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La voz del pueblo

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Por supuesto, los cuatro ancianos desocupados consideraban que la voz del pueblo se resumía en sus voces y en sus diatribas, mayormente dirigidas al Gobierno de la nación, a sus nefastas políticas familiares, educativas, antiterroristas y demás, y que podrían resumirse en una conclusión final: - Esto sí que es una dictadura y no la de Franco. Cuando me fui, un poco precipitadamente, para no meterme en discusiones estúpidas, y después de pagar la no muy onerosa cuenta, lo hice bajo una lluvia de insultos e improperios. Estamos vendidos al poder. La anécdota, reciente y sin mayor importancia, da que pensar. Es demasiado frecuente que cualquier grupo, grupúsculo o, incluso, gentío organizado en una manifestación, se arrogue la representatividad del sentir popular. Una extremada fatuidad y un imposible, porque el pueblo, la sociedad, la ciudadanía, afortunadamente, y aunque esté de moda hablar de ello, no están aprisionados en la jaula ideológica de un pensamiento único. Pero, por lo visto, no hay manera de convencer de esa realidad tan simple a quienes se creen portavoces de un parecer universal o de unos sentimientos absolutamente e incuestionablemente generalizados. Los manifestantes de cualquier signo parecen convencidos de que sus proclamas y sus reivindicaciones traducen las exigencias de todos sus congéneres, vecinos y compatriotas, incluidos los que no han acudido a la convocatoria, sencillamente porque no están de acuerdo con los planteamientos de los convocantes. Hay hasta cadenas radiofónicas que hablan –mejor, que tratan de incendiar dialécticamente este país- en nombre de España, es decir de todos los españoles, dando por supuesto que los que no se expresan en sus mismos términos o están afónicos o son unos traidores a la patria. Hay también, por seguir con los ejemplos, independentistas indigenistas –me tupen a diario de correos electrónicos–, que lanzan sus mensajes cibernéticos en la confianza segura, aunque nunca contrastada, de que son eso: la voz del pueblo, Por supuesto, canario y oprimido, faltaría más. En este sentido, los columnistas y articulistas cotidianos somos de una humildad insólita: somos la voz de nosotros mismos. Salvo inicuas excepciones, claro. El caso es que no existe una voz del pueblo –o, al menos, no existe una sola, sino cantidad- y que, en este sistema, además, es muda y únicamente se expresa cada equis tiempo, a través de las urnas. Para elegir, casi siempre, según el saber y entender de cada votante, la mejor de un conjunto de malas, y hasta pésimas, opciones posibles. Qué se va a hacer.

José H. Chela

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