Un cuarto de siglo del tercer ascenso a la élite del Tenerife
El CD Tenerife celebra este 17 de junio veinticinco años de su tercera ascenso a Primera División, sellado, tal día como hoy de 2001, con una victoria sobre el Leganés gracias al gol inolvidable en el minuto 72 de Hugo Alberto Morales. Aquel 0-1 en la jornada de cierre dio al equipo blanquiazul su tercer ingreso en la élite tras una dura competencia junto a Sevilla FC (campeón), Real Betis (segundo) y un Atlético de Madrid (cuarto) que se quedó sin premio.
La apuesta por Rafa Benítez como entrenador, junto al rendimiento sobresaliente de incorporaciones como Martí, Luis García, Torrado o Aragoneses, ahormaron una plantilla fiable en todas las líneas —la menos batida, como el Betis— que combinó victorias de peso en el Vicente Calderón (1-2) y el Ruiz de Lopera (0-2) con otras más lógicas —pero igualmente importantes— como el 0-1 ante el Murcia en la 38.ª jornada que colocó al Tenerife con cinco puntos de margen con doce por jugar.
El arquitecto Benítez. En una dupla efectiva que dio sentido a la construcción de la plantilla, el presidente Javier Pérez y su director deportivo, Felipe Miñambres, hicieron una apuesta, en apariencia de riesgo, para dar la dirección del equipo a Rafael Benítez Maudes (Madrid, 1960), un técnico que ya había ascendido a Primera al Extremadura, pero que venía de una temporada 99-00 en blanco.
En un curso en el que el CD Tenerife debía competir con tres gigantes del fútbol español como Sevilla, Betis y Atlético de Madrid —además de con plantillas más poderosas sobre el papel (Levante o Salamanca)—, Benítez impuso su método, antes designando al recién llegado José Luis Martí como capitán del equipo y luego haciendo valer una propuesta basada en la solidez defensiva, un centro del campo poderoso y la efectividad repartida en el trío Barata-Mista-Luis García (36 de los 58 goles).
Una mezcla armónica. La apuesta del club para un nuevo aire a la plantilla trajo tambiñen al Heliodoro a jóvenes valores de las mejores canteras: Martí (Mallorca), Luis García y Antonio Hidalgo (Barcelona), Curro Torres (Valencia), Charcos (Atlético de Madrid) y Aragoneses (Celta).
Junto al mexicano de solo 21 años Gerardo Torrado —un seis de batalla y amplio recorrido, imprescindible para Benítez y luego mundialista con el Tri— y futbolistas que ya repetían en la plantilla del representativo (Pier, Alexis Suárez, Lussenhoff, Pablo Paz o Simutenkov), el Tenerife pasó en unos meses de tapado a aspirante solvente.
Una victoria en la décima jornada en Badajoz (0-1) lo dejó como líder de la Segunda durante las nueve semanas siguientes y cuando se cayó del liderato nunca volvió a bajar del tercer escalón, en una época —todavía sin play-offs de ascenso— en la que el podio aseguraba la gloria del ascenso.
Sólido y rentable. La temporada del CD Tenerife arrancó en el Carlos Belmonte con una derrota ante el Albacete (1-0), pero a partir de ahí el estilo Benítez fue imponiéndose con triunfos sonados como el 0-5 en Getafe y una racha de seis victorias consecutivas entre la novena y la decimocuarta fecha que tornaron su rol en aquella Segunda División.
La fiabilidad defensiva del grupo y la rentabilidad de su trío de delanteros fueron las señas de identidad en un colectivo en el que Luis García fue destacándose como goleador y el argentino Hugo Alberto Morales —más sustituto que titular— como destacador de partidos. Y aunque un problema de licencia derivado del pasaporte del brasileño Barata generó incertidumbre por un posible castigo que evaporara las opciones de ascenso, el Tenerife ya vestía para entonces el traje de aspirante del que ya no despojó.
La coronación de Hugo Morales. El CD Tenerife ganó en los despachos el caso Barata, pero por el camino llegó el argentino Bruno Marioni para suplir al delantero de Carnaúbas. Solo hizo dos goles (frente a Salamanca y Lleida), pero dio un plus inesperado de carácter y comunión con la afición que afianzó aún más la creencia en el objetivo del ascenso.
Tras una recta final de campeonato apasionante y con el Sevilla ya ascendido, las otras dos plazas para la gloria quedaron para la última jornada y tres aspirantes. El 17 de junio de 2001, el Tenerife se la jugaba en el estadio de Butarque ante el Leganés, el Atleti hacía lo propio en casa con el Getafe y el Real Betis en Jaén. El éxito solo pasaba por hacer lo mismo que sus rivales, que al descanso ya ganaban, en lo que el Tenerife no encontraba puerta frente a su rival.
Directo al último sexto del partido, el ascenso se le escapaba de las manos al CD Tenerife, camino de una fatalidad indeseada. Hasta que el minuto 72, Hugo Morales sacó petróleo de un tiro libre intrascendente a treinta metros de la portería de Raúl. La lógica invitaba al centro templado en busca de algún cabezazo salvador.
Pero Morales —el Moralito antes ídolo en Huracán y Atlético Lanús y desde aquel disparo providencial, leyenda blanquiazul— nunca se guio por la lógica de la academia. Apostó por una ejecución violenta, con efecto, un balón que se envenenó por el camino y acabó en la red del Leganés.
Lo que sigue se inscribe en el imaginario birria: el grito infinito de Morales, la carrera loca de Morales en busca del abrazo amigo, el dedo en la boca de Morales para mandar a callar a cinco mil colchoneros devenidos seguidores del Lega —“El año que viene, Atleti-Leganés”, gritaron entonces los blanquiazules—, el éxtasis, la felicidad plena.
Y el ascenso, hace hoy un cuarto de siglo.