Adiós al plástico tóxico, inútil y caro

M.J. Tabar

Arrecife —

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Magdalenas individualizadas, cada una con su envoltorio plástico. Pepinos enfundados en plástico. Productos “ecológicos” de Sevilla que contradicen su nombre viajando hasta Lanzarote y vendiéndose en bandejas de plástico envueltas en plástico. Una bolsa de plástico para las naranjas, otra para los aguacates, otra más para las papas ‘kineduar’ de Reino Unido. Botella de plástico para el agua. Bolsas de plástico para llevar la compra.

La industria dedicada a la producción de plástico lleva años sirviéndose del marketing para intentar implantar un mensaje: el plástico no es un problema si se recicla bien.

Los datos científicos le contradicen: la lucha contra la contaminación plástica debe pasar obligatoriamente por una reducción de la producción y por un uso responsable de un material que la naturaleza es incapaz de descomponer.

“El plástico no es el villano de esta historia -explica el biólogo marino Richard Thompson- es un material ligero, versátil, duradero y barato que proporciona beneficios. Se trata de usar el plástico con responsabilidad”. Este profesor de la Universidad de Plymouth es una eminencia mundial: un pionero en la investigación de microplásticos, término que acuñó en 2004 después de descubrir las primeras partículas una década antes en la Isla de Man, cuando recogía muestras de arena para un experimento. El pasado jueves 22 de noviembre abarrotó el salón de actos del Cabildo de Lanzarote para hablar sobre el enorme reto que se le presenta a la sociedad.

Poco después de la muerte de su padre, este científico británico encontró en su colección de libros una novela que dos químicos habían escrito en 1937. Plastics imagina la era del plástico como una etapa humana brillante y eficaz, que incluso ayudaría a los aliados a ganar la Segunda Guerra Mundial y permitiría “un mundo libre de óxido y lleno de color”. No ha sido exactamente así.

En 1950 se fabricaban 5 millones de toneladas de plástico. Hoy rondamos los 300 millones. “La producción ha aumentado exponencialmente y no hay señal de que vaya a remitir”, dice Thompson. “No diseñamos productos pensando en el final de su vida útil, ni pensando que deben tener un proceso de reciclado eficiente. Los diseñamos para que sean adecuados y atractivos para el consumidor. Llevamos sesenta años creando un comportamiento de usar y tirar”.

La ciencia sabe qué tipo de composiciones textiles son las que generan más microplásticos. Podrían dejar de usarse. ¿Y el uso de bioplásticos, fabricados con derivados vegetales procedentes de la soja, la papa o el millo? “No conseguirían reducir la acumulación de plástico. No nos podemos permitir producir más plantas para producir plástico de un sólo uso”, dice el investigador. Estamos usando una cantidad de energía inaudita para fabricar cosas que utilizamos apenas unos minutos. Es insostenible.

“El 80 por ciento del pescado que se comercializa en Canarias tiene plástico”, dice Ana Liria Loza, doctora en Biología en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. El plástico está en el océano, en el agua depurada, en la nieve, en el agua dulce, en la sal… Pero ni el pescado, ni el agua son las principales vías de llegada de plástico a nuestros organismos, advierte Thompson. Cada vez que cogemos el coche, por ejemplo, el desgaste de nuestros neumáticos genera partículas de este contaminante persistente. La fauna marina está sufriendo las peores consecuencias por ingesta de plástico de diversos tamaños, además de por enmallamientos con bolsas de rafia de 50 kilos (las que se utilizan para el pienso del ganado o para almacenar papas).

En octubre de 2016, el director del Instituto de Investigación Biosanitaria de Granada, Nicolás Olea, llenó la Sociedad Democracia para hablar sobre los efectos que tiene en nuestra salud la exposición ambiental a los contaminantes químicos. El catedrático en Medicina lleva cuarenta años investigando la relación que tienen los factores ambientales con enfermedades como el cáncer hormonodependiente. Se ha demostrado que dosis muy bajas de bisnefol A, un compuesto químico usado para fabricar utensilios de cocina de plástico y latas de conservas, han afectado al desarrollo embrionario de ratones. Gracias a la denuncia que presentó parte de la comunidad científica, la Unión Europea prohibió la venta de biberones fabricados con policarbonato, ya que al contacto con el calor exponían a los bebés al bisfenol A.

¿Qué hacemos?

Thompson señala que la basura plástica es un síntoma de que el modelo financiero es “ineficiente y caduco”. El plástico está dañando también nuestros recursos económicos: sólo en Reino Unido se emplean 20 millones de libras en limpieza de playas, “un montante que podría invertirse en mejorar los hospitales del país”. El investigador británico dice que existe una solución que pasa por sumar las fuerzas y las voluntades de la industria, los gestores públicos, las empresas de gestión de residuos y de los consumidores, sobre los que se está ejerciendo, cree, una presión desmedida.

Es la primera vez en 25 años que hay un consenso en la existencia de demasiada basura plástica. “Vivimos también una eclosión de las investigaciones científicas sobre plásticos”, señala Bethany Jorgensen, del departamento de Recursos Naturales de la Universidad de Cornell (Nueva York), colaboradora del proyecto Agüita con el Plástico -creado por la Oficina de la Reserva de la Biosfera del Cabildo de Lanzarote- y de Marine Sciences for Society, un colectivo impulsado por científicos marinos que trabajan “de forma ética, con la sociedad y para la sociedad”. Uno de sus fundadores es el oceanógrafo Juan Baztán, que hace una década, mientras pasaba sus vacaciones en Lanzarote, se percató de los mosaicos de colores que empezaban a aparecer en la arena.

“¿De qué sirven todos nuestros estudios y datos si no ayudan a mejorar la situación? ¿Cómo podemos convertir nuestra información en acción?. De ahí surgió la idea de Marine Sciences for Society”, explica Bethany, que empezó a colaborar traduciendo textos al inglés. Ana Carrasco, bióloga y responsable de la Reserva de la Biosfera de Lanzarote, cita alguna de las acciones urgentes que se han desarrollado en la Isla: “En el proyecto Colegios de la Biosfera los padres hacen concienciación, tenemos la primera sala VIP de un aeropuerto sin plástico, se está trabajando para que todos los eventos y festivales que se organicen eliminen los plásticos de un sólo uso, estamos hablando con comercios, restaurantes y supermercados para eliminar plásticos, hay campañas de limpieza… Tenemos que empezar por eliminar de casa todo el plástico que veamos innecesario”.

La legislación de algunos países africanos va por delante de la europea: en Kenia y Uganda ya han eliminado las bolsas de plástico porque el ganado se las comía. En Europa eso no sucederá hasta 2020. Aunque “en comparación con otras problemáticas globales, las medidas europeas han sido rápidas”, apunta Ana Carrasco.

Todavía están digiriendo la información de un congreso internacional muy intenso, con muchas más ponencias y reuniones que el celebrado en 2016 y donde han participado universidades y agencias gubernamentales, químicos, físicos, biólogos, sociólogos y artistas. Estas son algunas de las conclusiones iniciales: “Es necesario abordar el problema de manera global, ponerse de acuerdo con la metodología y saber que la ciencia ciudadana es muy importante: hay centros educativos en Tenerife, El Hierro y Lanzarote que están recogiendo muestras”, dice Bethany. También será fundamental tener pronto datos fidedignos de la industria y de los gestores de residuos.