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Jugar al pierde

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Mientras, anda el personal entretenido con el alcance y la significación de la mayoría absoluta del PP. Dicen unos que entre los errores de la campaña de Rubalcaba figuró apelar al miedo a la derecha, que no le resultó. Sin que nadie haya aclarado si le falló porque los temores carecen de fundamento o porque los españoles son unos temerarios y apostaron al programa de la derecha sin verlo.

Mientras los especialistas dilucidan tan espesas cuestiones, otros nos entretenemos con el bonito juego de las comparaciones odiosas entre las elecciones de 2008 y las del domingo pasado. De las que resulta, oye, que el PP, con menos votos de los obtenidos por el PSOE en 2008 gana nada menos que 32 escaños frente a los 59 que pierden los psocialistas. Sin entrar en los misterios de la ley electoral, en la forma de computar votos ni en el incremento del censo electoral, me quedo con que la clave del triunfo del PP, aparte la dichosa crisis, que ya se ha llevado por delante unos cuantos gobiernos, es la fragmentación de la izquierda.

Sin embargo, lejos de mí criminalizar a la izquierda. En cierto modo, fue lo que intentó Rubalcaba en las últimas jornadas de la campaña electoral; con olvido del pequeño detalle de que los psocialistas en cuanto tocan poder se viran para la derecha y ahí te quedas, voto útil.

Esa es la percepción generalizada que obedece al empeño de los psocialistas de presentarse como gente de orden incapaz de bolchevizar nada y a la que chirrían personajes como López Aguilar, por citar la bicha que nos toca de cerca.

No es que López Aguilar deje de ser hombre de orden. Nunca se salió de los límites de la socialdemocracia, pero su vehemencia alarmó a la anticuada derecha canaria, temerosa de que se conocieran vergüenzas ocultas y asustó a los dirigentes de su propio partido que acabaron pasaportándolo porque, queridísimos míos, una cosa es predicar el evangelio socialdemócrata y otra dar trigo: los planteamientos de López Aguilar, a pesar de darles la victoria, los vieron los psocialistas canarios contraindicados para obtener las parcelitas de poder que tuviera a bien concederles CC, que lleva por lo menos dos legislaturas gobernando a pesar de ser el tercer partido el número de votos. Así, la oferta del PSC quedó en el limbo y la remató la pobreza de sus candidaturas y esa connivencia, que de algún modo hay que llamarla, con CC.

No es preciso decirles que sé de la falta de escrúpulos políticos de Soria. Es capaz de defender, sin ponerse colorado porque para él la gente es idiota, una cosa y su contraria, según le convenga en cada momento. Sus apaños con Paulino para dejar en la oposición en 2008 a los psocialistas ganadores los justificó con el mismo ardor con que combate, ahora, el de CC y los psocialistas. Dice José Miguel Pérez que Soria tiene tan mal perder como mal ganar. Y es verdad, pero no es menos cierto que los psocialistas no saben ganar y que perder les atrae como a esas mariposas que se tiran a las llamas. Es difícil percibir la diferencia entre unos y otros porque, al final, todos parecen estar en lo mismo.

Dejando a un lado las particularidades de la ley electoral y yendo al voto puro, llama la atención que el PP haya obtenido en Canarias un aplastante número de escaños con 94.000 y pico votos más respecto a 2008; frente a los 165.000 perdidos por los psocialistas. También en las islas, a lo que iba, jugó el mecanismo de la fragmentación de la izquierda; sin que tampoco aquí pueda reprochársele que los psocialistas jueguen al pierde.

Me parece, en fin, bastante significativo que a la holgada mayoría obtenida por Rajoy se corresponda un Congreso que reúne el mayor número de grupos parlamentarios que yo recuerde. Algo es algo.

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