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La sonrisa de Suu Kyi

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Aung San Suu Kyi está sola en su celda. Pero en las calles de Rangún, la capital del país, miles de monjes llevan varios días pidiendo libertad y respeto a los Derechos Humanos. Las sotanas naranjas y rojas se han convertido en el principal enemigo de un gobierno militar fruto de un golpe de Estado que se produjo en 1988. Hasta ese año el país era gobernado bajo una constitución de 1979 que definía al país asiático como una república socialista. Los militares cambiaron hasta el nombre del país, ahora se llama Myanmar. Los monasterios de la antigua Birmania se han vaciado y las calles se han llenado de sotanas rojas rebeldes. ¡Qué distintas estas sotanas a las sotanas negras que en los últimos años han salido a las calles de Madrid para intentar frenar el avance de los derechos de los homosexuales o pedir que en las escuelas no se hable de los derechos humanos y de la democracia! Me da la impresión de que estos monjes, aunque practican el budismo, están más cerca de Jesucristo que los que llevan las sotanas negras españolas. Budda significa “el que ha despertado”, y estos monjes han decidido despertarse no de un sueño, sino de una pesadilla militar que lleva décadas oprimiendo a su país. El Consejo de Seguridad de la ONU se ha reunido cuando ya han caído los primeros muertos en las calles de Rangún. China y Rusia (que están interesados en explotar el petróleo y el gas de Birmania) han vetado una resolución de condena al régimen de Rangún. El sistema de veto, tan empleado por Estados Unidos para impedir que se condene a Israel, es usado ahora por chinos y rusos para hacer una llamada de atención: Asia es nuestro territorio, así que los occidentales no se pueden meter en nuestros asuntos. Mientras se llame comunidad internacional a un organismo como la ONU, en el que los países que más producen y venden armas en el mundo tienen derecho a vetar cualquier condena contra los gobiernos que usan esas armas para masacrar a la población civil, mientras la cosa funcione así, no vamos a ningún lado. No se puede encargar la dirección del cuerpo de bomberos a un grupo de pirómanos, y eso es lo que es el Consejo de seguridad de la ONU. No sabemos cuántos monjes con sotanas rojas serán aplastados por los militares de Than Shwe. Tampoco sabemos cuánto tiempo estaremos sin ver la bella sonrisa de Suu Kyi. Pero tengo la impresión de que la cosa va a durar. Y es que Birmania tiene un gran defecto: no explota el petróleo que tiene bajo su suelo. La corrupción de los militares ha dejado al Estado sin dinero para invertir y poder sacar parte de los 3200 millones de petróleo que hay bajo su suelo y sus aguas. Dos de cada tres birmanos son agricultores. Si en lugar de arroz, algodón, manises o té los birmanos estuviesen sacando petróleo, la situación del país hubiera formado parte de la agenda de la autodenominada Comunidad Internacional hace muchos años. A lo mejor los birmanos estarían peor, a lo mejor caerían como moscas como están cayendo iraquíes y afganos estos últimos años. Pero seguro que la libertad de Suu Kyi hubiera formada parte de la Seguridad Nacional de Estados Unidos y hubiera preocupado antes a la Unión Europea. Ya lo cantó Serrat: he llegado siempre tarde donde nunca pasa nada. La ONU y Europa suelen llegar cuando ha pasado lo peor. El único consuelo es que todavía hay gente en el mundo dispuesta a dar su vida para luchar por la libertad y contra la opresión. Todo empezó por una pequeña manifestación de trabajadores que protestaban contra la subida de los carburantes. Un grupo de monjes salió a la calle a apoyar a esos trabajadores. La policía reprimió violentamente a los manifestantes. Frente a la violencia de los militares, los monjes han ido saliendo a la calle para manifestarse pacíficamente. La sonrisa de Suu Kyi está secuestrada en una celda en Insein mientras miles de Gandhis llenan las calles de Rangún. Llevan nueve días desafiando a unos corruptos que están armados hasta los dientes. Que Buda los proteja, porque la Comunidad Internacional no está para perder el tiempo en estas boberías.

Juan García Luján

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