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Tenga uno una madre para esto

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Algunas veces la conclusión final es buena, pero, en otras muchas, la cruda realidad le golpea a uno como una dura maza. Y entonces no queda más remedio que admitir el daño y buscar alguna solución para el desaguisado que se tiene entre manos. Esto mismo es lo que me ha ocurrido a mí, al darme cuenta de la errónea educación que me procuró mi madre. Sí, sé que es duro, pero es lo que hay. ¿No me creen? Esperen un momento que me explique y lo entenderán perfectamente.

El primer gran error que cometió mi madre fue no encaminarme hacia la carrera política y/o a la afiliación a un determinado partido político.

No, en vez de eso, me educó para desarrollar mis cualidades y procurarme una buena educación. Su osadía le llevó a pagarme clases particulares de historia, en vez de las cuotas paras las juventudes militantes de cualquier ideología política. Su obsesión era que aprendiera enseñanzas tan valiosas, según su mentalidad, tales como quien no aprende de los errores del pasado está condenado a repetirlos. Como verán una cuestión baladí si se está sentado en un cómodo sillón oficial, rodeado de los resortes del poder.

Incidiendo en el tema de la historia, mi madre pensaba que si bien hay que respetar la autoridad no hay que comportarse como un ignorante, ni obedecer sin cuestionar decisiones que van en contra del más elemental sentido común. Obedecer a sátrapas, megalómanos y dementes no figuraba entre las prioridades para educarme. Claro, así es imposible medrar en una sociedad donde se prima a los mediocres, lameculos y sumisos, que responden como perros bien entrenados a las órdenes de los dictatorcillos de segunda categoría que tanto abundan en las administraciones públicas.

Para ella, era y es más importante respetar a las personas que imponerles su voluntad a golpe de silbato, insulto y menosprecio. Por dicha razón siempre me ha gustado tratar bien a las personas con las que trabajo, en vez de ningunearlas como sí hacen muchos "colegas" de profesión. Ahora entenderán porque no disfruto gritando a quienes se encargan de limpiar lo que los demás ensuciamos.

Ya ven, ni siquiera puedo disfrutar de un placer que me igualaría con el que sentían los guardianes de los campos de concentración nazis. Una pena.

Y de los insultos, por favor, mi madre los detesta, al igual que a las personas que, de cada tres palabras, utilizan dos insultos o tacos para expresarse. Piensen si no, en buena parte de los cargos electos. A ellos les va muy bien insultando a sus competidores directos, sobre todo si son mujeres, y muchos de sus correligionarios les ríen las gracias como hacen las hienas africanas. Con lo bien que queda demostrar a la concurrencia lo soez que puede ser uno. Es algo tan patrio darle patadas al diccionario de la Lengua Española y a la educación.

Educación, guardar las formas, las tradiciones ?pero no todas, en especial, aquellas que oprimen a las personas-, no creerse superior a causa del dinero o la posición social. Vamos, prohibido ir a comprar el pan y el periódico con un billete de 500 euros. Y de comprar relojes de marca, deportivos o yates, ni hablamos.

Encima, mi madre se empeñó en que siempre que pudiera pagara con tarjeta y dejara el efectivo en la cuenta del banco, una solamente, a ser posible. Soy de letras y controlar más sería un verdadero quebradero de cabeza. Las ostentaciones y el sacar el fajo de billetes queda muy bien en las películas de gánsters y en las timbas de poker, pero nada más. Y yo no sé jugar a las cartas.

¿Qué más les puedo contar para justificar mi enfado? Ah, sí. Otra de sus perniciosas ideas fue mandarme fuera de las Islas, y de mi país, siendo yo bien pequeño. Para ella era crucial, no solamente que aprendiera otro idioma, sino que conociera otras culturas y otras formas de ver y entender el mundo.

Por ello, no me es posible creer en el nacionalismo barato y rancio que muchos políticos pregonan en nuestra comunidad, predicando un inmovilismo y una estrechez de miras, digna de la edad media. Para dichos cargos, mirarse el ombligo es la mejor terapia y la única manera de poder vivir bien en nuestra sociedad. El resto, somos unos ignorantes que no sabemos disfrutar de las bondades del lugar, y sin posibilidad alguna de encontrar un puesto remunerado a la sombra del poder.

Aunque el peor de todos los legados, sin duda alguna, fue el luchar por hacerme una persona librepensadora, amante de la cultura con MAYÚCULAS y de todas las ventajas que una buena formación aporta a las personas. Una persona enemiga de los expertos que sólo quieren medrar a costa del trabajo de quienes les rodean. Una persona enemiga de los déspotas, los corruptos, los derrochadores y todos aquellos que juegan con los recursos ajenos sin temblarles el pulso. Una persona que se enfrenta con sus deficiencias y debilidades, tal y como ella ha hecho a lo largo de su vida y que busca la coherencia, y no que le llamen de "usted" o excelentísimo?

Podría seguir y seguir, pero la conclusión final sería la misma. Mi madre me educó para no figurar en los titulares de las decenas de cargos públicos que ahora llenan los titulares de los principales medios de comunicación y no, precisamente, por su buena gestión. Me educó para no ser descerebrado, repetidor de eslóganes vacíos y carentes de lógica. Me educó para buscar soluciones y no problemas, para construir y no para destruir.

Y me educó para que llegara tener mi propia opinión ?y escribirla, como ahora mismo estoy haciendo- aunque no siempre sea la misma que puede tener ella. Cada persona es como es y la disparidad de criterios en buena y saludable, aunque a muchos políticos les crispe los nervios.

Lo único que puedo decirle a mi madre es GRACIAS POR EDUCARME DE ESA MANERA. De otra forma podría haber terminado hablando, pensando y comportándome como cualquiera de los indocumentados que atentan, día tras día, contra los fundamentos de nuestra sociedad, pero osan calificarse como servidores públicos. Y eso sí que es algo de lo que debería quejarse un hijo.

Eduardo Serradilla Sanchis

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