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Cuentan de un país imposible

Hace mucho tiempo que estoy convencido de que en nuestro país no estamos ante una crisis – en otros, sí – sino ante un desastre estructural

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Se acercan las Generales, que son cosas de dimes, diretes, encuestas, sondeos, yo dije, tú dijiste, él dijo, caras vintage, rostros de última generación, papeletas, urnas y votos. Se acercan como los Magos de Oriente y la sociedad civil espera que de la denominada por los más cursis fiesta de la democracia surja el oro, el incienso y la mirra que sustituyan ese gran desastre llamado crisis por aquel Estado del Bienestar que la gran mayoría no recuerda y que una minoría intenta que no se recuerde. Algo así como aquello de la civilización del ocio, que nunca nadie llegó a presumir que sería no un ocio realizador del ser humano sino una gran sucesión de lunes al sol por ausencia de trabajo y sus deprimentes y crueles desastres colaterales.

Se acercan las Generales y las promesas que, a posteriori, casi siempre devienen incumplidas salvo error u omisión. Ellas, las Elecciones, son en realidad un continuum, de tal modo que, cuando unas terminan y se concelebran los pactos post electorales, comienza el trabajo   político para las siguientes. A cuatro años vista, aunque algún incrédulo entone el largo me lo fiais como señal de lejanía. Es evidente el crecimiento del kilometraje entre los ciudadanos y sus gobernantes. Eso no lo niega nadie. De modo que, mientras de una parte siempre se reclaman cambios, de la otra – al menos desde la Transición hasta ahora – de lo que se ha tratado es de efectivamente hacer los convenientes cambios para que no cambie nada. Y fluye el tiempo como dijera Heráclito de Éfeso, no recuerdo bien si cuatro o seis siglos antes de Cristo. Y pasan brisas, tormentas, nubes y vientos mientras el personal vive si puede vivir. Al estilo de Santa Teresa de Jesús pero cambiando excelso misticismo por aguado potaje.

Hace mucho tiempo que estoy convencido de que en nuestro país no estamos ante una crisis – en otros, sí – sino ante un desastre estructural y general de tal magnitud que sólo queda el espanto para refugiarse. Los que se han acercado a la Ciencia Política o han acechado entre bastidores, conocerán aquella frase del canciller Bismark: “España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos intentando destruirse y aún no lo ha conseguido”. Efectivamente, aquí hemos tenido invasiones y agarrones a espada, fusil y garrote en grandes cantidades, con los consecuentes mestizajes humanos y paisajísticos que nos han llevado a ser lo que somos, aunque el Toro de Osborne presente en estos momentos cierta desnutrición, la carne procesada nos amenace con el cáncer y el pata negra cinco jotas se lo lleven los japoneses, los chinos y los americanos. Por aquí, por la tierra de Pedro Cabrera dolor de insularidad, ha pasado hasta La Pepa, que ya saben ustedes que unía el Puerto con Vegueta atravesando arenas que hoy son calles y edificios en el itsmo.

No digo gratuitamente que esto no es crisis sino hecatombe estructural. No, en absoluto. Todos los que manejan la palabra deberían saber que lenguaje y pensamiento son lo mismo. Exactamente lo mismo. Y todos deben haber escuchado alguna vez la afirmación del nazi Goëbels: “Una mentira repetida millones de veces, acaba convirtiéndose en una verdad”. Así, España, reino continuista de una dictadura, teatro del eufemismo, la charanga y el toreo, imperio de los partidos políticos adueñados del Estado y olvidados de su entorno: la convivencia civil, España, digo, es una gran mentira. En primer lugar, el conocido régimen del 78 carece de libertad política, la Constitución no es más que una carta otorgada – no puede denominarse Constitución a un marco legal que no haya sido elaborado por una Asamblea Constituyente elegida libremente por los ciudadanos, y ésta fue hecha por seis padres consensuados para asegurar el asentamiento de los partidos, el mantenimiento del statu quo que emanaba del franquismo, el puenteo dinástico de Juan Carlos I a su padre Don Juan (éste manifestó que nacía una “monarquía sin honor”) y, entre otras cosas, la estructuración del Estado en autonomías, auténtico saco sin fondo del endeudamiento y filón para el clientelismo, el tráfico de influencias, el nepotismo y la corrupción -.

Y tras advertir que nuestro país se parece a una democracia como un huevo a una castaña (no cumple ninguna condición para ello. El voto ni siquiera es elección sino refrendo y la Ley Electoral es aberrante), vamos con los poderes, aunque Montesquieu comience con las convulsiones en su tumba. El candidato a la presidencia del Ejecutivo hace ya tiempo que se designa a dedo, en función de familias, baronías y padrinazgos. Luego, en principio, ni siquiera supone – primarias incluidas – ningún acuerdo en que es el mejor hombre/mujer para dirigir el país. Es, simplemente, el señalado. El Poder Legislativo es un auténtico paripé puesto que, contraviniendo el mandato de la Constitución (Carta Ortorgada), los diputados – que no pueden ser revocados por la ciudadanía – están sujetos al mandato imperativo. Es decir, han vendido la conciencia por el escaño. Son simples dedos con capacidad de pulsión sin cerebro o con cerebros silenciados. Hablábamos del Congreso. En cuanto al Senado, es un inútil cementerio de elefantes que todo el país desprecia y que simplemente significa una gruesa carga para el dinero público. Es fabuloso el brillo por su ausencia en cuanto a trabajo realizado se refiere. Los ciudadanos deberían saber, si es que aún no lo saben, que el 90% de diputados y senadores no realizan ni siquiera una pregunta al año al Gobierno. Es decir, no dan golpe, pero gastan el money de los españoles en vuelos en clase bussiness, dietas y elevadas ayudas para vivir en Madrid aunque tengan casa o casas allí. El Fiscal General del Estado no actúa de oficio ni en Semana Santa y, de hecho y sin más historias, está a las órdenes o intereses del Ejecutivo. Corolario: Para gobernar España, basta con las secretarías generales de los partidos. Todo lo demás sobra.

Añado con toda rotundidad ahora que, pese al creciente endeudamiento de las Autonomías, el nepotismo generalizado, los asesores y los coches oficiales a lo bestia, no existe nadie capaz de modificar la estructura del Estado. Nadie. Ello significaría el suicidio de la dictadura de partidos y un big bang de consecuencias diabólicas y sangrientas. Sería un escenario que debería estar a las órdenes de Tobe Hopper. El Gobierno de Rajoy no ha sido capaz, al contrario de lo que por ejemplo se ha hecho en Francia, ni siquiera de juntar dos municipios de 200 habitantes. ¿Quién le quita el sueldo y el boato a un miembro del partido? Nadie. O se hunde todo el sistema y España salta por los aires. Nadie ha visto jamás suicidarse a una oligarquía de partidos.

Si miramos al secesionismo catalán, advertiremos que el Gobierno de España es de los pocos del planeta que no puede aplicar la Constitución (Carta Otorgada). De ahí, el Estado imposible. No puede aplicar su máximo marco legal porque, en principio, significaría una acción armada. La Carta de 1978 dice que el Ejército es el garante de la unidad de nuestro país y que ella es incuestionable e innegociable. La llamada a la secesión tiene un destino: detención, juicio y, en su caso, cárcel. Pero ello no se aplica: por cobardía, por indolencia, por pusilanimidad, por si largara Pujol y por huida hacia adelante para ganar tiempo. Llegan en fin las Elecciones Generales y, como en todas desde el gran éxito de Felipe González en 1982, se habla de cambio y los ciudadanos piden cambios. En esta ocasión hay siglas y rostros nuevos. Veremos si el reclamado cambio llegará a cambio o se quedará como tantas veces en intercambio: de momento, tú te vas porque yo también tengo derecho a mi parte del pastel. Ya lo analizaremos, Dios mediante, dentro de cuatro años, que el tiempo va a su ritmo

Vistas así las cosas, sólo queda encomendarse a Omar Kheyam (“Como saber no puedes del mañana, la angustia que te causas está cimentada en una ficción”) y esperar acontecimientos. Estas cosas que les he dicho son algunas leyendas que se cuentan de un país imposible. Y hay más. Muchas más. Pero ello ya requeriría un ensayo. Un ensayo de una ópera bufa con banda de cornetas y tambores.

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