Carmen, 'la del Carrito': 87 años, 73 trabajando y aún fiel a su cita diaria con las golosinas, los clientes y la vida en una esquina mítica de La Orotava
Es como si la plaza del Kiosco o de La Constitución de La Orotava (en el norte de Tenerife) tuviera alguna grieta por la que algunos de los que trabajan en ella exhalan o beben algo que alarga la vida; al menos, la vida laboral. Si mítica fue la trayectoria de Anita La de las Pachangas en su diminuta ventita de la esquina más oriental del recinto, que alardeaba de haber descansado sólo 54 días durante su vida y que el resto lo dedicó a despachar todo tipo de dulces, tartas, golosinas, pequeños juguetes, estampas (cromos) y demás, su récord lo ha superado hace ya tiempo Carmen Rodríguez Rodríguez. Una orotavense, un rostro, una voz ya mítica para tantos villeros y visitantes que la llevan viendo y pidiéndole todo tipo de golosinas desde nada menos que 73 años.
Por supuesto, y cuando se encamina a los 88, Carmen supone uno de esos casos que desatan debate sobre si realmente eso es algo normal, bueno y aceptable en una sociedad avanzada. “Ya es hora de descansar y de dejar de contribuir para disfrutar de la vida”, le han repetido desde hace decenios, pero, igualmente, su ejemplo resulta típico de esas personas a las que dejar de hacer lo que no han parado durante casi toda sus vidas se la quitaría, le aceleraría su final, su adiós; y Carmen, a poco que se hable con ella, a poco que se la contemple, regala vitalidad, convicción existencial, un envidiable sentido común, salud rocosa y una aplastante seguridad en que algo así ni se menciona, ni se lo plantea, no existe como horizonte… Al menos, de momento, y ya van setenta decenios con tres años trabajando en lo mismo.
Y es que si se le pregunta por la jubilación, lo tiene claro: “Al revés, esto es mío, no me lo quita nadie. A mí el trabajo me da ánimo, me da fuerza, no siento nada; aquí me espabilo”, recalca.
Primero con un carrito de madera en la misma esquina de la célebre plaza, carrito que le dio su apelativo y que se situaba junto al de Paco, Carmen comenzó en 1953 a vender golosinas (chuches para los peninsulares) junto a su marido, Jesús Salazar Hernández, al que perdió hace ya 23 años y que también era un verdadero personaje, muy querido en la Villa. Desde entonces, e instalados en la esquina nordeste, ha visto reformas del recinto, cómo España se iba alejando poco a poco del periodo autárquico, cómo llegó el desarrollismo de los 60 con los tecnócratas del Opus, la crisis petrolera y sus derivados de los 70, la enorme inflación de finales de esta década, ya en la Transición, el asentamiento de la democracia, la entrada en la CEE y todo lo que ha venido después hasta estos tiempos del asesino emperador Trump y sus guerras por capricho israelí o en busca de acaparar petróleo y más poder en un mundo a tres (EEUU, China y Rusia).
Ha visto crecer, por tanto, a numerosas generaciones de orotavenses y cómo ha crecido también el número de turistas peninsulares y de fuera que no sólo visitan el rico patrimonio villero, sino que le compran, se paran, miran su oferta de millos, pipas, pastillas de goma, papas fritas, chocolates, nubes, agua, refrescos, cigarros y demás… y le compran. Por supuesto que la oferta para visitar justifica el paso por esta plaza, pues muy cerca, al sur, se encuentra el Jardín Victoria, el recinto masón, simbólico y sincrético de este tipo más importante de Europa; el bello Liceo Taoro, la célebre y romera calle de La Carrera camino del Ayuntamiento, la barroca iglesia de La Concepción (de los mejores ejemplos de esta etapa en Canarias) o la Casa de los Balcones. Pero es que, al llegar a la plaza de La Constitución, y aparte del famoso y céntrico kiosco que le da su nombre más popular, hay otro kiosco más pequeño que forma parte ya inseparable de esas baldosas.
De las que no se calla nada
Y eso que Carmen, siempre reivindicativa (es de las que no se calla), se queja de cómo tiene su lateral oeste, con óxido y partes muy deterioradas en la base. “Se lo he dicho no sé cuantas veces al alcalde y nada, no hacen nada, no me lo arreglan... Ni siquiera me lo quieren pintar, con toda la humedad y agua que me entra por ahí…”, detalla cabreada.
Carmen confía en que sus hijos se queden con el carrito y perpetúen lo que ya puede concebirse como una tradición familiar sempiterna. Una tradición, por supuesto, repleta de anécdotas y de algunas personas que se iban si pagar, “pero, salvo una, y ella sabe quién es, todos acaban pagando. Gracias a Dios, todo el mundo me quiere, me aprecia y no me suele pasar cosas malas. Siempre he estado bien, no me he peleado con nadie. Un hombre, hace poco, me debía unos 50 euros y llegó el pasado día 10 y me los pagó. Y los niños, nada, ninguno me ha hecho nada grave”.
Carmen presume de “lo lleno que tengo el kiosco, pues no me falta nada. Mejor no puedo tenerlo, pero es verdad que cada vez hay menos gente que se dedica a esto. La gente se va a las grandes ventas y es una pena”.
Desde luego, lo que sigue mereciendo a fondo la pena es pararse unos instantes en su kiosco, en su refugio, en su motivo vital y exhalar también su fuente de la vida, su entusiasmo, su intensa y, a la vez, dulce voz, tan sabia como sabrosas son las golosinas para el niño y la niña que sigue despachando cada tarde… Sí, con 87 años y tras 73 haciendo lo mismo.