El nuevo Mazda CX-5 demuestra por qué sigue siendo un superventas y un embajador japonés
La tercera generación del Mazda CX-5 ha sabido reforzar los puntos fuertes del modelo y mejorar algunas carencias aunque sin estridencias. El resultado es, como hemos podido comprobar en una prueba de larga duración, un SUV que gana en digitalización, electrificación y diseño manteniendo su esencia como superventas de la marca y un verdadero embajador del ADN japonés.
- Valoración Mazda CX-5 2026: diseño, 8,8; interior, 8,5; conducción, 7,8; motor, 7; global, 8,025
Desde su lanzamiento en 2012, más de cinco millones de personas han conducido o todavía lo hacen un todocamino clave para Mazda que se comercializa en más de un centenar de países. Durante una semana, nosotros también nos hemos puesto al volante del renovado CX-5 para comprobar los pros y contras (alguno hay) de los cambios aplicados en este modelo.
Después de varios días moviéndonos con este SUV, la conclusión es clara: Mazda no ha querido revolucionar un coche que ya funcionaba. Ha preferido evolucionarlo respetando aquello que ha convertido al CX-5 en uno de los SUV de referencia. Es una decisión conservadora, sí, pero también inteligente.
Un Mazda desde el primer vistazo
La nueva generación mantiene intacta la esencia del lenguaje de diseño Kodo, una de las palabras japonesas que aprendemos gracias al diccionario de Mazda. Basta observar el frontal, con unos faros más estilizados, una parrilla de mayor presencia y unas proporciones más robustas para reconocer inmediatamente que estamos ante un Mazda.
No hay giros de guión. El CX-5 sigue transmitiendo esa mezcla de elegancia y deportividad tan característica de la firma de Hiroshima, aunque ahora con una imagen más sofisticada. La versión Homura, la más equipada de la gama, refuerza todavía más esa personalidad gracias a las llantas negras de 19 pulgadas y los detalles oscurecidos de la carrocería, que le aportan un aire especialmente deportivo.
La marca también ha aprovechado esta tercera generación para aumentar sus dimensiones. Mide 4,69 metros de largo y ha ganado batalla, anchura y altura, algo que se traduce directamente en un habitáculo más amplio y un maletero que alcanza los 583 litros, 61 más que el modelo anterior.
Un interior minimalista... quizá demasiado
El diseño y la digitalización del interior son probablemente los aspectos más rompedores del nuevo CX-5 lanzado en 2026. Mazda se suma a la tendencia del sector, aunque no unánime, y prácticamente elimina todos los botones físicos. Apenas permanecen los mandos imprescindibles: los intermitentes de emergencia, el desempañado de las lunas, el freno de estacionamiento eléctrico y el selector del cambio. El resto de funciones se concentran en una gran pantalla central.
Es una solución visualmente limpia y moderna que supone un gran salto sobre los Mazda de la generación anterior, que pecaban de pantallas reducidas y de botones chapados a la antigua, aunque obliga a realizar más operaciones táctiles durante la conducción. No es extraño que esta decisión haya abierto el habitual debate sobre si la digitalización ha ido demasiado lejos.
Eso sí, la calidad percibida sigue siendo uno de los puntos fuertes del coche. Materiales agradables (con alguna excepción en puntos muy concretos), excelentes ajustes y una sensación de refinamiento que recuerda continuamente que Mazda juega en una liga algo diferente a la de los fabricantes generalistas. La filosofía japonesa del Ma, basada en el equilibrio y la simplicidad, está muy presente en todo el habitáculo.
Un motor que va a contracorriente
En un mercado dominado por pequeños motores turboalimentados, Mazda vuelve a hacer las cosas a su manera. El CX-5 monta un bloque atmosférico de gasolina de 2,5 litros asociado a un sistema de hibridación ligera de 24 voltios que desarrolla 141 CV y 238 Nm de par. Sobre el papel puede parecer una cifra modesta para un SUV de este tamaño, pero la realidad es diferente.
No pretende ser un deportivo ni acelerar como un eléctrico. Su filosofía es otra: ofrecer una entrega de potencia lineal, suave y muy progresiva.
Durante la prueba transmite precisamente esa sensación de motor “grande”, relajado y sin sobresaltos. Tiene fuerza suficiente para afrontar cualquier situación cotidiana y permite viajar con mucha tranquilidad. Quien busque aceleraciones fulgurantes probablemente mirará hacia otras opciones; quien valore la naturalidad de funcionamiento encontrará aquí uno de sus mayores atractivos.
Consumos razonables, aunque sin milagros
La unidad de pruebas acumulaba algo más de 3.000 kilómetros y el ordenador de a bordo mostraba registros muy diferentes según el uso. Durante la prueba aparecían consumos que oscilaban entre los 7,1 litros cada 100 kilómetros en los recorridos más favorables y cifras cercanas a los 15 litros en condiciones mucho más exigentes. En un uso combinado, la media real se situó aproximadamente entre los 11 y los 12 litros.
Son cifras que quedan por encima del dato oficial homologado —7 litros en la versión de tracción delantera—, aunque hay que tener en cuenta el tamaño del vehículo, el peso y el carácter de la prueba, desarrollada durante varios días y con recorridos de todo tipo.
A cambio, el sistema microhíbrido proporciona la etiqueta ECO de la DGT, un argumento cada vez más importante para acceder a zonas de bajas emisiones o beneficiarse de descuentos en algunos aparcamientos y peajes.
Confort antes que deportividad
Mazda sigue hablando de su filosofía Jinba Ittai, esa conexión entre conductor y automóvil que lleva años defendiendo como una de sus señas de identidad.
En este CX-5 esa filosofía se interpreta desde una perspectiva más confortable que radical. La suspensión absorbe muy bien las irregularidades, la dirección resulta precisa y la posición de conducción, elevada, proporciona una excelente visibilidad.
Es cierto que el motor deja notar más su sonido cuando se exige toda la potencia, especialmente al acelerar con decisión, pero en una conducción normal el aislamiento resulta satisfactorio y el conjunto transmite una agradable sensación de calidad de rodadura.
Un SUV que sigue teniendo personalidad
En una época en la que muchos SUV parecen diseñados siguiendo la misma plantilla, el CX-5 conserva algo poco habitual: personalidad. No intenta parecer más tecnológico de lo que es ni entra en la carrera por ofrecer la mayor pantalla o la mayor potencia. Mazda continúa defendiendo una manera muy japonesa de entender el automóvil, donde el diseño, el refinamiento y el placer de conducción pesan tanto como la tecnología. Quizá por eso sigue funcionando.
Porque el nuevo CX-5 no necesita reinventarse para convencer. Simplemente mejora lo que ya hacía bien: ofrece más espacio, más equipamiento, una imagen más refinada y mantiene ese carácter diferente que lleva años distinguiendo a Mazda del resto de fabricantes.
Y después de convivir varios días con él resulta fácil entender por qué ha superado los cinco millones de unidades vendidas. El CX-5 no solo es el modelo más importante de Mazda. También sigue siendo el mejor embajador de ese inconfundible ADN japonés que la marca continúa defendiendo cuando casi todos los demás han decidido recorrer otro camino.