domenech de Varó.
Un regalo de Navidad inesperado
José Manuel también ha podido encontrar a su padre ''en el tiempo de descuento''. Aún se emociona cuando recuerda la llamada que recibió el pasado 14 de diciembre desde el laboratorio genético de Madrid. ''Tuvimos un regalo de Navidad y de Reyes que no esperábamos'', dice. Ese día apenas pudo reaccionar a las palabras que sonaron al otro lado del teléfono: con un 99,99% de fiabilidad, los restos enterrados en el nicho 70 del cementerio de San Román pertenecían a su padre.
''Yo lo deseaba, pero no lo esperaba ya. Cuando me llamaron les dije: ''Ah, pues muy bien, gracias''. Y colgué. A los dos o tres minutos volví a llamar porque no había sido capaz de reaccionar. ¿Habrá algún error?, pensé'', cuenta sin dejar de sonreír. Cuando su padre murió, José Manuel tenía 18 años. ''No recuerdo mi dolor, sino el de mi madre. Para ella, su marido se perdió en la mar. Desgraciadamente, no ha podido ver esta resolución del tema'', lamenta.
A lo largo de la investigación, la asociación ha recibido subvenciones de diferentes administraciones públicas y de la Fundación Unicaja. Ahora, que se acerca el final, los familiares se han topado con un obstáculo para la repatriación de los cuerpos. José Manuel se ha puesto en contacto con el Instituto Social de la Marina para solicitar una ayuda económica, atendiendo al Real Decreto 869/2007 de 2 de julio que contempla prestaciones para el traslado de cadáveres de trabajadores del mar. Sin embargo, hasta el momento la respuesta ha sido negativa porque han pasado cincuenta años desde el siniestro.
Tras la exhumación, los familiares se reúnen en la ermita del cementerio de San Román en torno a tres pequeñas cajitas de madera protegidas con unas flores blancas. José Manuel, que se había mantenido entero durante toda la mañana, se rompe cuando el cura despide por fin a su padre. Para que ellos mismos puedan llevar los restos a la Península, los cuerpos serán incinerados, ya que trasladar los cuerpos es más costoso y debe hacerse ''de funeraria a funeraria''.
Mientras tanto, a unos 20 kilómetros del cementerio, está el punto en el que empezó todo. En la costa de Mala, el mar que hace medio siglo vio morir a diez hombres, este viernes está en calma. Algunos de ellos, a quienes por mucho tiempo se dio por desaparecidos, este fin de semana podrán volver a casa.