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Caída libre

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Por ello, pido disculpas por caer en un error de documentación como éste, motivado -si me permiten la licencia- por el enfado que me suele embargar cuando veo la frivolidad que rodea los comportamientos de los supuestos responsables políticos.

Aunque no hay mal que por bien no venga, dado que mi error y mi posterior aceptación entronca muy bien con el comportamiento de quienes son la inspiración de esta columna. Me refiero a los antes mencionados cargos políticos, empeñados en hacer las cosas mal, casi por definición.

Lo que yo he empezado diciendo en esta columna ?pedir perdón por un error- es algo impensable entre los alcornoques, anacolutos y archipámpanos que presumen de conducir a buen puerto los designios de nuestra comunidad ?en especial aquellos que forman el gobierno de Canarias-.

Ellos, verdaderos prodigios de la desorganizada organización que cada día demuestra el mentado gobierno, son incapaces de reconocer una error, ni aunque éste sea del tamaño de las desparecidas Torres Gemelas. Vamos, en su osadía serían capaces de poner una multa por exceso de velocidad en el circuito de Jerez, si con ello lograran contentar a su parroquia.

Porque, al final, se trata de eso. No importa que esta panda de berzotas, bergantes, cantamañanas, cercopitecos y charlatanes de vía estrecha dilapiden los fondos públicos en majaderías y acciones que en nada repercuten a la sociedad a la que han jurado defender. Lo importante es no perder de vista el ansiado sillón, acompañado del coche oficial, la Visa Oro y las prebendas propias del cargo que ocupan. Lo importante es no olvidar gracias a quién estás en el cargo que ocupas. La lealtad, la omertà -el código de silencio- y la familia son conceptos mucho más importantes que la sociedad que espera una buena gestión.

Admito que me cuesta criticarles un concepto como la lealtad, pero cuando ésta hace tanto daño a la sociedad en la que vivimos, no me queda otro remedio.

Además, nuestros queridos ciclotones, coloquintos, Cyranos de cuatro patas y doríforos están muy lejos de la Mafia que retrata Francis Ford Coppola en El Padrino. Como en otras muchas cosas, suelen ser una muy mala imitación y, normalmente, sólo llegan a ser una copia barata al servicio del cacique de turno, quien preferirá llevarse su fortuna a la tumba antes que invertirla en la sociedad que le ha convertido en una persona muy rica.

Idílico sería que, por una vez, los responsables de los dineros supieran maximizar los recursos y que estas próximas fiestas fueran un ejemplo de que, si se quiere, hay dinero para casi todo. Pero no. Es más fácil oír decirles a estos ectoplasmas, espantajos, esperpentos y extractos de hidrocarburos que, dado que las cosas están mal ?económicamente hablando-, lo mejor para estas navidades es sustituir el cordero por el conejo. Por poner, estaría bien que sustituyeran los langostinos por palitos de cangrejos, los turrones por galletas sin azúcar, y el cava por sidra el Gaitero, que es más baratita, vamos digo yo.

Seguro que ninguno de ellos se priva en comer fruslerías como angulas ?a tropocientos mil euros el kilogramo-, langostas, centollos, nécoras, percebes, almejas y salmón, además de cordero, ciervo, reno o avestruz. Cosas muy baratas y que están al alcance de cualquier bolsillo de las familias que, por culpa de su mala cabeza ?exclusivamente-, no llegan a final de mes. Aunque, dadas las entendederas de muchos de ellos, incapaces de distinguir los cubiertos en una mesa de un restaurante ?y no me lo invento- seguro que muchas de las exquisiteces que antes he nombrado les parecerán una vulgaridad en comparación con vayan ustedes a saber qué patochada.

Está claro, por lo menos para algunos, que la formación y la educación es un plus para poder hacer frente a las necesidades de un cargo público. Para mí es una necedad del tamaño de una catedral menospreciar a quienes sacrifican muchos años de su vida en formarse, académicamente hablando, confrontándolos con la bien llamada Universidad de la vida, la cual termina siendo un recurso rastrero para justificar a cualquier flebotoma, ganapán, jugo de regaliz o títere al servicio del mandamás de turno.

Si de verdad piensan que la universidad sirve de tan poco ?y algo de razón tienen, visto el estado en el que se encuentran las de nuestra comunidad- que las manden cerrar. Así el actual gobierno se ahorrará un buen dinero que podrá, luego, invertir en la lechuguina, majadera y mamarracha televisión autonómica de Canarias.

No sé lo que pensarán ustedes, muchos tan cansados como yo en ver que con la actitud de los mencionados marineros de agua de dulce, merluzos, Mussolinis de carnaval y oficleidos, los cuales, aparte de limpiarse sus vergüenzas con columnas como ésta ?y con el voto de muchas buenas personas- se desatiende las necesidades una sociedad como la de Canarias, que necesita menos fuegos de artificios y muchas más realidades cotidianas.

En el extremo contrario están los que justifican el comportamiento de quienes presumen de sujetar las riendas de la sociedad, acusándonos a los demás de una nula capacidad para analizar la situación.

Para ellos, los casos de corrupción son el chocolate del loro, parafraseando a un gestor con la que tuve la poca fortuna de trabajar. Minucias en medio de una sociedad global, en la que el capital derroca gobierno, desata guerras y fomenta pandemias y atrasos en buena parte del globo. Lo importante para todos esos papanatas, oricterópodos, parásitos y papús de mil diablos es la adorada cuenta de resultados, sin importar las consecuencias en el común de los mortales.

Llenemos las ciudades de banderas que llenarían las bibliotecas de las ciudades. Gastemos millones y millones de euros en comprar a los medios que nos puedan hacer ganar las elecciones. Olvidemos a la educación, a la sanidad, a los servicios sociales, a los mayores, a los bebés. Fomentemos la mentalidad del borrego ?pan y fútbol para todos-, del amigo ?con influencias en el consistorio-, del afiliado al partido ?de cualquier sigla-. Promocionemos a las empresas que nos priman y olvidemos a las que presentan la mejor oferta.

Todo vale para que el expolio al que someten a nuestra actual sociedad estos residuos de ectoplasma, rizópodos, rocamboles, sajús y saltimbanquis crezca día a día. De nada vale con cerrar los ojos. La realidad está ahí y ellos, encima, la promocionan.

Al final, me queda claro que buena parte de la clase política canaria está en caída libre, a punto de llegar a la velocidad terminal, tras la cual ya no hay tiempo para abrir el paracaídas. Aunque dudo que, desde su atalaya, todos esos sietemesinos con salsa tártara y zapotecas de truenos y rayos, sean capaces de darse cuenta de lo que pasa a su alrededor.

Y por cierto, los "insultos" son otra licencia que me he tomado para escribir esta columna. No son idea mía sino del genial capitán Archibald Haddock y su no menos brillante creador, George Remí ?Hergé-. Mis más sinceras gracias por su ayuda.

Eduardo Serradilla Sanchis

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