Los Indianos: memoria viva de una identidad migrante

Santa Cruz de La Palma —
16 de febrero de 2026 09:56 h

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La celebración palmera de Los Indianos nos recuerda que la migración a América no fue un episodio aislado en Canarias, sino un flujo sostenido de intercambios sociales, culturales y económicos que acabó arraigándose como rasgo constitutivo de nuestra identidad histórica y colectiva.

Hoy, 16 de febrero de 2026, La Palma vuelve a teñirse de blanco. Las calles de Santa Cruz se llenan de trajes de lino, sombreros panamá y nubes de talco, mientras resuena un grito colectivo que es fiesta, pero también memoria y esperanza. Porque Los Indianos no nacieron solo como celebración carnavalera: surgieron como un guiño a quienes cruzaron rumbo a Las Indias en busca de oportunidades y regresaron convertidos en «indianos», saludando desde los barcos a familiares que los esperaban con los brazos abiertos.

La recreación festiva que hoy congrega a miles de personas comenzó, sin embargo, de forma mucho más íntima. En la década de 1960, los hermanos don Manuel y don Gonzalo Cabrera, apasionados del costumbrismo palmero y herederos de una imaginación familiar desbordante, decidieron trasladar aquellas escenas de desembarcos cargadas de emoción y teatralidad al espacio público y convertirlas en celebración colectiva dentro del Carnaval.

Contaron con la complicidad decisiva de fieles amistades, familiares y, concretamente, su hermana, doña Yolanda, dotada de un gusto exquisito para la costura, así como de sus esposas, doña Estela y doña Julieta. En pocos días confeccionaron con esmero atuendos blancos impecables y reunieron todos los elementos necesarios para escenificar un auténtico desembarco indiano. No faltaron los baúles, un coche de época, un loro como guiño caribeño y la figura de la popular Negra Tomasa, personaje que, desde la sátira, forma parte del imaginario tradicional de la fiesta.

Aquel primer paseo por la capital, entre miradas sorprendidas y sonrisas cómplices, fue el germen de una tradición que creció año tras año hasta convertirse en uno de los símbolos más reconocibles del Carnaval palmero. Lo que empezó como recreación casi doméstica terminó consolidándose como un espacio de encuentro colectivo, donde la ironía y la memoria histórica caminan de la mano.

Porque detrás del polvo blanco y la música hay una historia más profunda. El vínculo atlántico entre Canarias y América se remonta a los siglos XVI al XVIII, cuando las islas se convirtieron en enclave estratégico entre la Península y el Nuevo Mundo. Desde entonces, miles de canarios participaron en procesos de colonización y asentamiento, especialmente en el Caribe, con destinos destacados como Cuba, Venezuela o Puerto Rico.

Sin embargo, fue en el siglo XIX cuando se produjo el gran flujo migratorio. Entre 1830 y 1850 emigrar se convirtió en estrategia habitual de supervivencia y ascenso social. Las crisis agrícolas —de la cochinilla, el vino o el plátano—, la pobreza rural, el crecimiento demográfico en un territorio limitado y la atracción de economías americanas en expansión empujaron a generaciones enteras a «hacer las Américas». Muchas familias se asentaron definitivamente al otro lado del océano; otras regresaron y transformaron el paisaje urbano y social de las islas.

Los movimientos migratorios, lejos de ser fenómenos aislados, han sido históricamente motores de dinamismo económico y transformación cultural. En los territorios de destino, contribuyen al mercado laboral, al emprendimiento y al sostenimiento de sistemas sociales. En el plano cultural, generan intercambios, mestizajes e identidades híbridas que enriquecen a las sociedades.

Hoy el relato migratorio se ha invertido. Son ahora las islas quienes acogen a personas llegadas de otros horizontes, principalmente de América Latina —con especial presencia de Cuba y Venezuela— que arriban buscando estabilidad y un futuro más prometedor. Para la mayoría, la migración no responde a un deseo pasajero, sino a una decisión forzada por las circunstancias: la búsqueda de mejores oportunidades educativas, laborales y, en definitiva, de una vida más digna.

Precisamente por nuestra propia historia de partidas y retornos, es también nuestra responsabilidad acoger con memoria y empatía. Honrar nuestro pasado migrante implica reconocer en quienes llegan hoy el mismo impulso de esperanza que un día movió a tantas familias canarias a cruzar el Atlántico.

Quizá por eso Los Indianos siguen teniendo sentido. Más allá del blanco impoluto y la fiesta compartida, nos invitan a recordar que la migración forma parte de nuestra memoria colectiva. Que fuimos pueblo de ida y vuelta. Y que entender esa historia es también una forma de comprender quiénes somos hoy.