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¿Sociedad del conocimiento?

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Normalmente, los conocimientos se heredaban con la práctica diaria de los oficios y la vida cotidiana de las familias, en una vida de verdadera parquedad de medios con la que, sin embargo, el humilde entorno familiar y productivo se procuraba las técnicas, semillas, prácticas más diversas, para poder alimentarse y alimentar al ganado, vestirse y cobijarse, sanarse y poder cantar coplas que tenían forzosamente que improvisar o aprender; también para intercambiar y conservar alimentos o historias que no se debían olvidar. Esa sociedad antigua que hoy mayoritariamente se repudia o se ignora en su conjunto, gestionó una masiva fuente de conocimientos de forma oral, con comunicación directa e inveterada, y claves importantes para desenvolverse en un medio de escasez de recursos del exterior.

La particularidad de todos esos conocimientos es que eran extraordinariamente diversos y adaptados a cada medio, a entornos muy concretos: probablemente nunca circuló tanta información específica y especializada entre personas que hoy consideraríamos iletradas, como en esas décadas en las que se conocían los ciclos de las plantas comestibles y sus variedades y cuidados principales; se daba nombre necesario a cada rincón de barranco; o se conocía cómo armar una yunta o preparar el complejo proceso de elaboración del gofio o de la confección de tal pieza de ropa, ungüento, fiesta local o reparación de tal o cual aparejo. Era el hoy redundante I+D incrustado en la vida de decenas de miles de conocedores de su zona, verdaderas bibliotecas vivas, hoy olvidadas.

Se da la circunstancia de que todo ese inmenso conocimiento necesita estar vivo para ser real. Si no se traspasa y ejecuta la práctica cotidiana diversa entre iguales, muere con sus transmisores truncados, para siempre. De hecho, Canarias está perdiendo en estos años la mayor fuente documental y del conocimiento de su Historia, en su inmensa mayoría nunca escrita, cuando fallecen sus mayores. Como casi nadie se ocupa de hacer lo que se hizo generación tras generación, esa pérdida es definitiva e irrecuperable para el conjunto social.

Hoy, sin embargo, nos mofamos de ser la "sociedad del conocimiento". Una sociedad atrapada que, cuando le bajan la palanca de la luz eléctrica, se vuelve inútil porque no sabe o puede hacer casi nada. Vivimos en una entelequia enchufada al conocimiento televisivo y electrónico, atrapaba literalmente en el mundo virtual ya programado y cocinado por la industria globalizadora, que nos hace clones de supermercado y amasijo homogéneo únicamente distinguible por el salvapantallas del móvil. Nos enorgullecemos de muchos grandes avances en la formación de los ciudadanos, precisamente cuando menos sabemos de cómo vivir con poco, o sin el frágil pero masivo apoyo de lo que entra por puertos y aeropuertos, y cuando menos tiempo podemos estar sin apretar un botón. Nos hemos convertido en sólidos ciudadanos tecnológicos, despreciando groseramente lo manual, en trasunto de pueriles coleccionistas de cualquier engodo de la sociedad de consumo. Sabemos de fórmula 1 pero no cómo plantar para alimentarnos. Somos la sociedad del desconocimiento de lo vital, y andamos sonámbulos, presurosos tras el último ingenio electrónico, para ser cada vez menos autónomos y cada vez más piezas de engranaje autómata, encerrados en los autos y viviendas que procuramos llenar con lo último, en una dinámica que tiene el ciclo vital de la moda, el triunfo de lo efímero y lo caduco frente a la permanencia y contundencia del conocimiento generacional. Todo un logro de esta moderna sociedad del conocimiento el que hoy desconozcamos tanto lo real. Un agradecimiento a los que se desviven para que esto no ocurra, en su trabajo diario y casi anónimo con los mayores de Canarias.

Juan Jesús Bermúdez

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