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Coacción

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Yo creo que todo tiene que tener un límite. Y que es necesario y exigible que las autoridades sanitarias nos informen de los riesgos de determinados hábitos, ya sea fumar, el sedentarismo, la mala alimentación, la toxicidad de algunos productos o el sexo sin protección. Pero hasta ahí. Una vez estemos informados, el libre albedrío es absolutamente sagrado. Por tanto, no veo aceptable que se trate de presionar y coaccionar a las personas con argumentos sanguinolentos y repugnantes. Por esa regla de tres, cada producto que consumimos debería venir ilustrado con los posibles males que nos puede infligir, los coches llegarían con un álbum de mutilaciones y tragedias, o los aviones con un folleto de cuerpos calcinados y miembros machacados. A fin de cuentas esas prácticas, volar o conducir, también producen esos efectos. ¿Por qué en una botella de whisky no ponen la fotografía de un hígado cirrótico o de un niño víctima de abusos por un padre alcohólico? Sin duda, porque sería una desmedida. Está claro que la mayor parte de cosas que realizamos en nuestra vida tienen un riesgo, algunas en mayor medida que otras. Pero basta con que seamos conscientes de ellos, lo demás es violentar y chantajear la voluntad de cada uno. Decisiones como dejar de fumar, de comer hamburguesas o de pisar el acelerador se toman por convencimiento personal, no por miedo. Es una labor que se desarrolla a través de la educación no de la amenaza. Y las cifras lo corroboran. Da un poco de miedo este afán por adocenarnos en una serie de hábitos sanos, costumbres prudentes y pensamientos políticamente correctos. Es normal que con este ritmo encender un pitillo se interprete como un acto de insumisión.

Esperanza Pamplona

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