Óscar Peña: el niño palmero que llevó el nombre de La Palma a la élite del baloncesto español

Santa Cruz de La Palma —
16 de mayo de 2026 10:41 h

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Esta historia, comenzó cuando cayó en mis manos una fotografía de un cromo de Óscar y me pregunté: ¿Cuántos palmeros conoces que se les haya hecho un cromo? Quise conocer un poco más su historia y me dije, seguro que Óscar tiene en su perfil algo que me pueda ayudar y lo que descubrí fue a un amigo vestido con la ropa del Real Madrid para luego verlo con la Selección Española. Desconocía esta historia de Peña (como lo conocemos los de aquí), busqué en prensa su vida deportiva y fue un comentario el que me abrió los ojos: “¿¡Para cuándo un homenaje de tu tierra, Óscar!?, y decidí escribirle. La amabilidad y la humanidad con la que me transmitió su vida me llamó la atención y aquí está su homenaje.

Hay historias desconocidas que no se deberían dejar escapar con el paso del tiempo. Historias que no aparecen todos los días, que no suelen hacer ruido y que muchas veces permanecen escondidas detrás de la humildad de quienes las protagonizaron. Porque hay personas que alcanzan lugares reservados para muy pocos y, sin embargo, continúan caminando por la vida con la misma sencillez con la que comenzaron.

Olvidémonos de tecnicismos deportivos que solo entienden aquellos que lo practican y acerquémonos a la persona.

La historia de Óscar Peña pertenece a esa categoría. No es solo la trayectoria de un jugador de baloncesto. Es la historia de un niño palmero que salió desde una pequeña “suidá” en medio del Atlántico para terminar compitiendo en la élite del deporte español, llevando el nombre de La Palma por pabellones de toda España y representando a su país frente a algunos de los jugadores que años más tarde acabarían convirtiéndose en figuras internacionales.

Lo más curioso es que todo comenzó sin grandes planes.

En su casa no existía tradición de baloncesto. El deporte que se vivía era el fútbol y, como tantos niños de la generación de los 60, creció entre jugar a la pillada, la piola al veo, veo y el balón donde el deporte era simplemente diversión en aquella cancha de piche apodada la Oje del ex convento de San Francisco .

Nadie podía imaginar que aquel niño terminaría vistiendo la camiseta del Real Madrid. Ni siquiera él mismo. Sus primeros contactos con el baloncesto fueron casi casuales, en los recreos del colegio, jugando con amigos y aprovechando una altura que ya comenzaba a diferenciarlo del resto. Era alto para su edad, sí, pero además tenía algo que no siempre acompaña a quienes crecen rápido: coordinación, facilidad para moverse y unas condiciones naturales que llamaban la atención.

Con apenas trece años seguía compartiendo el fútbol con el baloncesto sin pensar demasiado en el futuro. Eran tiempos donde era difícil conseguir equipamiento, los niños jugaban por puro placer con las rodillas peladas. Pero en la vida, a veces, aparecen personas capaces de ver aquello que uno aún desconoce de sí mismo. Para Óscar esa persona tuvo nombre propio: Felipe Antón.

Fue él quien observó algo distinto en aquel chico. Quien insistió, quien convenció y quien empujó a un adolescente que todavía no entendía muy bien que la vida estaba empezando a abrirle una puerta enorme. Llegaron los torneos de verano y las primeras experiencias más serias. Más adelante, incluso siendo más joven que muchos compañeros, Felipe decidió llevarlo a Tenerife para reforzar al Instituto después de proclamarse campeón de La Palma. Aquello, sin saberlo, sería uno de esos momentos que terminan cambiando una vida.

Por primera vez salía a competir fuera de la isla y por primera vez otros ojos comenzaron a fijarse en él. Equipos como el Canarias y el Náutico mostraron interés por aquel joven palmero que jugaba con naturalidad, sin imaginar siquiera el revuelo que empezaba a despertar a su alrededor. A su regreso a La Palma, Felipe habló con sus padres. La idea era clara: trasladarse a Tenerife, estudiar y seguir creciendo deportivamente. El baloncesto ya empezaba a ocupar un lugar más importante y Óscar comenzaba a tomárselo en serio, aunque sin abandonar nunca el fútbol.

Las maletas estaban prácticamente preparadas y el camino parecía decidido. Tenerife sería el siguiente paso. Pero la vida tiene esas vueltas inesperadas que terminan marcando destinos enteros. Surgió entonces una posibilidad distinta: viajar a Gran Canaria para que pudiera verlo una auténtica leyenda del baloncesto español, el exjugador y entrenador del Real Madrid Clifford Luyk.

Pero Óscar no quería ir, le daba vergüenza. Sentía nervios. Se veía pequeño para algo tan grande. Acudió casi más ilusionado por conocer a una figura histórica del Real Madrid que pensando realmente en una oportunidad deportiva, pero se equivocaba, bastó un solo entrenamiento para que todo ocurriera.

Clifford Luyk lo vio jugar y quedó convencido. Tanto que inmediatamente propuso llevárselo al Real Madrid. La noticia parecía demasiado grande para ser cierta. Él apenas podía creerlo y en casa la sorpresa fue todavía mayor. Hasta que aquello dejó de parecer un sueño y comenzó a convertirse en realidad. El propio entrenador viajó hasta La Palma para hablar personalmente con sus padres.

En 1979 llegó al Real Madrid. Lo que para cualquier joven podía parecer un sueño perfecto escondía también una parte muy dura. Porque hay historias de éxito que pocas veces cuentan el precio emocional que hubo detrás. Deportivamente las cosas funcionaban.

Porque alcanzar la élite tiene un lado que pocas veces aparece en las fotografías. La nostalgia y la distancia pesan. Y para un niño acostumbrado a su Calle Real y su Plaza de España, Madrid sonaba demasiado lejos.

Durante sus cuatro temporadas en el Real Madrid se proclamó campeón de España en las cuatro ocasiones. Defendió a España en categorías juveniles y junior, disputó preeuropeos, campeonatos de Europa y un Mundial Junior, enfrentándose a jugadores que terminarían convirtiéndose en estrellas del baloncesto internacional y llegando incluso a la NBA.

Más tarde continuó su carrera en Valladolid, Canarias, Breogán y Gijón, dejando una trayectoria extraordinaria de 224 partidos en la ACB. Especialmente recordadas fueron sus temporadas en Lugo, donde alcanzó algunos de los mejores momentos deportivos de toda su carrera.

Pero quizá lo más hermoso de esta historia aparece cuando habla de sus recuerdos de infancia. Porque antes de todo aquello existió un niño sentado en las gradas de la OJE de Santa Cruz de La Palma, mirando fascinado los partidos entre Buitres y Ajax, observando las gradas llenas y sintiendo aquella admiración inmensa que solo tienen los niños cuando creen estar viendo gigantes.

Porque cuando se mira hacia atrás, los logros nunca pertenecen únicamente a quien aparece bajo los focos. Detrás de cada camino siempre quedan personas que empujaron, acompañaron y creyeron cuando todavía nadie imaginaba el destino. Óscar tampoco quiso cerrar esta conversación sin detenerse en quienes formaron parte de su historia. Con emoción, quiso tener unas palabras de agradecimiento para don Felipe Antón, la persona que vio en aquel adolescente algo especial y que, incluso viviendo en La Palma, viajó a Madrid durante las cuatro temporadas que jugó en el Real Madrid para apoyarlo y estar cerca de él. Un gesto que nunca olvidó. Y también quiso recordar a compañeros palmeros que, cada uno en su trayectoria, lograron abrirse paso hasta la élite del baloncesto nacional: Manolo de Las Casas, Juan Méndez, Eduardo Aciego y Luis Sa (In memoriam). “Porque sin ustedes, esta historia nunca habría podido escribirse”.