“La naturaleza es gratis”: por qué las Dunas de Maspalomas son una reserva protegida solo sobre el papel

Toni Ferrera

29 de agosto de 2026 20:46 h (Hora canaria)

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Eran los meses de abril y mayo de 2018. Investigadores de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) acudieron al espacio protegido de las Dunas de Maspalomas, en el sur de la isla, para preguntar a los turistas que traspasaban los límites de la reserva por qué lo hacían. La intención era conocer la psicología, motivaciones y justificaciones de aquellos que estaban destruyendo el área. Medir su “sensibilidad ecológica”. Y los resultados fueron cuando menos reveladores.

El 78,2% de los encuestados (101 en total) no sabía que se encontraba dentro de una Reserva Natural Especial protegida. Solo el 40,6% sabía que existían normas y el 62,4% desconocía la existencia del Centro de Interpretación. Además, muchos usuarios se opusieron rotundamente a pagar una tasa para la conservación de las dunas. De los 28 que justificaron su rechazo por escrito, el 60,7% de ellos afirmó que “la naturaleza es libre y pública” y que, por tanto, el acceso debe ser gratuito; el 21,4% argumentó que una tasa sería perjudicial para el turismo local; y el 7,14% advirtió de que no volvería a visitar las dunas si tuviera que pagar.

Ese mismo año, también en 2018, los investigadores de la ULPGC mapearon 298 puntos dentro de la reserva donde se habían acumulado residuos o destruido vegetación endémica. El proyecto Masdunas, del Cabildo de Gran Canaria, logró restaurar 295 de ellos y retiró poco más de 2.000 metros cúbicos de restos vegetales entre 2019 y 2023. Pero, aunque las zonas señaladas en 2018 fueron casi recuperadas por completo, la imposibilidad de mantener una vigilancia las 24 horas ha provocado la aparición de nuevos focos de degradación en áreas previamente intactas y en las zonas de mayor tránsito.

Todo ello hace que la Reserva Natural Especial de las Dunas de Maspalomas parezca una reserva solo sobre el papel, según un estudio publicado en la revista ‘Journal of Outdoor Recreation and Tourism’. La investigación muestra que en el interior de este espacio continúan realizándose de forma habitual actividades prohibidas que provocan la destrucción de hábitats y que, pese a las medidas desplegadas para frenar su degradación, es necesario tomar decisiones “sólidas” que involucren a todas las partes implicadas.

“A pesar de haber eliminado algunos refugios, hemos visto que se siguen organizando (a través de redes y páginas web) para poder entrar en la reserva cuando no hay vigilancia. Esto hace que, aunque haya un compromiso por conservar el espacio, de un año para otro o en cinco años no puedes cambiar la mentalidad de la gente. Eso solo lo consigues con un bombardeo diario”, explica Carolina Peña-Alonso, investigadora del grupo del Instituto de Oceanografía y Cambio Global de la ULPGC y primera autora de la publicación.

La investigación destaca varios factores que complican la protección de las dunas. Uno de ellos es la dificultad de educar a una población turística que permanece de media una semana en las Islas. El visitante puede concienciarse durante su estancia, pero ese conocimiento no necesariamente se mantiene. El esfuerzo pedagógico pierde efecto cuando coge el avión de vuelta a casa. Y así con los más de dos millones de turistas que visitan Maspalomas cada año.

Algunos turistas extranjeros también muestran una especie de “sentimiento de propiedad” cuando construyen refugios en la reserva, indica Peña-Alonso. Además, en “numerosas ocasiones”, los infractores eran visitantes habituales que parecían sentirse “empoderados” al saber que sus actos no tendrían consecuencias legales, dada la “escasa presencia de personal de seguridad” en Maspalomas. Muchos eran conscientes, continúa el artículo, de que las multas no llegarían a cobrarse una vez regresaran a sus países de origen.

El estudio señala directamente al modelo empresarial de la zona por utilizar las dunas como un mero escaparate publicitario para atraer millones de visitas “sin asumir apenas responsabilidad en su conservación”. También lamenta el choque competencial entre las distintas administraciones encargadas de gestionar el espacio, una situación que está comprometiendo la supervivencia del sistema dunar. Peña-Alonso explica que, para que este funcione, el viento debe empujar la arena desde la playa hacia el interior. Pero “si sigue pasando la máquina para alisar la playa todos los días, y se siguen instalando lotes de hamacas, sombrillas y demás, la zona de entrada no está bien”, y eso impide que la arena circule.

A ello hay que sumar la construcción masiva de complejos hoteleros y carreteras que rodean por completo el norte del ecosistema. Estas infraestructuras han bloqueado la dinámica natural del viento y han seguido dificultando el movimiento de la arena hacia el interior. Peña-Alonso destaca que cada vez existe una “menor entrada de arena” hacia las dunas, mientras el conjunto de actividades “intensivas” a su alrededor (e incluso dentro de ellas) no ha cesado. La investigadora apunta que, en la zona de Maspalomas, de hecho, la línea de costa ya ha retrocedido más de 100 metros en las últimas décadas.

“Ya hemos pasado ese punto de no retorno, por desgracia. Entonces… lo que nos queda es mantener lo que hay. Sobre todo, las dunas que vemos en la zona del RIU Palace, que es una postal, vamos, que son las dunas moviéndose libremente sin vegetación. Ese sistema depende de la zona de entrada que está en Playa del Inglés, que se está protegiendo con los proyectos Masdunas. También se está recuperando la zona sur de la playa, que era una de las más sensibles”, detalla Peña-Alonso.

Los resultados de la investigación muestran que en más del 50% de los puntos degradados detectados en 2018 (un total de 298, de los que 56 se encontraban dentro de la zona de exclusión) había vegetación dañada o talada. Entre los residuos encontrados había principalmente colillas, papel higiénico, toallitas húmedas, preservativos y bolsas de basura orgánica. Estos desperdicios favorecen la presencia de depredadores exóticos introducidos en el sistema dunar, como ratas de alcantarilla, erizos y gatos asilvestrados procedentes de las urbanizaciones, que suponen una amenaza para lagartos y aves protegidas.

El estudio indica que el 84,3% de los encuestados eran extranjeros (el 39,1% alemanes y el 15,2% británicos). El 96,1% eran hombres y el 58,7% tenía más de 44 años. Más de la mitad (57,6%) contaba con estudios universitarios (licenciatura, máster o doctorado). De manera paradójica, el 48,35% criticó la “falta de gestión” y reclamó papeleras y baños públicos dentro de la reserva, servicios que están prohibidos para proteger el entorno. El 13,1% se quejó de características propias de un desierto, señalando que en las dunas “hacía demasiado calor” o “faltaban árboles”. Y solo el 7,6% identificó la degradación ambiental como un problema real.

Todos estos datos formaron parte del diagnóstico inicial del proyecto Masdunas hace poco más de siete años. Los expertos eligieron este periodo de tiempo precisamente para alejarse de los estudios centrados solo en las condiciones ecológicas de las áreas protegidas y analizar cómo las evaluaciones iniciales pueden contribuir a mejorar las medidas de gestión.

Lo que ocurre en las dunas es, a juicio de los investigadores, un problema “de carácter estructural y no circunstancial”, remata el trabajo académico.

“Las Dunas de Maspalomas son únicas porque representan en Europa los espacios sedimentarios eólicos. Tienen un papel de atracción del turismo, que al final es el motor de nuestra economía. Pero más allá de eso, a nivel funcional, es un espacio que nos está protegiendo de las tormentas del oeste, que cada vez llegan con más potencia y duración. Y si las dunas no estuvieran, el agua entraría directamente hasta los hoteles. Es decir, a nivel climático, tendríamos problemas de inundación bastante relevantes”, concluye Peña-Alonso.

El Cabildo de Gran Canaria, a través del Plan de Sostenibilidad Turística en Destino ImpulsaMaspalomas, ha implantado cámaras de videometría inteligente, sensores de flujo de personas en tiempo real para medir la carga de visitantes, postes alimentados con energía solar y señalética digital. También ha incorporado sistemas de megafonía inteligente en los accesos clave para emitir advertencias disuasorias en varios idiomas a los turistas que intenten salirse de los senderos. Y ha distribuido 43 papeleras inteligentes con sensores de llenado en los paseos marítimos y accesos a la playa para evitar la dispersión de basura hacia el interior de las dunas.

Fuentes de la Corporación insular indican que estas son las últimas medidas anunciadas por el Cabildo para proteger la reserva, junto con la incorporación de agentes en horario de tarde para reforzar la vigilancia.

El estudio de Peña-Alonso y otros expertos reclama la puesta en marcha de un enfoque que abarque a las distintas partes interesadas y tenga en cuenta las motivaciones de las personas que visitan las dunas. Señala la importancia de gestionar las expectativas de los visitantes, poner en marcha campañas eficaces de educación ambiental, establecer directrices claras e información clave sobre la reserva y, por último, apoyar al personal de seguridad en su intento de controlar los usos conflictivos.