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El inquietante prójimo

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Después de tantos siglos de civilización y de esfuerzo por humanizar a la humanidad, se diría que nos enfrentamos a unos tiempos de vertiginoso retroceso en esta materia. Ayer se publicó una noticia que viene a clavarme en las entretelas todavía más esa terrible impresión. No fue una noticia destacada. Incluso, hay que decirlo, algunos medios ni se molestaron en recogerla, pero, para a mí me afianza en los temores que les cuento: el inmigrante rumano que se quemó a lo bonzo hace quince días ante la subdelegación del Gobierno de Castellón, murió anteayer solo, en el hospital donde había sido ingresado. Su esposa y sus dos hijos, por cuyo bienestar y futuro Nicolai se inmoló –aquí sí puede hablarse de inmolación y no cuando los terroristas islámicos se suicidan- habían regresado a su país dos días antes. Las ayudas particulares y de las ONG hicieron posible el viaje de retorno. Uno se pregunta cómo es posible que no esperaran, siquiera, a aguardar al lado del padre, del marido, el fin de la tragedia. La esposa de la víctima sabía del estado de su cónyuge, pero se fue. Sus hijos –alegó- estarían mejor en Rumania. Pero, ¿era tan urgente la vuelta a la patria?... Posiblemente, la decisión de Nicolai de prenderse fuego para llamar la atención sobre sí mismo, sobre su familia y sus circunstancias, fuese desorbitada e inútil, pero, aún así, lo que hizo lo hizo por los suyos, más que por razones personales. Y los suyos no fueron capaces de agradecer el sacrificio quedándose unas horas para acompañarlo en el adiós definitivo. Es difícil de entender, quizás porque la concepción de los amores, de los lazos sentimentales, de la piedad y de las obligaciones morales se le están volviendo viejas a uno en este mundo donde las relaciones con los prójimos más próximos se tornan gélidamente inquietantes.

José H. Chela

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