Reserva de la Biosfera, una figura designada por la UNESCO sobre aquellos territorios que cumplen funciones de conservación de la biodiversidad y los ecosistemas, desarrollo de las poblaciones locales y apoyo logístico para la investigación, formación y comunicación.
Está compuesta por un 42% del territorio insular, casi la mitad, y una franja marina que va desde la punta de Maspalomas -sin contar los primeros metros de la línea de costa- hasta el puerto de Mogán. Se trata de una suerte de escudo invisible cuya continuidad depende en buena parte de que los isleños sean guardianes del delicado equilibrio entre paisaje, cultura y diversidad de especies.
Para entender cómo abarca territorios la Reserva de la Biosfera se debe pensar en tres zonas de protección: una zona de núcleo, que corresponde al área de protección más intensa, lo máximo a salvaguardar, que en el caso de Gran Canaria son la Reserva Natural Integral de Inagua y la Reserva Natural Especial de Güigüi. La zona tampón o de amortiguamiento, que rodea la zona núcleo y permite actividades compatibles con la conservación, como turismo sostenible o investigación, está compuesta por el Parque Rural del Nublo, el Parque Natural de Tamadaba, el Parque Natural de Pilancones y una pequeña franja de 500 metros en torno al núcleo terrestre de Güigüi. Finalmente, los municipios de San Bartolomé de Tirajana, Mogán, Artenara, San Mateo, Valle de la Aldea de San Nicolás y parte del municipio de Agaete constituyen la tercera zona, la de transición, donde se deben desarrollar actividades económicas y humanas sostenibles, buscando el beneficio de la comunidad local y el entorno.
Para Pilar Pérez Suárez, bióloga y gestora de la Reserva de la Biosfera en Gran Canaria, en el por qué de esta figura no solamente se encuentra salvaguardar el patrimonio natural y los espacios naturales con sus especies y hábitats, sino también, explica a este periódico, “esa interacción del ser humano a lo largo de, en nuestro caso, más de 1.500 años, 2.000 años, con el territorio, que deja señas de identidad en casi cualquier rincón”. Y es que en las reservas de la biosfera del mundo entero hay una especie que debe estar sí o sí, que es la humana.
“Si no hay personas, una Reserva de la Biosfera no podría existir, sería otra figura distinta”, cuenta Pérez. “Son las personas que la habitan, la transforman y dejan huella positiva, por decirlo así, ese es el factor clave”, sostiene Pérez.
En este punto, y tras 20 años de gestión de esta figura de la UNESCO, para la bióloga es importante que la Reserva de la Biosfera “no prohíbe hacer cosas”, no le afecta a ningún habitante en su día a día a nivel normativo, pero sí tiene repercusiones en positivo. “Una Reserva de la Biosfera como la nuestra, o en general en España, o no te afecta o te afecta en positivo, porque al final es un territorio que está reconocido a nivel mundial, de repente hay un mapa en el que aparece un trocito de Gran Canaria, junto con más de 700 en el mundo”.
Gran Canaria en el mapa del mundo
La figura de la Reserva de la Biosfera en Gran Canaria, en su afán por comulgar paisaje y paisanaje con arreglo a la tradición, encuentra en la trashumancia un claro ejemplo de lo que esta gestión significa; una interacción gradual del ser humano en el medio en la que deja una huella lo más respetuosa posible sobre los ecosistemas que habita. “Por lo tanto”, continúa Pérez, “no es una figura del pasado, como podría ser un Patrimonio de la Humanidad, como por ejemplo, La Alhambra de Granada, sino que las reservas de la biosfera miran al futuro”.
A Pilar Pérez le gusta hablar de su gestión como de “agente conector”, expresión usada por su compañera de otra reserva que también está de aniversario, la de Alto Bernesga, que ha sufrido graves daños tras los feroces incendios de este verano en León. “Las cosas ya están en el territorio y una Reserva de la Biosfera, un gestor, una gestora, trata de conectar esas piezas dentro de sus posibilidades para hacer proyectos, miradas más holísticas de intervención”.
Y esa gestión abarca la creación de proyectos de educación ambiental y desarrollo sostenible, como lo son las ecoescuelas que van por todos los centros educativos. También intervenciones físicas, de obras de mejora o de rehabilitación de entornos.
Entre las tareas también se llevan a cabo actividades de divulgación como el proyecto Encuentros de Saberes de Mara a Cumbre, donde personas expertas en una materia concreta, por ejemplo la lana, se reúnen y en círculo se intercambian conocimientos.
“Tenemos órganos de participación, consejos científicos, damos subvenciones para entidades sin ánimo de lucro que puedan desarrollar actividades de puesta en valor de estas dos figuras. Estamos en el momento más alto de gestión desde mi punto de vista”.
Preguntada por los retos que afronta la Reserva de la Biosfera de Gran Canaria para revalidar en diez años el reconocimiento de la UNESCO, su gestora se refiere a dos líneas de actuación: una que es de propia de la gestión, “es decir, que el Cabildo, que la institución principal promotora de esta figura siga con este compromiso y apueste y la entienda”, asevera. Y luego está la parte de las entidades locales, las asociaciones, los colectivos, los vecinos, las vecinas y la población Gran Canaria, los visitantes. “Es nuestra labor hacer entender que están en un espacio privilegiado, que tiene unas limitaciones”.
Para Pérez Suárez hacer ver esto es un reto difícil en un mundo global donde las puertas están abiertas y desde Europa llegan y van. “Entonces es complejo controlar esos flujos, que pueden tener un impacto realmente como son esa gentrificación, turistificación de espacios, de focos”, advierte. Una Reserva de la Biosfera no transforma un territorio de golpe. No es una figura que vaya a salvar a un territorio, pero sí ayuda y rema hacia que se den cosas mejores“.