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Conciencia y honradez

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En Canarias, tristemente no sólo en Canarias, la provocación es no votar. Es la única sensatez que se me ocurre: los no votantes recurren a la provocación de no votar para hacerse oír. ¿Son escuchados? No lo son, son más bien ninguneados como unos papa fritas que no tienen derecho a reclamar si antes no votaron. Y volvemos a lo mismo: la definición tautológica que se reproduce a sí misma, donde política es lo que digo yo que es porque yo hago la política. Los ciudadanos no hacen política sino cuando votan. Pero se trata de una idea que confunde prácticas con normas, con lo que al final sólo ciertas normas son a la política y ninguna práctica socialmente establecida por las voces y los comportamientos fuera de mis normas lo es. Que no votas, pues peor para ti, porque mi norma dice que no haces política, sólo haces que no votas. Algún siglo atrás, Binet respondió lo mismo en el terreno de las pruebas de inteligencia cuando le preguntaron: ¿qué es la inteligencia, señor Binet? Respondiendo: “la inteligencia es lo que miden mis tests? Así que la política es la política que hago yo. Conclusión. No existe la política ni existe la inteligencia. Como en Alicia en el País de las Maravillas, sólo existe lo que quiero que exista. Las cosas significan lo que yo quiero que signifiquen porque así las hago yo y san se acabó, algo así como que el sol sale cuando lo miro y no cuando está. ¿Y yo que pienso que cuando incumples normas injustas, abusivas o te rebelas contra las normas perversas (las que se emiten para no ser cumplidas por quienes las emiten) es cuando más vivo te sientes? Oponerse desde la conciencia, no desde el mero ejercicio adolescente de estar contra todo, te lleva a ser tratado como un enemigo. La conciencia como concepto, en el campo minado de lo político, ha caído en un relativismo extremo y sospechoso; precisamente, para no mover las conciencias de quienes huyen de su propia mala conciencia hasta el punto de creerse sus propias mentiras. En realidad, cierta clase política declara que es relativista para ocultar lo que en realidad es: etnocéntrica. Pero, ¡ay!, la vida de las normas se dobla ante las prácticas reales de la gente. Así que la conciencia no se mide como decía Binet o como digo que la miden los políticos ligeros: se mide por lo que uno deja de hacer frente al dolor y el sufrimiento social. Actuar con conciencia está mal visto aunque actúes con honradez. No es la honradez lo que se admira, sino parecerlo. Si es o no es lo que digo, que nuestra ex–alcaldesa ha querido declarar públicamente que ha sido honrada. ¿Por qué hoy es necesario en política vocear que se ha sido honrada u honrado? Porque hoy las tensiones éticas tiran por ese lado y los políticos necesitan refugiarse en el cielo para decir, implícitamente, que haber vivido en la tentación y no haber caído les hace merecedores del cielo de la opinión pública (y conseguir de paso que les vuelvan a votar). Sin embargo, implícitamente de nuevo, se está reconociendo que la única honradez de la que se puede hablar en la política actual es la de no haber favorecido a nadie, como familiares o empresarios, a sí mismos, etc. Las minucias del día a día, el talante y el trato, el sentido del rival político y los modos de tratamiento del otro, así como las pasiones comedidas, no se pueden disociar de la honradez, como tampoco se puede disociar la honradez de la conciencia. La misma señora Luzardo evoca la palabra conciencia y la palabra honradez varias veces a lo largo de la entrevista publicada en La Provincia este último domingo. Otra idea implícita es el dicho de que siendo honrado un político no importa el género de ideas que profese. Se escamotea así el debate real sobre las fracturas sociales existentes y las ventajas de unas personas sobre otras por su condición (género, edad, etnia, religión, país, color de la piel, bando político, ser empresario, ser obrero, etc.) En la gestión de todo esto, tienen que ver las políticas aplicadas, así que la honradez privada no es suficiente en política y no basta lanzar palomas de la paz y besar públicamente a los niños. La honradez es una exigencia privada y pública, y, cuando es pública, consiste en tener ideas y conductas que no contradigan la conciencia moral. Hay que decir que, en el tiempo, lo único que al final nos queda como propio es la conciencia, pues para perseguir una finalidad en la vida no basta con enunciarla, hay que ejercerla.

José Antonio Younis Hernández

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